COMBONI COMO HOY

N. 17 (15) - A SUS PADRES

ACR, A, c. 14/115 n. 2



A bordo del Marsey, vapor francés

que me lleva de Jaffa a Alejandría

16 de octubre de 1857



Queridísimos padres:



[101] En Jerusalén permanecí cerca de siete días; los otros los empleé en viajar por diversas partes de Judea, siempre a caballo, por lo general bajo un sol ardiente, por lo que resultó un viaje de lo más fatigoso. Visité muchos lugares, pero los más importantes y de edificación son éstos. Si bien de Emaús existe el lugar, pero no el castillo, en el que entró J. C. después de la resurrección, y se dio a conocer a los dos discípulos mediante la fracción del Pan.

[102] Hice una excursión a Betania, para ir a la cual salimos por la puerta de S. Esteban; y atravesado el valle de Josafat al sur, fuimos al monte del Escándalo, donde se ahorcó el desgraciado Judas después de haber vendido a su divino Maestro. Llámase monte del Escándalo por el gravísimo escándalo que en él dio Salomón a su propio pueblo, levantando altares a todos los ídolos de sus esposas extranjeras. Este monte, que recuerda la apostasía del más sabio de los hombres, se alza enfrente del templo de Jerusalén; y Salomón escogió a propósito este monte delante del templo casi por parangonar su adoración a los ídolos con la que rendía al Dios venerado en el templo.

[103] Poco después, en un pequeño campo, se halla el sitio donde estaba la higuera que J. C. maldijo porque no daba fruto, sólo hojas. En estos contornos, como en los de Belén, no hay más que higos, la mitad de grandes que los nuestros. Pero henos ya en Betania. De la casa de Marta, de María Magdalena y de Simón el Leproso no existen ni las ruinas; sólo lo que queda de un magnífico monasterio de Benedictinas, que vivieron aquí mucho tiempo, en honor de Sta. María Magdalena.

[104] El sepulcro de Lázaro resucitado consiste en una profunda cueva, a la que se baja por medio de veintiocho escalones. Está dividida en dos pequeñas estancias, en la primera de las cuales se detuvo Jesús cuando dijo: Lazare veni foras; la otra es el sepulcro propiamente dicho. Nosotros entramos todos a la luz de la vela; leímos el Evangelio de S. Juan, que habla de la resurrección de Lázaro, y lo encontramos tan idéntico que si no hubiésemos estado seguros por la tradición de tantos siglos y por los autores, y por la Iglesia que otorga indulgencia plenaria a quien lo visita, hubiéramos percibido la verdad del hecho por haberlo visto. De este sepulcro recibiréis una pequeña piedra, como también otra del lugar, situado a unos doscientos pasos del sepulcro de Lázaro, donde se detuvo J. C. antes de entrar en Betania, y donde fueron a buscarlo Marta y Sta. María Magdalena cuando iba a resucitar a Lázaro. Betania no tiene ahora más que 200 habitantes.

[105] Desde Betania bajamos a ver el Jordán y el mar Muerto; pero a este último no hemos podido llegar porque está lleno de árabes beduinos, que roban y matan casi siempre; y entre otras cosas, hace poco que han asaltado una caravana de franceses e ingleses, y han matado entre otros a dos misioneros franceses; y a un inglés, después de haberle robado, habiéndose dado cuenta un beduino de que tenía dientes postizos de oro, lo derribó al suelo, y luego de abrirle la boca se los sacó, estropeándole encima el resto de la dentadura por ver si encontraba otros más. En Jerusalén he hablado con el jefe de los beduinos, y a razón de 100 piastras (30 esváncicas) por cabeza, se ofreció a conducirnos sin peligro al mar Muerto; pero tenía un par de ojos que me gustaban poco, y le contestamos que volviese quince días después, que quizá haríamos algo. Pero al cabo de esos quince días yo estaré en El Cairo.

