Viernes, 16 de enero 2026
En esta entrevista con ADN Celam, el padre Dario Bossi aborda los desafíos del extractivismo, el acompañamiento de la Iglesia a las comunidades que resisten en los territorios, el protagonismo de laicos y jóvenes, y los signos de esperanza que emergen desde los pequeños y las alternativas creativas. Una conversación que invita a repensar el anuncio del Evangelio hoy, desde la alianza con los pueblos y el compromiso decidido por la vida en todas sus dimensiones.

La COP30, celebrada en Belém do Pará, en el corazón de la Amazonía, fue un espacio donde voces proféticas de la Iglesia se hicieron oír. La Iglesia latinoamericana que desde hace años viene articulando un compromiso creciente con el cuidado de la casa común, inspirado en la ecología integral propuesta por el Papa Francisco en Laudato Si’ y profundizada en Laudate Deum. Lejos de una participación simbólica, ha asumido un rol activo en los debates internacionales, tejiendo alianzas con pueblos indígenas, comunidades afectadas, movimientos sociales, la ciencia y otros actores del Sur Global.

En esta entrevista con ADN Celam, el padre Dario Bossi, coordinador de la Comisión de Ecología Integral de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) y de la Red Iglesias y Minería, reflexiona sobre el camino recorrido hacia la COP30, el aporte específico de la voz pastoral en espacios dominados por intereses económicos y políticos, y la inseparable relación entre justicia social, derechos humanos y justicia ambiental.

Padre Bossi aborda los desafíos del extractivismo, el acompañamiento de la Iglesia a las comunidades que resisten en los territorios, el protagonismo de laicos y jóvenes, y los signos de esperanza que emergen desde los pequeños y las alternativas creativas. Una conversación que invita a repensar el anuncio del Evangelio hoy, desde la alianza con los pueblos y el compromiso decidido por la vida en todas sus dimensiones.

Padre Dario Bossi, misionero comboniano, coordinador de la Comisión de Ecología Integral
de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) y de la Red Iglesias y Minería.

Incidencia pastoral, social y política en la agenda climática internacional

Pregunta: ¿Cómo valora la participación de la Iglesia latinoamericana en los debates ambientales globales, especialmente en el camino hacia la COP30?

Respuesta: El compromiso de la Iglesia con la defensa de la creación viene de lejos. Desde hace muchas conferencias de las partes (COP), la Iglesia ha participado activamente, no solo a través de la Secretaría de Estado del Vaticano, sino también desde la Iglesia de base.

De manera particular, Laudato Si’ (2015) fue escrita deliberadamente antes de la COP21 de París, con el objetivo de influir en las decisiones políticas y en las posturas de cuidado de la casa común y del equilibrio climático. Se trata de una urgencia ambiental y social, pero también pastoral.

Esta dimensión es central en la misión de la Iglesia, llamada a promover el Reino de Dios y su justicia. En relación con la COP30, la Iglesia latinoamericana asumió un compromiso especial y organizó una ruta continental que conectó diversos eventos, denominada Ruta Laudate Deum.

Una ruta continental en defensa de la casa común

Esta ruta comenzó con el Foro Social Panamazónico en Bolivia, continuó con la participación de la Iglesia en la COP16 sobre biodiversidad en Cali, Colombia, y tuvo como tercera etapa la COP30 en Belém, Brasil.

La Iglesia latinoamericana participó articulando fuerzas, conectándose con expertos y dialogando estrechamente con los territorios. En Brasil, en particular, realizamos cinco preconferencias macroregionales a lo largo de 2025.

Trabajamos desde la educación ambiental, la maduración de la fe y la alianza con los pueblos, promoviendo una Iglesia en salida, atenta a los gritos de los territorios, en defensa de la vida y de los derechos. Apoyamos planes y propuestas de economías alternativas en sintonía con la naturaleza, valorando la doctrina social de la Iglesia.

Hubo distintos niveles de actuación. Destacaría especialmente el protagonismo de laicos y laicas en la vida cotidiana de la Iglesia de base, reafirmando la urgencia del compromiso socioambiental, junto con un creciente involucramiento de la jerarquía católica, que se ha posicionado con fuerza y profecía frente a estos temas.

“La Doctrina Social de la Iglesia anuncia otra política y otra economía”

P.: ¿Qué aporta la voz pastoral de la Iglesia a estos espacios internacionales donde suelen primar los intereses económicos y políticos?

R.: Por ser pastoral —es decir, por cuidar del rebaño, de la gente y de la vida en todas sus dimensiones— la Iglesia debe pronunciarse no solo sobre la vida personal y espiritual, sino también sobre la vida colectiva, económica y política. Todo está llamado a aproximarse al sueño de Dios, que es el sueño del Reino.

Es cierto que existen intereses económicos y políticos que concentran poder y riqueza en manos de unos pocos. Así funciona hoy un mundo que condena a muerte a la Madre Tierra y a los pobres. Frente a ello, la Doctrina Social de la Iglesia anuncia otra política y otra economía.

