Viernes, 16 de octubre de 2026
El comboniano padre Daniele Moschetti ha recorrido el Camino Portugués de la Costa de Santiago, partiendo el 28 de septiembre de Matosinhos, en las afueras de Oporto, y llegando a Santiago de Compostela el 12 de octubre, después de dos semanas de peregrinación. El camino representa una preparación para su regreso a Sudán del Sur, previsto para el 20 de noviembre, después de ocho años en Italia.

Sudán del Sur es el país más joven del mundo: independiente desde 2011, cayó en una guerra civil ya en diciembre de 2013. El acuerdo de paz de 2018 no ha cerrado las heridas, y la población sigue viviendo entre la inseguridad, los desplazamientos forzosos y unas instituciones frágiles.

Es allí adonde regresará el P. Daniele, y a ese pueblo ha dedicado cada etapa, como una oración que no se interrumpe. «Mucha oración por todos vosotros», escribía cada noche desde un albergue diferente. Y, cuando encontraba una iglesia abierta, asistía a misa en portugués: «No se entiende, pero siempre está bien».

Cuatro nacionalidades en una barca

Maria Caianiello, voluntaria y colaboradora de la Asociación Black and White de Castel Volturno, donde el P. Daniele ha prestado servicio, lo acompañó en esta peregrinación. Debían ser tres, pero Lorenzo Mottola, pediatra, no pudo participar.

Partieron con poco equipaje: mochilas ligeras, una ampolla en cada pie y el sonido de las olas que los acompañaba incluso cuando el sendero se adentraba entre los árboles.

Después, el camino les exigió un esfuerzo mayor. Un día caminaron treinta y cinco kilómetros y, al llegar a Caminha, una pequeña localidad portuguesa en la frontera con España, descubrieron que el albergue municipal, que esperaban encontrar abierto, estaba cerrado por obras, mientras que los alojamientos privados estaban completos. En la orilla del río se balanceaba una pequeña barca, preparada para llevar a la gente a la otra orilla, hacia España.

Subieron seis personas: dos holandeses con sus bicicletas, un coreano, Maria, el barquero que los transportaba y un sacerdote. Cuatro nacionalidades en una embarcación a la que le habría costado dar cabida incluso a dos. En silencio, contemplaban el agua y esperaban llegar a la otra orilla, pero siempre con alegría: podían cruzar el río y pasar al otro lado.

En la otra orilla, en A Guarda, otra pequeña localidad, esta vez española, les esperaba una subida que parecía no tener fin.

Los ángeles custodios y los compañeros de camino

Allí, ya agotados, encontraron a Avelino, un hombre de ochenta años que conducía un coche bastante viejo. Se miraron, preguntándose si podían confiar en él.

—Miren, soy sacerdote —dijo el misionero.

Avelino los llevó generosamente hasta la puerta del albergue, tres o cuatro kilómetros más adelante, como si hubiera hecho suya la subida.

«No fue el único ángel custodio», cuenta el misionero. Hubo otros, sin nombre, que aparecieron cuando las flechas amarillas desaparecían y el camino parecía perderse.

Desde la primera etapa habían conocido a Walter, un belga de edad avanzada. Se encontraban por todas partes, sin haber quedado previamente, como si una especie de dirección invisible los guiara: siempre acababan coincidiendo.

Walter escuchaba con atención cuando el P. Daniele hablaba de África. Aquella noche era el cumpleaños de Maria, y lo celebraron con muchas personas: su compañero coreano y también amigos ucranianos, croatas y canadienses, reunidos alrededor de una tarta y unos helados ofrecidos a los peregrinos. Una celebración sencilla, de esas que nadie olvida.

Cuanto más se acercaban a Santiago, más se llenaban los senderos de hombres y mujeres con sus mochilas a la espalda, llegados de todos los rincones del mundo, todos en busca, como escribe el P. Daniele, «de algo, de alguien o de Alguien». Creyentes, laicos y ateos: cada uno con su propio esfuerzo y sus propias preguntas.