[106] Hice otra excursión a Belén, en la cual empleé dos días. Saliendo de Jerusalén por la puerta de Belén llegamos al valle del Abismo, famoso porque allí el Angel mató 185.000 soldados de Senaquerib. Arriba, antes de bajar a este valle, está el monte del Mal Consejo, así llamado porque en él se reunieron los príncipes de los sacerdotes con los ancianos del pueblo, y decretaron la muerte de Jesús. Desde las faldas de este montículo comienza una espaciosa llanura llamada en las sagradas páginas el valle de Rafaim, o de los Gigantes. Fue en este valle donde acamparon dos veces los filisteos provocando a batalla a David, el cual, luego de consultar con el Señor, los derrotó. A una milla de distancia hay un árbol de terebinto que marca el lugar donde descansó la Sagrada Familia yendo a Jerusalén; pero no comporta indulgencia.

[107] Después de otros cien pasos se encuentra la cisterna de los Tres Magos, denominada así en memoria de aquellos tres Reyes que fueron los primeros entre los gentiles que acudieron a adorar al Niño Jesús. Los cuales, llegados a este lugar, vieron aparecer sobre ellos la brillante estrella que les había servido de guía en su viaje hasta Jerusalén, y que había desaparecido. En esta cisterna, como en todos los lugares de que os voy a hablar, hay indulgencia, casi siempre plenaria. Cuatro millas más adelante se halla el monasterio dedicado al Profeta S. Elías: está en manos de los griegos.

[108] Cerca de media milla a la derecha de ésta se encuentran las ruinas de una antigua iglesia, que fue construida en el sitio donde se encontraba el Profeta Abacuc cuando un Angel lo agarró del cabello y lo transportó a Babilonia sobre el foso de los leones, en el que estaba encerrado Daniel, y luego lo trajo de vuelta a este mismo lugar. Yendo adelante media hora, se ven los restos de una antigua torre, llamada de Jacob, donde se detuvo este Patriarca a su regreso de Mesopotamia.

[109] Allí también estuvieron Abraham e Isaac. Por cierto, olvidaba deciros que en el Moria se muestra el lugar donde Abraham recibió orden de Dios de sacrificar a su hijo Isaac. Una hora antes de llegar a Belén vi el sepulcro de Raquel, en el que los campesinos guardan ahora sus bueyes. Ya cerca de Belén visité la cisterna de David, de cuyas aguas tuvo sed ese Rey, cuando confinado en la cueva de Odolán deseaba un vaso de agua de la cisterna que estaba junto a las puertas de Belén; y después de recibirla, viendo sedientos a sus soldados, quiso arrojarla para compartir su necesidad. Aquí vi también los cimientos de la casa de Jesé, padre de David, y los lugares donde David pasó su juventud haciendo de pastor.

[110] Antes de entrar en Belén fuimos también a la ciudad de Betgialla para visitar al Patriarca de Jerusalén, que está aquí, en su seminario, pasando un poco el otoño. Nos recibió amablemente, y quería retenernos con él algunos días; pero, como éramos ocho, declinamos la invitación. Entre otras cosas, me dijo que conocía mucho al Obispo de Brescia, junto con el cual fue ordenado Obispo en Roma en 1850.

[111] Finalmente, llegamos por la tarde a Belén. ¡Dios mío! Pero ¿dónde quiso nacer J. C.? Todavía esa misma tarde quise bajar a la afortunada Gruta que vio nacer al Creador del mundo. Entré, y aunque el nacimiento es más alegre que la muerte, quedé más conmovido que en el Calvario al pensar en la condescendencia de un Dios que se humilló hasta el punto de nacer en ese establo. La Gruta de Belén donde nació J. C. mide de largo unos diez pasos, y una mitad de ella es de ancha como vuestro pasillo, y la otra mitad como vuestra cocina. Hay tres altares: uno donde la Virgen María dio a luz al divino Niño, y que está al cuidado de los armenios y griegos ortodoxos; otro, dos pasos más abajo, que es el lugar del Santo Pesebre, donde la Virgen María acostó al Niño, y cuyo gobierno corresponde a los católicos; y el otro, a un paso de distancia, que es el sitio donde se arrodillaron en adoración los tres Reyes Magos, y que está en manos de los frailes.

