Viernes, 09 de octubre de 2026Durante su viaje apostólico por Sudamérica, del 6 al 17 de noviembre, el papa León XIV visitará Perú del 11 al 17. El Hno. Eloy Díaz, misionero comboniano peruano, comparte sus reflexiones sobre el regreso del Papa al país del que también es ciudadano.

Llevo algunos años siguiendo un llamado que me sacó de mi tierra. Allí aprendí algo que muchas veces no se aprende en los libros: que la fe no se predica primero con palabras, sino con la disposición de quedarse, de estar ahí, de «perder el tiempo» con la gente, comer lo mismo que come el pueblo, aprender su idioma, caminar a su ritmo, compartir sus alegrías y sus preocupaciones. Y es así como uno entiende que evangelizar no significa simplemente llevar algo a los demás, sino dejarse transformar, también, por ellos. 

El papa León XIV visita al Perú en el mes de noviembre; el lema que acompaña su regreso es «VUELVE A CASA». Y, en cierto modo, este lema es verdad. Pero también podríamos decir que nunca se fue del todo, porque fue aquí donde vivió como misionero agustino; aquí fue nombrado obispo de Chiclayo y, durante años, caminó por las mismas calles que hoy sigue caminando su gente.

Aquí enterró a muchos de nuestros hermanos peruanos, bautizó a tantos otros y, sin duda, compartió la mesa y la comida sencilla de las familias del norte del país. Y es aquí, en el Perú, que recibió la ciudadanía peruana. Por eso, su regreso no es solamente el de un papa que visita un país: es también el regreso de un pastor a una tierra que forma parte de su propia historia.

La cercanía de León XIV con este país no comenzó el día en que fue elegido papa. Comenzó mucho antes, cuando aprendió a escuchar de cerca al pueblo y a cargar con las preocupaciones de la Iglesia peruana. Por eso, ahora que regresa, no vuelve únicamente como sucesor de Pedro o como jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano. Vuelve, antes que nada, como alguien que tiene una deuda de gratitud con la gente sencilla que lo ayudó a formarse como pastor.

Una de las metodologías de evangelización de los Misioneros Combonianos es «Salvar África con África». Aplicada a nuestra realidad, podríamos decir: evangelizar el Perú con el Perú. Esto significa que la misión no puede ser una importación ni una propuesta elaborada desde fuera y trasladada a una realidad determinada. Tiene que nacer desde dentro, desde la historia, la cultura, las heridas, la fe y las esperanzas de cada pueblo.

En ese sentido, León XIV encarna de alguna manera esa lógica. Aunque nació en Chicago, se dejó transformar por la realidad peruana; se dejó «peruanizar» por un pueblo con hambre de Dios, pero también con hambre de justicia, dignidad y oportunidades. Y es precisamente desde esa experiencia que ahora ejerce su servicio como pastor de la Iglesia universal.

Sin embargo, el Perú al que regresa no es el mismo país que conoció hace algunos años. En este momento es un país cansado: cansado de presidentes que se suceden unos tras otros; de un Congreso que muchas veces parece legislar de espaldas a las necesidades de la gente; de una economía que puede mostrar cifras de crecimiento, pero que no siempre se traduce en bienestar para quienes viven en condiciones de precariedad; y, sobre todo, cansado por una violencia y una extorsión que, para demasiadas familias, se han convertido en parte del pan de cada día.

Al mismo tiempo, este Perú sigue siendo un país profundamente religioso. Las procesiones multitudinarias, los santuarios, las fiestas patronales, el Señor de los Milagros, San Martín de Porres, Santa Rosa de Lima, las Cruces de Mayo y tantas otras expresiones de fe muestran que la religiosidad popular continúa teniendo una enorme fuerza. Para muchos peruanos, esa fe constituye, todavía, un espacio de esperanza, consuelo y encuentro; un refugio emocional y espiritual en medio de una realidad que muchas veces parece no ofrecer demasiadas certezas.

Me parece muy significativo que el itinerario de la visita incluya Lima, pero también Chiclayo, Cusco y Pucallpa. En este sentido, no se trata solamente de recorrer distintas ciudades.

