El ingreso en la Semana Santa, la semana grande del amor hasta las últimas consecuencias (Jn 13,1), queda marcado este año por la narración de la pasión y muerte de Cristo, escrita por el evangelista Marcos (Evangelio). Esa Passio no es tan solo una historia del pasado: los mismos acontecimientos se repiten hoy. Los personajes de entonces son emblemáticos de lo que ocurre hoy con relación a Cristo y a los que sufren, con los que Él se identifica (cfr. Mt 25,35s).

El Cirineo, hombre de África: del rechazo al servicio

Marcos 11,1-10 (procesión);
Is 50,4-7; Sl 21; Filipenses 2,6-11; Mc 14,1-15,47

Reflexiones
El ingreso en la Semana Santa, la semana grande del amor hasta las últimas consecuencias (Jn 13,1), queda marcado este año por la narración de la pasión y muerte de Cristo, escrita por el evangelista Marcos (Evangelio). Esa Passio no es tan solo una historia del pasado: los mismos acontecimientos se repiten hoy. Los personajes de entonces (Caifás, Herodes, Pilato, fariseos, sacerdotes, Pedro, Judas, Cirineo, piadosas mujeres, soldados, Centurión, José de Arimatea…) son emblemáticos de lo que ocurre hoy con relación a Cristo y a los que sufren, con los que Él se identifica (cfr. Mt 25,35s).

En efecto, toda persona puede jugar, en el bien o en el mal, el rol de uno u otro de esos personajes. Cada uno puede ser, por ejemplo, como el Cirineo, personaje que, según el evangelista Marcos, tuvo un encuentro sorprendente con ese Condenado: “A uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz” (v. 15,21; cfr. Rm 16,13). Desde entonces el Cirineo (hombre de Cirene, ciudad del norte de África, en la Libia actual) se ha convertido en un icono del hombre que, instintivamente, rechaza la carga ajena, más aún si se trata de un condenado; sin embargo, cuando descubre el rostro y el corazón de ese Desconocido, se enamora de Él junto con toda su familia.

El Cirineo se convierte, de este modo, en hermano del Buen Samaritano, de la Verónica y de sus seguidores, que, por los caminos infinitos del dolor humano, se entregan, por puro amor, en favor de las víctimas de las injusticias. Dos voces creíbles y coincidentes nos llegan de África, ambas de Camerún, para comentar el icono del Cirineo: son el P. Mveng y Benedicto XVI. La voz del P. Engelbert Mveng, jesuita camerunés, teólogo, poeta y artista, asesinado en 1995, aparece en su Viacrucis: “Si alguien…” (Ed. Mame, Tours 1961), enriquecida con los típicos dibujos de su taller de arte africano. En la V estación del Viacrucis, el P. Mveng presenta con pasión y admiración al Cireneo, “un hombre de África”:

    «Un pobre hombre fatigado; vuelve del campo; ¡es un hombre de África!
La fatiga de la jornada trenza en su cabeza un largo estribillo,
el peso del día oprime como un bólido sus pasos inciertos,
sus labios temblorosos,
su corazón jadeante que ya no puede más...
    Un pobre hombre de África...
No es un Diputado, ni un Consejero, ni un Noble
a quien se escucha en las reuniones de protocolo.
Los soldados que van delante de él no le guardarán las espaldas,
los pasajeros nunca le dirán "¡Buenas tardes, Señor! "...
    Es un pobre hombre de África, con un andar tímido,
que lleva sobre sí un firmamento de misterio...
Uno de esos hombres a quien no se comprende,
esos hombres que no se comprenden a sí mismos,
que llevan colgado en su alma un nido de silencio
donde Dios canta melodías desconocidas para otros hombres;
un gran sello de silencio donde Dios inscribe una llamada de Amor…
que toca el fondo de su Corazón.
    Y ved cómo se le agarra, se le zarandea, se le arrastra,
se le obliga a llevar la Cruz de un Condenado...
Y Jesús, en pie, le esperaba como un hermano...
A este hombre de África que apenas entendía,
que estaba fatigado y que no quería saber nada de la cruz de un condenado...
    A este, Jesús le esperaba como un hermano,
y en su corazón, todo fatiga y amor,
su mano firmaba el gran pacto de la Llamada en el cruce de los caminos de sus dos vidas...
    En el horizonte de la mirada de Simón,
hombre de Cirene, hombre de África,
amanecía la redención del mundo.
    Jesús, Tú me esperas a mí también:

aquí estoy con Simón, el hombre de Cirene». (E. Mveng).