Recordamos, por ejemplo, la fraternidad universal propuesta en la encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco, o la iniciativa de la Economía de Francisco, que en Brasil destacamos también en su dimensión femenina como la Economía de Francisco y Clara.

“La Iglesia ya está actuando en primera persona”

En el contexto de la COP, la Iglesia se manifestó de manera clara, profética y conjunta. Destaco el documento de las Iglesias del Sur Global sobre el cuidado de la casa común, elaborado con aportes de las Iglesias de Asia, África y América Latina y el Caribe.

Este documento denuncia el negacionismo y las falsas soluciones, pero también presenta el compromiso concreto de la propia Iglesia. No se trata solo de decir lo que otros deben hacer, sino de mostrar que la Iglesia ya está actuando en primera persona.

Se habla allí de la alianza con los pueblos, de la soberanía feliz, de la educación ambiental, de la vigilancia y de la incidencia pública como actores eclesiales. Finalmente, propone acciones en articulación con movimientos populares, pueblos indígenas y afrodescendientes, la ciencia, la investigación y organizaciones comprometidas con la vida de los pueblos.

Ecología Integral

P.: ¿Cómo se articula el cuidado de la casa común con la opción preferencial por los pobres y la defensa de los derechos humanos?

R.: Me interpela mucho la exhortación del Papa León Dilexi Te sobre la opción preferencial por los pobres, central en la vida cristiana. Allí se afirma que los pobres son una revelación de Dios, una manera concreta en la que Dios nos habla.

Aunque en este texto no se aborde directamente la casa común, el Papa Francisco ya había establecido con claridad la conexión entre los dos gritos: el grito de los pobres y el grito de la tierra.

En su mensaje a más de cuarenta obispos y cardenales del Sur Global reunidos en la COP30, el Papa León recordó que una de cada tres personas vive hoy en situación de gran vulnerabilidad debido al cambio climático. Para estas personas, la crisis climática no es una amenaza distante.

El Papa añadió que las acciones climáticas más firmes crean sistemas económicos más sólidos y justos, y que las políticas climáticas decididas son una inversión en un mundo más justo y estable. Así se muestra con claridad la conexión entre justicia social y justicia ambiental.

Eso es la ecología integral: el cuidado pleno de todas las dimensiones de la vida. No se puede separar, en el compromiso humano y cristiano, lo social de lo ambiental, ni lo político de lo cultural y lo religioso.

“El extractivismo es una condena a muerte”

P.: En contextos marcados por el extractivismo, ¿qué significa hoy anunciar el Evangelio desde una perspectiva de ecología integral?

R.: El extractivismo es una condena a muerte para el planeta y para las personas que habitan los territorios. Es una lógica que privilegia el lucro inmediato, sin respeto por quienes nos precedieron ni justicia para quienes vendrán después.

Extraer significa tratar a la Madre Tierra como un simple depósito de bienes destinados a concentrar riqueza, descartando tanto materiales como personas cuando dejan de ser útiles.

El extractivismo es también una forma de omnipotencia, porque niega los límites o los reserva para unos pocos grupos privilegiados que creen no estar obligados a respetarlos.

“Otro modo de vivir es posible”

El Evangelio anuncia otros valores: el respeto por los pequeños y por todas las criaturas, la reverencia por la vida, el reconocimiento del límite como dimensión constitutiva, el compartir como alternativa a la acumulación y la sobriedad feliz, como propone Laudato Si’.

Puede parecer ingenuo, pero la historia demuestra que la humanidad ha vivido de ese modo en distintas épocas y culturas. El modelo capitalista extractivista no es el más avanzado ni el más humano; al contrario, es una economía que mata, como decía el Papa Francisco, y que debe ser transformada con urgencia. El impulso evangélico afirma que otro modo de vivir es posible.

Iglesia abogada de los pobres

P.: Muchas comunidades afectadas por la minería y otros proyectos extractivos sienten que su voz no es escuchada. ¿Cómo acompaña la Iglesia estos procesos de resistencia y esperanza?

R.: En general, la voz de los pequeños no se escucha, ya sea porque se los considera irrelevantes o porque resulta incómodo atender lo que tienen para decir. Estas comunidades afirman que existen otros modos de vida y que el extractivismo depredador no es la única solución.

Reclaman el derecho a decir no, lo que se conoce como autodeterminación y soberanía territorial. Tienen planes y proyectos de vida que muchos megaproyectos ignoran o intentan imponer por la fuerza.

Durante las casi 90.000 escuchas realizadas para el Sínodo de la Amazonía, la palabra que más se repetía al hablar de la Iglesia era “alianza”. Es una palabra profundamente bíblica, que expresa el compromiso constante de Dios con su pueblo.

Los pueblos amazónicos piden a la Iglesia justamente eso: alianza. Presencia, cercanía, escucha de los gritos, denuncia de las injusticias y acompañamiento. Quieren una Iglesia abogada de los pobres, como el Espíritu Santo es abogado de los pequeños.