Él lo llama «un verdadero areópago para el mundo», un lugar donde incluso los desconocidos se descubren hermanos por el simple hecho de caminar en la misma dirección.

Entre el cemento y la oración

El camino atraviesa también ciudades, y no todas acogen de la misma manera.

Vigo no les conquistó: edificios de quince y veinte plantas que parecen crecer sin cesar. «Una ciudad de cemento», dice el P. Daniele.

Pontevedra le pareció diferente: una ciudad con historia y encanto, donde los españoles disfrutan de sus plazas junto a los peregrinos y nadie parece tener prisa.

Por las tardes, cuando podían, entraban en una iglesia para asistir a misa. Casi siempre duraba veinte o veinticinco minutos, y después todos se marchaban, sin un comentario sobre el Evangelio, sin una palabra dirigida a los peregrinos que quizá esperaban una señal de acompañamiento y una oportunidad para profundizar en su fe.

«A veces nos parece que se pierden grandes oportunidades», confiesa el misionero, con la tristeza de quien sabe cuán grande puede ser el hambre de sentido de quienes se ponen en camino.

El vía crucis sobre el mar

Unos días antes de llegar a Santiago, el camino los llevó a subir a otra barca, muy diferente de la primera. Estaba llena de peregrinos que realizaban el recorrido espiritual, siguiendo exactamente la ruta que, según la tradición, recorrió el cuerpo del apóstol Santiago hasta Padrón, antes de ser trasladado al Campo de las Estrellas.

El P. Daniele la llama un vía crucis marítimo, único en el mundo: un vía crucis extendido sobre las olas, entre cruces de piedra que emergen del agua.

Era el 10 de octubre, memoria litúrgica de san Daniel Comboni. Un misionero comboniano camina de otra manera cuando siente a su lado el espíritu de quien, mucho antes que él, entregó su vida por África.

El Obradoiro

En Santiago los esperaba la catedral y, antes de llegar a ella, la última etapa del camino. Aquella mañana habían salido a las cinco o cinco y media, todavía de noche, para llegar a pie.

A las 8:30 estaban en la plaza del Obradoiro, frente a la catedral, y poco después acudieron a la Oficina de Acogida al Peregrino para recibir la Compostela, el documento, el pergamino que le dice al peregrino: lo has conseguido.

Después de la misa solemne del mediodía en la catedral, a las 13:00 se encontraron delante de la entrada del Parador con peregrinos de siete nacionalidades diferentes y compartieron historias profundas.

Sobre la mesa no había solamente comida, sino también el sentido de fraternidad y solidaridad que nace del camino y que va mucho más allá de la propia familia: la gran familia humana, que nos permite redescubrir la humanidad presente en cada persona de este mundo.

Aquella tarde, durante el almuerzo, él y Maria quisieron celebrar la ocasión con la gastronomía gallega: pulpo (polbo), merluza y tarta de Santiago. Lo hicieron, en cierto modo, en nombre de todos, disfrutando de una cocina que les fascina y de una de las regiones más hermosas de España.

Brindaron y recordaron a todos los que se habían quedado en casa: los enfermos, los amigos de la Asociación Black and White, los hermanos combonianos, la parroquia de Pescopagano y todos aquellos que sufren a causa de las guerras en el mundo.

Volver a empezar en Juba

El Camino, recuerda el P. Daniele, no termina en el Obradoiro. Para él, significa regresar a Juba y volver a empezar, con un paso más lento y una mirada más elevada.

Para todos los demás que han realizado la peregrinación, significa reencontrar y continuar su propio camino en la vida cotidiana, estén donde estén, tratando de convertir en realidad diaria todo lo que la reflexión, la oración, el compartir y la solidaridad, vividos a lo largo de la ruta, han sembrado en sus corazones.

No se trata solamente de él, sino de todos: es el camino compartido que han recorrido juntos.

Bruno Marfè