[112] Yo celebré allí misa la noche siguiente; y me resultó muy grato quedarme hasta la mañana en esa bendita gruta, que es la delicia del cielo. Cómo gocé en esa cueva, en medio del silencio de la noche, repitiendo muchas veces la oración que compuso S. Jerónimo, y que rezaba a menudo: «Oh alma mía, en esta pequeña abertura de la tierra nació aquel que creó el cielo; aquí fue envuelto en pobres pañales; aquí fue colocado sobre un poco de paja en un comedero de animales; aquí lloró el Niñito en el rigor de la estación invernal; aquí fue calentado por el buey y el asno; aquí fue hallado por los vigilantes pastores; aquí fue señalado por la estrella; aquí fue adorado por los Magos; aquí cantaron por primera vez los Angeles: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis.

[113] »Mil veces dichoso tú, que, aunque miserable pecador, te has hecho digno de ver lo que desearon ardientemente y no vieron los Patriarcas y Profetas, y contemplas con tus ojos este inefable lugar, cuya visión no es concedida a tantas almas justas que se encuentran ahora en el mundo», etc. Así S. Jerónimo. Entre el sitio de los Magos y el del Pesebre (que se halla en Roma) está el lugar donde se sentó la Virgen María después de acostar al Niño en el pesebre. Yo me senté también, y después besé mil veces aquel sitio. Besé casi toda la gruta; y no sabía salir de ella, porque en verdad me hacía revivir aquel feliz momento en que tuvieron lugar en esta cueva los misterios de la Natividad de N. S. J. C.

[114] Mediante una pequeña abertura, la Gruta de Belén continúa en otra larguísima cueva, la cual termina en la cueva de S. Jerónimo, que se conoce como Oratorio de S. Jerónimo, y que es donde éste explicaba la Escritura y hacía penitencia golpeándose el pecho con una piedra. En ella dije misa y recité el oficio nocturno. Entre la cueva de S. Jerónimo y la de J. C., a lo largo de una especie de corredor, se hallan el altar de S. José, donde estaba el santo mientras la V. M. daba a luz a J. C.; el sepulcro de los Inocentes, donde se encuentran los huesos de los niños a los que dieron muerte en Belén por orden de Herodes; el sepulcro de S. Eusebio, el de Sta. Paula y S. Eustoquio, y el sepulcro de S. Jerónimo.

[115] Hay otras dos iglesias muy grandes cerca de la gruta, pero están en manos de los ortodoxos. Además, a veinte pasos largos de la gruta hállase la escuela de S. Jerónimo, en la cual están los caballos de los turcos. La ciudad de Belén no tiene más que cuatro mil habitantes, de los que dos mil son católicos y forman la comunidad cristiana más numerosa de Palestina. En Jerusalén, con cerca de cincuenta mil almas, sólo hay unos mil católicos. Belén está siempre llena de beduinos, que tratan de obtener, con amenazas de muerte, las provisiones que exigen: siempre hay asesinatos. No respetan más que a los suyos, uno de los cuales es su juez. Y ojo con hablarles de obediencia al Sultán o al Bajá; prefieren morir antes que respetar siquiera al portero. La noche que nosotros llegamos a Belén un beduino mató a un griego.