La Iglesia está presente en muchos territorios y actúa de manera multiescalar: desde las bases hasta los espacios institucionales donde se requiere una voz firme en defensa de los derechos de los más vulnerables.

Vida plena para todos

P.: ¿Qué aprendizajes deja el caminar de la Red Iglesias y Minería junto a los pueblos indígenas y comunidades locales?

R.: Lo que más me interpela es la paradoja de la desproporción: cómo comunidades pequeñas resisten agresiones enormes sin perder la esperanza ni la unidad en la defensa de sus derechos, exigiendo con firmeza una reparación integral por los daños sufridos.

La clave está en la espiritualidad. No como un añadido consolador, sino como la raíz misma de la dignidad de los pueblos. La espiritualidad conecta el presente con la ancestralidad y con los sueños de futuro.

Por eso la religiosidad, la espiritualidad y las Iglesias son fundamentales para sostener la resistencia en los territorios, sobre todo cuando la religión sabe escuchar, dialogar con otras tradiciones y buscar al Dios de la vida que quiere vida plena para todos.

“La Iglesia debe estar del lado de las víctimas”

P.: ¿Qué desafíos pastorales enfrenta la Iglesia cuando opta por estar del lado de las comunidades frente a grandes intereses económicos?

R.: La Iglesia sufre amenazas, calumnias y ataques destinados a intimidar a líderes religiosos que se enfrentan al extractivismo. Hace poco más de un año, en Honduras, fue asesinado Juan López, líder socioambiental y cristiano, colaborador cercano del obispo Henry Ruiz y miembro activo de la Red Iglesias y Minería.

Este crimen dejó una huella profunda. Pero existe también un desafío más sutil: la cooptación. A las empresas les interesa una Iglesia que colabore con la llamada “paz social”, es decir, que ayude a silenciar las protestas y legitimar los proyectos extractivos.

Se busca una Iglesia neutral, mediadora, pero el Evangelio es claro: la Iglesia debe estar del lado de las víctimas. Los procesos de mediación o reparación corresponden a otros actores del poder público. La Iglesia no puede ponerse al servicio de los intereses empresariales.

Desafíos para la Iglesia

P.: Mirando hacia los próximos años, ¿cuáles considera que son los principales desafíos de la Iglesia latinoamericana frente a la crisis climática y ambiental?

R.: El principal desafío seguirá siendo el extractivismo en América Latina y en el mundo. Si el siglo XX fue el del petróleo, el siglo XXI, con la transición energética, se perfila nuevamente como el siglo de los metales.

Esto traerá más conflictos territoriales, amenazas a la soberanía nacional y una profundización de la crisis climática. Por ello, un gran desafío para la Iglesia será la defensa de la paz y de la democracia como valores cristianos, a partir de una nueva relación con la tierra y los bienes comunes.

La Iglesia debe fortalecer su papel en la educación ambiental, la presión política, la denuncia de las falsas soluciones y la búsqueda de otra economía. La Doctrina Social de la Iglesia y el Movimiento Laudato Si’ ofrecen aportes fundamentales.

Es necesario seguir aliados a la ciencia, la investigación y la academia, pero también a la sabiduría ancestral de los pueblos. La ONU, con la iniciativa del Balance Ético Global, señala que los actores clave del cambio serán la cultura, la espiritualidad, las religiones y el arte. En ese sentido, la Iglesia tiene un papel relevante.

Es posible construir una economía de vida

P.: ¿Qué signos de esperanza percibe en las comunidades, especialmente en los jóvenes, respecto al cuidado de la casa común?

R.: Existen muchas iniciativas de movilización, compromiso y cuidado. Muchos jóvenes se están formando como agentes de educación ambiental y transformación social. Las protestas están cada vez más protagonizadas por juventudes, lo que demuestra que no hay solo resignación, sino sueños y creatividad.

El misionero comboniano Ezequiel Ramin, martirizado en Brasil por defender a los pueblos indígenas y a los campesinos sin tierra, decía a los jóvenes: “Sueñen, cultiven un sueño hermoso y síganlo toda la vida. Una vida con un sueño es una vida feliz”.

Hay comunidades que resisten porque sueñan y proponen otros modelos de vida. También en las ciudades surgen cooperativas, economías solidarias, intercambios entre el campo y la ciudad que humanizan la producción y el consumo.

Es posible construir una economía de vida, como nos inspiran san Francisco y santa Clara. Las primeras comunidades cristianas fueron tan alternativas que provocaron la persecución del Imperio. Hoy, las comunidades cristianas en América Latina pueden y deben anunciar un modo de vida inclusivo, justo y sostenible, que respete los derechos de las personas y de la naturaleza.

Como decía el Papa Francisco: “El futuro de la humanidad está, en gran parte, en manos de los pequeños y de las alternativas creativas que nacen de ellos”.

Micaela Alejandra Díaz – ADN Celam