Benedicto XVI, en su viaje a África, se encontró el 19 de marzo de 2009, en Yaundé (Camerún), con el mundo del sufrimiento, delante del cual se inspiró ampliamente en el icono del Cirineo:

«La historia nos recuerda que un africano, un hijo de vuestro Continente, participó con su propio sufrimiento en la pena infinita de Aquel que ha redimido a todos los hombres, incluidos sus perseguidores. Simón de Cirene no podía saber que tenía ante sí a su Salvador. Fue ‘reclutado’ para ayudar (Mc 15,21); se vio obligado, forzado a hacerlo... Solo después de la resurrección pudo entender lo que había hecho... Solo la victoria final del Señor nos revelará el sentido definitivo de nuestras pruebas... Pido, queridos hermanas y hermanos enfermos, que se acerquen también a vuestra cabecera muchos Simón de Cirene».

Ante los estragos, destrucciones y muertes que el violento tifón Yolanda había provocado en las Filipinas en noviembre de 2013, el Papa Francisco decidió ir personalmente a ese lugar como un cirineo, a llevar un poco de alivio para los sobrevivientes; pero no encontró más mensajes de consuelo que la mirada a Cristo Crucificado. (*)

Palabra del Papa

 (*) «Estoy aquí para decirles que Jesús es el Señor, que Jesús no defrauda… Lo miro ahí clavado y desde ahí no nos defrauda… ¡Jesús es el Señor! Y es Señor desde la cruz; ahí reinó. Por eso, Él es capaz de entendernos… tenemos un Señor que es capaz de llorar con nosotros… Tantos de ustedes han perdido todo. Yo no sé qué decirles. ¡Él sí sabe qué decirles! Tantos de ustedes han perdido parte de la familia. Solamente guardo silencio, los acompaño con mi corazón en silencio… Tantos de ustedes se han preguntado mirando a Cristo: ¿Por qué, Señor? Y, a cada uno, el Señor responde en el corazón, desde su corazón. Yo no tengo otras palabras que decirles. Miremos a Cristo. Y junto a Él en la cruz estaba la Madre… En los momentos que no entendemos nada, en los momentos que queremos rebelarnos, solamente nos viene tirar la mano y agarrarnos de su pollera, y decirle: ¡Mamá!, como un chico que, cuando tiene miedo, dice: ¡Mamá
Papa Francisco
Homilía en Tacloban (Filipinas), 17-1-2015

P. Romeo Ballan, MCCJ

JESÚS ANTE SU MUERTE

Jesús ha previsto seriamente la posibilidad de una muerte violenta. Quizá no contaba con la intervención de la autoridad romana ni con la crucifixión como último destino más probable. Pero no se le ocultaba la reacción que su actuación estaba provocando en los sectores más poderosos. El rostro de Dios que presenta deshace demasiados esquemas teológicos, y el anuncio de su reinado rompe demasiadas seguridades políticas y religiosas.

Sin embargo, nada modifica su actuación. No elude la muerte. No se defiende. No emprende la huida. Tampoco busca su perdición. No es Jesús el hombre que busca su muerte en actitud suicida. Durante su corta estancia en Jerusalén se esfuerza por ocultarse y no aparecer en público. Si queremos saber cómo vivió Jesús su muerte, hemos de detenernos en dos actitudes fundamentales que dan sentido a todo su comportamiento final. Toda su vida ha sido «desvivirse» por la causa de Dios y el servicio liberador a los hombres. Su muerte sellará ahora su vida. Jesús morirá por fidelidad al Padre y por solidaridad con los hombres.

En primer lugar, Jesús se enfrenta a su propia muerte desde una actitud de confianza total en el Padre. Avanza hacia la muerte, convencido de que su ejecución no podrá impedir la llegada del reino de Dios, que sigue anunciando hasta el final. En la cena de despedida, Jesús manifiesta su fe total en que volverá a comer con los suyos la Pascua verdadera, cuando se establezca el reino definitivo de Dios, por encima de todas las injusticias que podamos cometer los humanos. Cuando todo fracasa y hasta Dios parece abandonarlo como a un falso profeta, condenado justamente en nombre de la ley, Jesús grita: «Padre, en tus manos pongo mi vida».

Por otra parte, Jesús muere en una actitud de solidaridad y de servicio a todos. Toda su vida ha consistido en defender a los pobres frente a la inhumanidad de los ricos, en solidarizarse con los débiles frente a los intereses egoístas de los poderosos, en anunciar el perdón a los pecadores frente a la dureza inconmovible de los «justos». Ahora sufre la muerte de un pobre, de un abandonado que nada puede ante el poder de los que dominan la tierra. Y vive su muerte como un servicio. El último y supremo servicio que puede hacer a la causa de Dios y a la salvación definitiva de sus hijos e hijas.
José Antonio Pagola

El asno y el perfume

Comentario a Mc 11, 1-11 y a Mc 14-15
Domingo de Ramos

La liturgia nos ofrece hoy dos lecturas del evangelio de Marcos: la primera, antes de la procesión de ramos, sobre la bien conocida historia de Jesús que entra en Jerusalén montado sobre un pollino (Mc 11, 1—11); la segunda, durante la Misa, es la lectura de la “Pasión” (las últimas horas de Jesús en Jerusalén), esta vez narrada por Marcos en los capítulos 14 y 15.