[116] Al día siguiente visitamos los lugares notables de extramuros, a saber: 1.o, la gruta de la Leche, convertida en iglesia, en la que la V. M. amamantó al Niño al huir a Egipto (aquí dicen también que mientras la V. M. daba el pecho al Niño Jesús en esta cueva, cayó en tierra una gota de leche, y la gente de de estos lugares utiliza esa tierra para hacer que les venga la leche a las mujeres que no tienen); 2.o, la casa de S. José, de la que no se ven más que los cimientos; 3.o, a media hora de camino, el pueblo de los pastores que adoraron al Redentor recién nacido; 4.o, el vasto campo de Boaz, donde la moabita Ruth andaba espigando detrás de los segadores de aquel rico propietario; en este campo estaba antiguamente la Torre del Rebaño, donde Jacob hijo de Isaac, atraído por la abundancia de los pastos, plantó sus reales después de la muerte de la bella Raquel.

[117] En medio de este campo se halla la gruta donde los vigilantes pastores estaban cuidando por la noche sus rebaños cuando se les apareció el Angel del Señor, y cegándolos de celestial resplandor, les anunció la jubilosa noticia de que había nacido el anhelado Mesías. Yo besé el sitio donde se apareció el Angel, y aquel en el que estaban los pastores, el cual lleva aneja indulgencia plenaria. En estos lugares hay dos altares, y éstos, como la llave de la gruta, están en poder de los griegos ortodoxos. Más abajo de la Gruta de los Pastores está la cueva de Engadí, que recuerda el hecho allí acaecido entre David y Saúl.

[118] A la derecha, a una hora a caballo, está el monte de los Francos, sobre el que se elevaba el castillo Herodión construido por Herodes el Grande, y que luego sirvió como su lugar de enterramiento. Allí en el año 1200 había cuatrocientos cruzados, y mantuvieron el lugar inexpugnable durante cuarenta años pese a todos los esfuerzos de los sarracenos por expulsarlos.

[119] Por la noche volvimos cansados a Belén, donde proyectamos el viaje del día siguiente. Después de volver a besar y venerar la santa Gruta, salimos al amanecer del día 10 camino de Ain-el Qarem, que es S. Juan de la Montaña, para visitar los santuarios del Precursor, viaje en el que con el regreso a Jerusalén empleamos dos días.

[120] El primer lugar destacado que encontramos y recorrimos fue el Huerto Cerrado del que se habla en el Cantar de los Cantares, y donde se criaban los jóvenes arbolitos para luego ser transplantados a otros lugares: huerto verdaderamente cerrado por la naturaleza entre dos montes, y símbolo y figura de la gran Virgen Madre, según la Iglesia. Su vegetación es una maravilla, y tiene dos millas de longitud; lo ha comprado un protestante. Vienen después los famosos Estanques de Salomón, que están al comienzo del Huerto Cerrado, y tienen 570 pasos de longitud y una enorme profundidad. Más arriba está la Fuente Sellada, el fons signatus del Cantar, símbolo y figura de la Virgen, como quiere la Iglesia, que vierte sus aguas en los mencionados Estanques construidos por Salomón; y estas aguas se canalizan en un acueducto, que antiguamente las conducía hasta el templo de Salomón, en Jerusalén, es decir, a una distancia de 50 millas. Llámase Fuente Sellada porque se sellaba con el sello del Rey.

[121] Poco después de pasar tres montañas, a las dos de la tarde llegamos a la fuente de S. Felipe, donde el diácono S. Felipe bautizó al eunuco de la Reina Candace. Junto a esta fuente, nos detuvimos a tomar un refrigerio consistente en pan y fruta, con agua. Sentados en esta famosa fuente evangélica, nos pusimos a hablar de Dios y de J. C. a una muchedumbre de musulmanes que nos rodeaba. Escuchaban con avidez; pero uno al que se le había ofrecido beber un poco de vino que teníamos en una botella, respondió que no quería hacerlo porque temía a Mahoma; los otros, en cambio, se habrían bebido un barril, por más que se lo prohibiese su religión.

