Lunes, 12 de octubre de 2026
La comunidad de la Curia se reunió con sus bienhechores y amigos la tarde del 10 de octubre para celebrar la solemnidad de San Daniel Comboni. La celebración eucarística fue presidida por el Vicario General, quien reflexionó en su homilía sobre el legado del Fundador y su espíritu misionero.
Hoy celebramos con alegría la fiesta de San Daniel Comboni. Sin embargo, este año, en Verona, esta celebración adquiere un significado especial: concluye la sesión pública de la investigación sobre la fama de santidad del obispo Antonio Maria Roveggio, sucesor de Comboni en el Vicariato de África Central.
Este vínculo nos invita a reconocer una continuidad de gracia entre el Fundador y su sucesor. El carisma no es una reliquia del pasado, sino un árbol vivo que sigue dando fruto a través de quienes acogen su espíritu y lo hacen presente en la historia.
La Palabra de Dios nos ofrece tres imágenes para comprender el corazón de la misión: amar con el corazón del Buen Pastor, vendar las heridas del mundo y anunciar las maravillas que Dios sigue realizando.
La misión nace del corazón del Buen Pastor
Jesús dice: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas». En estas palabras encontramos el secreto de la misión: amar hasta dar la propia vida. La misión nace del encuentro con Cristo, de dejarnos conquistar por su amor y del deseo de comunicarlo a los demás.
Este es el secreto de San Daniel Comboni. Antes de ser un gran misionero, fue un hombre profundamente enamorado de Cristo. Su pasión nacía de la certeza de que cada persona es preciosa a los ojos de Dios y de que ningún pueblo puede quedar olvidado de su amor.
El Buen Pastor no ama desde la distancia: conoce a sus ovejas, comparte sus heridas y camina con ellas hasta dar la vida. Comboni hizo suyo este estilo, comprendiendo que el amor recibido de Cristo se convierte en una vida entregada a los demás.
Y entonces preguntémonos: ¿de dónde nace nuestra misión? ¿De los programas, de las estructuras, de nuestras capacidades? Todo esto es importante, pero no basta. La pregunta decisiva es otra: ¿De qué amor nace lo que hacemos?
Porque somos misioneros no solo por lo que hacemos, sino, sobre todo, cuando aprendemos a mirar y amar a los demás con el corazón de Jesús.
La misión consiste en vendar las heridas del mundo
El profeta Isaías nos ofrece unas palabras de gran actualidad: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado y me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres, a vendar las heridas de los corazones desgarrados».
Jesús hace suyas estas palabras en la sinagoga de Nazaret, revelando el sentido de su misión. También Comboni vivió esta llamada. Pero hoy, ¿adónde nos impulsa el Espíritu?
Nos envía a un mundo que sigue herido por las guerras, la pobreza, las migraciones forzadas, las desigualdades y la soledad. Hay personas que han perdido su hogar y la esperanza, jóvenes que luchan por seguir soñando y pueblos que continúan soportando el peso de la injusticia.
La misión consiste en llevar la ternura de Cristo allí donde la vida está herida. A veces significa atravesar un continente; otras veces, educar a un niño, acompañar a un joven, defender la dignidad de una mujer, cuidar a un enfermo o escuchar a quien ha tenido que abandonar su tierra.
No siempre es necesario ir lejos para ser misioneros. A veces basta con detenerse junto a quien sufre, escuchar su dolor y devolverle un poco de esperanza.
Esta es la misión del Buen Pastor: ver la herida, dejarse tocar por ella y no pasar de largo.
La misión consiste en anunciar las maravillas que Dios realiza
El salmo nos invita: «Proclamad a todos los pueblos las maravillas del Señor». No se trata solo de hablar de Dios, sino de reconocer su presencia y dar testimonio de lo que sigue realizando en la vida de las personas y de los pueblos, incluso en las situaciones más difíciles.
Esta llamada nos concierne a todos: no solo a quienes parten hacia tierras lejanas, sino también a quienes rezan, apoyan, comparten y abren su corazón a los demás. Cada uno, allí donde vive, puede convertirse en testigo de la esperanza de Dios.
Esta fue la mirada que animó a Comboni: una mirada apasionada por la humanidad, sostenida por la confianza en Dios y por el deseo de que su amor llegara a todos.
También nosotros estamos llamados a custodiar esta mirada, para reconocer los signos de vida allí donde parece prevalecer el sufrimiento y convertirnos, con nuestra vida, en anuncio de las maravillas del Señor.
Pidamos a San Daniel Comboni y a Cristo, el Buen Pastor que conquistó su corazón, que renueven en nosotros el fuego de la misión: un corazón capaz de amar, unas manos dispuestas a vendar las heridas y una vida que anuncie, con alegría y esperanza, las maravillas de Dios.
P. David Domingues, mccj