Con ello entramos en la Gran Semana del año cristiano, en la que celebramos, re-vivimos y actualizamos la extraordinaria experiencia de nuestro Maestro, Amigo, Hermano y Redentor Jesús, que, con gran lucidez y valentía, pero también con dolor y angustia, entra en Jerusalén, para ser testigo del amor del Padre con su propia vida.

Toda la semana debe ser un tiempo de especial intensidad, en el que dedicamos más tiempo que de ordinario a la lectura bíblica, la meditación, el silencio, la contemplación de esta gran experiencia de nuestro Señor Jesús, que se corresponde con nuestras propias experiencias de vida y muerte, de gracia y pecado, de angustia y de esperanza. Por mi parte, como siempre, me detengo en tres puntos de reflexión:

El rey montado sobre un pollino.

Hace algunos años he podido visitar Jerusalén durante diez días. Y, entre otras cosas, pude caminar desde Betfagé hasta el Monte de los olivos, desde el cual se contemplan los restos del antiguo Templo y la ciudad santa en su conjunto. Es un tramo no muy largo, pero en pendiente, por lo que exige un cierto esfuerzo. Según el texto de Marcos, Jesús hizo este recorrido montado sobre un pollino y aclamado por la gente.

Se trata de una escena que se presta a la representación popular y que todos conocemos bastante bien, aunque corremos el riesgo de no entender bien su significado. Para entenderlo bien, no encuentro mejor comentario que la cita del libro de Zacarías a la que con toda seguridad se refiere esta narración de Marcos:

                “Salta de alegría, Sion,
                lanza gritos de júbilo, Jerusalén,
                porque se acerca tu rey,
                justo y victorioso,
                humilde y montado en un asno,
                en un joven borriquillo.
                Destruirá los carros de guerra de Efraín
                y los caballos de Jerusalén.
                Quebrará el arco de guerra
                y proclamará la paz a las naciones”.
                (Zac 9, 9-10).

Sólo un comentario: ¡Cuánto necesitamos en este tiempo nuestro lleno de arrogancia, terrorismo y conflictos de todo tipo  la presencia de  este rey humilde y pacífico que no se impone por “la fuerza de los caballos” sino por la consistencia de su verdad liberadora y su amor sin condiciones!

El perfume “despilfarrado”

La narración de la “Pasión” según Marcos, que leemos hoy, comienza con un episodio también conocido, aunque menos que el de la procesión de ramos. Se trata de la historia del frasco de alabastro, “lleno de un perfume de nardo puro, que era muy caro”, y que una mujer anónima rompe para derramar el perfume sobre la cabeza de Jesús. Los presentes en la escena, según Marcos, consideran aquel gesto un “despilfarro” sin sentido. Pero Jesús la defiende diciendo que la mujer se ha anticipado a ungir su cuerpo para la sepultura.

Contemplando aquel precioso frasco de perfume, que se rompe y se “despilfarra”, uno no puede menos de pensar, de hecho, en el mismo cuerpo de Jesús, que será roto para entregar el precioso “perfume” del amor del Padre.  La historia de la Pasión que leemos hoy nos habla de un Jesús traicionado por sus amigos, un Jesús angustiado ante el sufrimiento que le espera, un Jesús martirizado hasta el extremo, un Jesús que se siente abandonado… pero un Jesús que se entrega libre y amorosamente: “No se haga como yo quiero, sino como Tú quieres”.

Su muerte puede parecer un “despilfarro”, como la muerte de los misioneros muertos de ébola o de malaria cerebral, como ha sucedido a los dos Hermanos de San Juan de Dios (Liberia) o a algunos combonianos españoles, que yo he conocido personalmente. Uno puede preguntarse: ¿Por qué arriesgar la vida? ¿No es un gesto inútil? ¿No es mejor protegerse y no pasarse en generosidad? La respuesta es sencilla: el amor no tiene límites; quien ama no tiene dudas: quiere romper el frasco, para que su perfume se extienda en un mundo donde no falta el mal olor.

Lo mismo puede decirse de tantas madres y padres que rompen el frasco de su vida en favor de sus hijos, tantos sanitarios que se entregan generosamente a los enfermos, tantas religiosas dedicadas en alma y cuerpo a los ancianos… Cada uno de nosotros es invitado a romper el frasco de su vida a favor del prójimo necesitad.

Contemplar a Cristo en la cruz es identificarse con Él, es ponerse a caminar sobre  las huellas de su entrega, confiando en que, aunque se rían de nosotros, el amor es más fuerte que la muerte.
P. Antonio Villarino, MCCJ