[122] Por la tarde llegamos a la patria de S. Juan Bautista, llamada por los turcos Ain-Qarem. A la mañana siguiente celebré misa en la habitación subterránea donde nació, la cual es una maravilla por los tesoros que contiene, ofrecidos a lo largo de los siglos por los monarcas y ricos que han visitado Palestina. Diez minutos distante del lugar del nacimiento está la Casa de Isabel y Zacarías, padres del Precursor, donde recibieron a la Virgen María cuando fue a visitarles, y estuvo con ellos tres meses. Fue precisamente aquí donde se compuso el Magnificat y el Benedictus; y aquí, en el mismo lugar donde fue compuesto, lo rezamos.

[123] Después de misa fuimos al desierto de S. Juan; dista de la ciudad tres horas a caballo. Al cabo de una hora de marcha se encuentra una peña junto al camino, sobre la que el Bautista subía a predicar el reino de los cielos y el bautismo de penitencia a las muchedumbres que se agolpaban a su alrededor. Besé esa roca, la cual nadie ha podido jamás romper. Habiendo conseguido un turco, por desprecio, desprender un trozo, arrojólo a un horno para calcinarlo; pero permaneció siempre intacto, y se conserva junto al templo del Nacimiento, que igualmente besé.

[124] Luego, bajando por los montes, llegamos al fondo de un valle entrecruzado de plantas aromáticas y zarzales. En el fondo de ese desierto todo respira silencio, recogimiento, penitencia. Un habitáculo irregularmente excavado en una durísima roca, al que se tiene acceso por medio de una pequeña escalera practicada en la misma peña, y un límpido manantial que brota de las grietas de un roquedal y vierte en un pequeño estanque hecho de tierra a los pies de ese lugar solitario y recóndito, nos anunciaba que habíamos alcanzado el umbral de lo que fue morada del Precursor de Cristo. Entramos allí trepando, ¿y qué encontramos?

[125] Un desnudo banco de piedra que servía de cama al penitente morador de los desiertos, y un pequeño boquete desde el que se divisa el subyacente valle de Terebinto: esto es todo lo que encontramos en aquella cueva. Pero aquellas espinas, aquellas aguas, aquellas peñas, aquel horror... ¡Oh, cuántas sublimes ideas me acudían a la mente! Parecíame hasta ver a S. Juan Bautista vestido de pelo de camello, con una correa de cuero a la cintura, alimentándose de miel y saltamontes; y se me antojaba oír su voz, que predicando en el desierto, exclamaba: «Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos». Más arriba vi los sepulcros de Sta. Isabel y S. Zacarías; asimismo vi los restos del castillo de Modín, que fue la patria de los valerosos Macabeos.

Luego regresamos por el valle de Terebinto, famoso porque en él mató el pastor David al orgulloso gigante Goliat. Vi los lugares donde acamparon Saúl y los filisteos, el valle donde David cogió las siete piedras; y nos imaginamos, sobre poco más o menos, el sitio donde cayó Goliat.

[126] En la tarde volvimos a Jerusalén por Sta. Cruz, que es una iglesia construida en el lugar donde fue cortado el árbol de la Cruz para hacer morir en él a J. C. Hay allí un magnífico monasterio y noviciado de los griegos ortodoxos, que visitamos en su totalidad; es como tres veces el palacio Bettoni, y tiene todas las comodidades posibles para facilitar el camino a la casa del diablo a esos desdichados impíos. Y ya estamos por última vez en Jerusalén. De allí, arreglados todos nuestros asuntos y dado el saludo de despedida a los sagrados lugares, a los amigos, a los Superiores y a todos los que de algún modo nos han ayudado, salimos a las 13 horas bajo los escocedores latigazos del sol, y así a medianoche pudimos llegar a Rama más muertos que vivos. Por la mañana, muy teprano, después de decir misa en la capilla de S. Nicodemo, emprendimos viaje por la llanura de Sarón y alcanzamos Jaffa antes del mediodía. En este viaje me entrené bastante a cabalgar: habiéndome tocado accidentalmente un caballo alocado, aprendí a montarlo bien a mi costa; de modo que junto con D. Dalbosco, estupendo jinete, llegué a Jaffa una hora antes que los otros.

