Jueves, 1 de octubre de 2026
El hermano comboniano Eduardo Freitas vivió diez años en el norte de Uganda. Allí realizó los sueños y expectativas de un joven misionero enfermero a través de la riqueza y los avatares de encuentros interpersonales auténticos y profundos.
Soy Eduardo Freitas, hermano misionero comboniano. Acabo de llegar a Lisboa desde el norte de Uganda, donde viví durante diez años. Partí hacia este país de África Oriental en febrero de 2013, pocas semanas después de emitir los votos perpetuos como misionero comboniano. Iba dispuesto a ofrecer mi vida para anunciar a Cristo con mis manos y mi corazón. Me acompañaban sueños y expectativas.
Fui destinado a Matany, una misión en el norte del país, en medio de una región llamada Karamoja. Allí viví seis años al servicio de las personas, trabajando en la farmacia del hospital. Como hermano enfermero, acepté el desafío, ya que no había un farmacéutico y el hospital necesitaba a alguien que dirigiera ese departamento. Allí me sentí un hermano entre hermanos.
Encuentros auténticos
Fueron años de descubrir la riqueza y los entresijos de las relaciones y cómo estas están intrínsecamente vinculadas al mundo interior de cada persona. Crecí en la fe, clarifiqué sueños y expectativas, desafiado por la realidad de vivir en un contexto multicultural. En ese espacio descubrí y me apasioné por la interioridad y por el ámbito del acompañamiento psicológico y espiritual, por la relación de alteridad y empatía con el otro, que es otro yo.
He alimentado, y sigo alimentando, este profundo deseo —una necesidad presente en todo ser humano— de un encuentro genuino con el otro, sin máscaras. Carl Rogers, psicólogo estadounidense, hablaba de una presencia de calidad marcada por la autenticidad. En Kalongo, donde estuve los últimos cuatro años, experimenté algo de esta dinámica.
En la escuela de obstetricia de esta pequeña ciudad ugandesa, experimenté hasta qué punto la escucha activa y el vivir el momento presente, el estar conectado conmigo mismo, con Dios y con el otro, constituyen un desafío al que Jesús me invita como cristiano y agente pastoral. Vivir en la presencia de Dios, estar conectado con los demás, con la Humanidad.
Recuerdo bien el encuentro con una joven, a quien llamaremos Jacinta. Era estudiante de obstetricia. Mientras compartía lo que sentía y las dificultades que estaba viviendo para sacar adelante sus estudios, me dijo:
«Cuando tenía 17 años, me hice responsable de mi familia. Mi padre tuvo una caída y tuvieron que amputarle un brazo; mi madre tenía problemas respiratorios. No podían cultivar los campos y yo, como hija mayor, tuve que arremangarme y ponerme manos a la obra. Tuve que organizar la casa, el trabajo y cuidar de mis hermanos. Todas las mañanas me sentaba con mis padres y veíamos qué íbamos a hacer».
Y añadió: «No hubo un solo día en que no llorara, y no hubo un solo día en que no rezara. Sabía que Dios estaba conmigo y lo sentía muy cerca de mí; era como si pudiera tocarlo. Podía sentir a Dios tan cerca y presente».
Jacinta me marcó por la intensidad y la unidad de su experiencia humana y espiritual. Una experiencia que yo —y cada uno de nosotros— estamos llamados a vivir. Lágrimas que se unen a la oración, expresión de sentimientos y de experiencias que producen integración y sanación.
Dolor que llama al abandono y a la confianza en Dios. A esta energía, libertad y fuerza me invitó Jacinta y me sigue invitando. Siempre podemos elegir la actitud que asumimos ante las circunstancias y los desafíos de la vida. El profeta Samuel exclama: «El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón» (1 Samuel 16,7).
Abrazar la interioridad
Pido la gracia de ver como el Señor mira la interioridad, el corazón, asumiendo mis responsabilidades. Ser espacio de escucha y aceptación del otro tal como es provoca transformación. La interioridad es un camino de humanización que transforma la vida. Jesús es el ejemplo máximo de esta actitud.
El amor de Dios se hace presente en las personas con las que vivimos y convivimos. Sentirlo todo y vivirlo todo —las emociones nos mueven— en el encuentro con Dios y con los demás.
Quiero abrazar la interioridad para ser testigo del Reino de Dios. La vida necesita ser unitaria, no dispersa ni distraída. ¿Cuáles son mis prioridades? ¿Cuál es mi centro? Porque, como dice Jesús, «donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mateo 6,21). Y como afirma el Principito de Saint-Exupéry, lo verdaderamente esencial es invisible a los ojos.
Hno. Eduardo Freitas, mccj