Es, de alguna manera, una oportunidad para recordar que el Perú es costa, sierra y selva; que es ciudad y campo, modernidad y precariedad; pueblos indígenas, comunidades campesinas, migrantes, trabajadores informales, profesionales, familias, jóvenes y religiosos. Es un país diverso, lleno de riquezas, pero también de heridas que no pueden quedar escondidas detrás de una celebración multitudinaria.

Precisamente por eso, no podemos recibir al papa únicamente con banderas, escenarios y grandes celebraciones. Todo ello forma parte de nuestra religiosidad popular y merece respeto.

Pero una visita papal no puede agotarse en la emoción de unos días. Si la presencia del papa nos conmueve, pero no nos transforma; si nos reúne, pero no nos hace escuchar; si nos emociona, pero no nos compromete, corremos el riesgo de convertir un acontecimiento importante en un simple recuerdo.

La visita debería ayudarnos, entonces, a preguntarnos qué Iglesia queremos ser. Necesitamos una Iglesia en salida, como tantas veces nos recordó el papa Francisco y como también nos invita a vivir hoy León XIV: una Iglesia que visite, que escuche, que acompañe, que camine con la gente y que no tenga miedo de estar allí donde están los pobres, los excluidos y quienes muchas veces no encuentran un lugar dentro de la sociedad.

Además, esta visita tiene una dimensión que va más allá del Perú. Se trata de la primera gran gira del papa León XIV por Sudamérica, un continente que durante muchos años fue considerado principalmente territorio de misión, un lugar al que otros enviaban misioneros.

Hoy, sin embargo, desde este continente sale también una voz que tiene algo que decir a la Iglesia universal.

Con Francisco, argentino, y ahora con León XIV, cuya experiencia pastoral quedó profundamente marcada por el Perú, América Latina aparece no solamente como destinataria de la evangelización, sino también como sujeto de misión.

Ya no somos únicamente quienes reciben la fe; somos también quienes la pensamos, la vivimos, la sufrimos, la celebramos y podemos ofrecerla al mundo desde nuestra propia experiencia. La «Iglesia en salida» de la que tanto se ha hablado adquiere así un rostro profundamente latinoamericano.

No obstante, existe un riesgo que no podemos ignorar: que la visita del papa termine convirtiéndose en un trofeo político. Ya lo hemos visto antes: autoridades calculando cuántos turistas llegarán, midiendo el supuesto «impacto económico» de la fe, mientras algunos políticos que difícilmente pisan una parroquia aparecen de pronto como anfitriones devotos.

Por eso, es fundamental que la Iglesia peruana no permita que la visita sea apropiada por intereses políticos o utilizada para maquillar una realidad que necesita ser transformada.

En pocas palabras, la visita de León XIV puede animarnos, confirmarnos en la fe y ayudarnos a mirar nuestra realidad con otros ojos. Pero después somos nosotros quienes tendremos que seguir caminando. El Perú no puede quedarse esperando que el papa nos diga qué tenemos que hacer. Tampoco podemos delegar en él aquello que corresponde a nuestra propia responsabilidad.

La tarea pertenece a las comunidades, a las parroquias, a los jóvenes, a las familias, a los religiosos y religiosas, a los sacerdotes, a los obispos y, en definitiva, a todos los bautizados. La visita del papa puede ser un impulso, una confirmación y una oportunidad; pero la transformación de nuestra realidad tendrá que comenzar desde nosotros mismos, allí donde vivimos y donde estamos llamados a servir.

Quizá ese sea el mejor fruto que pueda dejarnos la visita de León XIV al Perú; no solamente haber visto al papa, escuchado sus palabras o participado en una gran celebración, sino haber permitido que su presencia nos recuerde quiénes somos, a quiénes estamos llamados a servir, qué Iglesia queremos construir y, en especial, nos haga capaces de volver a lo esencial: a Jesús, a los pobres, a la comunidad y a la misión.

Nuestro pastor «vuelve a casa» pero, cuando vuelva a partir, la pregunta quedará entre nosotros: ¿seremos capaces de continuar caminando?

Hno. Eloy Díaz Beltrán, mccj