Lunes 26 de octubre de 2026
En el corazón de Roma, la Asociación Comboniana Servicio Emigrantes y Refugiados (ACSE) acoge, desde 1969, a personas de todo el mundo. Un laboratorio de fraternidad donde la cultura del encuentro se construye, gesto a gesto, día tras día.

El XXXV Informe sobre Inmigración, elaborado por Caritas Italiana y la Fundación Migrantes y presentado en Roma el pasado 18 de octubre, lleva por título Confines y fronteras. Dos palabras que aparecen con frecuencia cuando se habla de migraciones y que, a veces, se usan como sinónimos, aunque no lo son.

Confín –del latín finis– indica un límite, una línea que delimita un espacio, una posesión, una identidad, una responsabilidad. Puede convertirse en el lugar donde se establece quién está dentro y quién queda fuera, hasta el punto de marcar, en ocasiones, dónde termina el reconocimiento de la dignidad del otro. El confín separa un «de aquí» de un «de allá».

Frontera –del latín frons– evoca, en cambio, la idea de «mirar hacia delante», del espacio que se encuentra «frente a» nosotros. En la frontera se interactúa, nos encontramos y, a veces, nos enfrentamos. Pero siempre es posible el cara a cara.

Si el confín separa, la frontera pone en relación. El lenguaje del confín está hecho de palabras como rechazar, externalizar, repatriar, «remigrar» [el regreso al propio lugar de origen], irregularidad, construir muros. En la frontera, en cambio, se habla de encuentro. Ciudadanos y ciudadanas, familias, operadores y operadoras del tercer sector, médicos y maestros la habitan y practican en ella un encuentro silencioso y laborioso, que las crónicas a menudo tienen dificultad para contar, cuando no deciden directamente ignorarlo.

Las fronteras pueden transformarse en confines cuando falta la acogida: esa acción que abre la puerta, ayuda a cruzar el umbral y hace posible vivir la «convivialidad de las diferencias».

Promover y vivir la cultura de la acogida

Estas palabras pueden parecer filosofía, pero se hacen realidad cuando adquieren los rostros y los nombres de personas concretas. Es precisamente esto lo que la Asociación Comboniana Servicio Emigrantes y Refugiados (ACSE) intenta hacer y, sobre todo, vivir cada día en Roma.

A poca distancia de la vía dei Fori Imperiali y de la vía Cavour, en el histórico barrio de Monti, desde 1983 la sede de la ACSE abre sus puertas para promover y vivir la cultura de la acogida. Son ya 43 años de presencia en una sede estable. Pero la historia de la asociación comienza mucho antes, en 1969, con la intuición pastoral del padre Renano Bresciani. Desde entonces, también la ACSE ha sido, por así decirlo, «migrante» entre diferentes sedes, antes de llegar a la actual.

Procedentes de un centenar de nacionalidades

Es imposible calcular cuántas personas han cruzado este umbral a lo largo de los años para ser acogidas y acompañadas. A través de cursos de italiano, informática e inglés, apoyo legal, consultorio dental, distribución semanal de paquetes de alimentos y becas de estudio, la asociación trata de responder a necesidades concretas y de ofrecer oportunidades para construir el propio futuro.

También es difícil establecer cuántas nacionalidades se han encontrado en la ACSE. En este caso nos ayuda el archivo del consultorio dental, que en 2027 cumplirá treinta años de actividad: a lo largo de los años han pasado por él personas procedentes de nada menos que 96 nacionalidades diferentes.

Y, ya que estamos dando cifras, añadamos algunas más. Desde septiembre de 2025 hasta hoy, los voluntarios de los jueves por la mañana han acogido a 692 personas procedentes de 71 países diferentes. Los hombres son más numerosos que las mujeres. Las solicitudes se refieren sobre todo al acompañamiento en el estudio de la lengua italiana y a la atención dental. En cuanto a las nacionalidades, encabezan la clasificación las personas procedentes de Perú, seguidas de las de Ucrania, Bangladés, Egipto, Túnez, Sri Lanka, Marruecos y muchos otros países.

Detrás de estas cifras hay personas, historias, esperas y esperanzas. Y también están las voluntarias y los voluntarios que hacen posible todo esto: mujeres y hombres que dedican tiempo, energías, competencias y recursos personales a las actividades que se desarrollan todos los días de la semana. Un compromiso que, a veces, conlleva también una contribución económica personal.

Taller de fraternidad

Gracias a ellos, la ACSE se convierte en mucho más que una asociación: se transforma en un taller donde se vive y se practica la fraternidad.

No existe una receta única para la fraternidad. Hay, quizá, algunos ingredientes que no pueden faltar: acogida, escucha, ausencia de juicio, respeto y reconocimiento de los derechos. Pero la fraternidad es sobre todo una construcción colectiva y artesanal. Colectiva, porque todas y todos estamos llamados a ser protagonistas de ella a través de lo que hacemos. Artesanal, porque cada uno debe poner algo de lo suyo: el compromiso, la vocación, las capacidades, la creatividad e incluso la fantasía. La fraternidad no se construye en abstracto, sino a través de gestos concretos, relaciones cotidianas y disponibilidad para implicarse. Esto es lo que hacen las voluntarias y los voluntarios, donando su tiempo y poniendo sus capacidades al servicio de los demás.

Hacer causa común

Una última reflexión. Pienso que la ACSE está profundamente arraigada en el carisma comboniano. Lo está porque los combonianos y las combonianas, junto con los laicos, intentan cada día llevar adelante el proyecto original del padre Bresciani, adaptándolo a la realidad de las migraciones en Italia hoy.

Pero también lo está porque las palabras de san Daniel Comboni, pronunciadas en Jartum el 11 de mayo de 1873, en su «homilía programática» –«Quiero hacer causa común con cada uno de vosotros»–, se concretan cada día en el estilo de servicio y en las actividades que propone la ACSE.

Hacer causa común: quizá sea precisamente esta la expresión que mejor cuenta lo que sucede cada día en nuestra asociación. Personas diferentes por procedencia, historia y cultura se encuentran, se escuchan y caminan juntas. Y, un gesto tras otro, construyen esa fraternidad que no es solo un ideal que proclamar, sino una realidad que vivir.

Hno. Antonio Soffientini, mccj