[127] Allí, visitada la iglesia donde S. Pedro tuvo la visión de la sábana, subimos a bordo del Marsey, que nos lleva ahora a Alejandría, la cual está ya frente a nosotros. Hemos tenido un mar, si no borrascoso, sí de lo más desapacible, especialmente en frente de la desembocadura del Nilo.

[128] Pero antes de dejar el tema de mi visita a Palestina, quiero deciros que ésta era la Tierra Prometida, como sabéis por la Escritura, y desde luego antiguamente era la parte más fértil de Asia. Ahora, exceptuados el Huerto Cerrado, el valle de Terebinto y la vasta llanura de Sarón, Palestina se ha convertido en una tierra desolada, todo piedras, cenizas y zarzas, y no digo un despropósito si afirmo que ahora es la parte más estéril de Asia, después de Siberia.

[129] Quiero deciros también que he entablado una gran amistad con Monseñor Ratisbonne. Esta alma verdaderamente angelical fue convertida a la fe desde la religión judaica por el Sto. Padre. Y como es un hombre con medios, porque es millonario y más, acaba de fundar en Jerusalén un instituto de monjas, al que ha llamado Hermanas del Monte Sión, por encontrarse en éste el instituto.

Su finalidad es la conversión de judíos, griegos protestantes, armenios ortodoxos y todos los acatólicos de Oriente. El las acoge de jovencitas, las mantiene e instruye gratuitamente, y desde muy pronto procura inculcarles sentimientos religiosos. Ahora ya tiene sesenta de ellas bien preparadas; y está tan enamorado de nuestra Misión de Africa Central que quiere establecer con nosotros perpetua relación de reciprocidad. En el momento de nuestra marcha de Jerusalén nos aseguró que desde el monte Sión se elevarían a Dios fervientes plegarias, por nosotros y por nuestra Misión, de labios de sus Monjas, a las cuales se lo habría puesto como regla. Y a tres de nosotros nos dio de recuerdo un singular crucifijo, de exquisita factura, que, bendecido sobre el Santo Sepulcro, he convertido en mi crucifijo de Misionero. Rezad por su obra, que es para gran gloria de Dios. Tiene como protectora de su obra a la princesa Dalla Torre, con la que cenamos juntos en Jaffa.

[130] Ahora, ya estoy en El Cairo. Salí ayer por la mañana de Alejandría, y a mediodía llegamos al Nilo en tren, que va velocísimo; cruzamos el Nilo en barco y volvimos a tomar el tren, de modo que ayer por la tarde, bien cocidos, llegamos a El Cairo. Allí abrazamos felizmente a nuestros queridos compañeros D. Oliboni y D. Beltrame, que por no perder tiempo sacrificaron el viaje a Jerusalén, yendo en cambio nosotros tres, es decir, D. Dalbosco, D. Angel y yo.

[131] Mientras, adiós, queridos padres. Esto es, más o menos, lo esencial de mi viaje a Tierra Santa. Está confuso y con muy mala letra; pero imaginad la prisa con que fue escrito, siempre de noche, cuando tenía necesidad de descanso; y en el mar, entre el ruido de las olas. Sin embargo, espero que con las gafas os las apañéis. Es demasiado largo; pero precisamente cuando se tiene prisa siempre se acaba perorando. Salvo de los santuarios del Santo Sepulcro, del Calvario, de Belén y de S. Juan de la Montaña, de los que os he hecho alguna mención, no he dicho casi nada del resto; por lo cual, después de todo lo que habéis leído sobre este viaje, decid que he visto diez veces más de lo que os he escrito, y más aún.

Aceptad el más cariñoso beso de



Vuestro afmo. hijo

Daniel Sac. Comboni



N.B. Ya no me queda tiempo para revisar y corregir esta carta: estará llena de despropósitos. Pero, disculpadme, tengo demasiada prisa.

Daniel