COMBONI COMO HOY

N. 20 (18) - A SUS PADRES

AFC



Siut, 30 de octubre de 1857



Queridísimos Padres:



[143] Como ya os escribí, salimos de El Cairo la tarde del 22; y después de muy feliz navegación hemos llegado esta noche a la capital del Alto Egipto, donde pensamos detenernos media jornada para luego partir de nuevo con rumbo a Asuán. Pero antes de dejar esta agradable ciudad, quiero contaros una escena que ocurrió en la gigantesca capital de todo Egipto, El Cairo.

[144] Todos los años, los grandes ministros de la religión musulmana, en nombre del gobierno de Egipto, suelen enviar a La Meca un gran velo del más fino damasco recamado en oro y piedras preciosas, para que toque la santa tumba de Mahoma. Ese velo permanece un año en La Meca, hasta que al año siguiente se manda allí desde El Cairo otro velo para retirar el tocado por la sagrada tumba, la cual, como sabéis, dicen los musulmanes que está suspendida en el aire en el gran templo de La Meca, donde hay pena de muerte para el que entra sin ser musulmán.

Generalmente, quien lleva el velo santificado es un distinguido personaje. Este año le tocó a la hermana del Rey de Egipto, la cual volvía con gran aparato precisamente el día después de mi llegada a El Cairo. Pues bien, ahora veréis lo que ocurrió en los tres días posteriores a mi llegada, y de lo que fui testigo.

[145] Este velo lo trae un camello, que por lo mismo se vuelve santo, y santo de modo que contagia su santidad a los que lo tocan. El primer día de su llegada el velo es expuesto en el templo, el más grande y reputado de El Cairo. En él entré con D. Angel y D.Alejandro, pero sólo después de hacernos poner en los pies sandalias de tela blanquísima, previo generoso bachsis al vigilante de la entrada. Ese velo es besado y tocado primero por los grandes, y luego por el pueblo. Al tercer día, el camello santificado por haber traído el velo desde La Meca, es conducido con jaeces de oro a la gran plaza de El Cairo, llamada Esbichieh, y los que quieren volverse santos, ¿sabéis lo que hacen? Se tienden desnudos en medio de la plaza, boca arriba o boca abajo, y el camello se pasea durante tres horas seguidas por encima de esos cuerpos desnudos, y a uno le rompe un brazo, a otro un ojo, a otro le aplasta, a otro le parte una pierna, etc. Y es una maravilla ver los palos y tortazos que se dan, y las risas que se producen, porque todos querrían para sí el gran honor de recibir los pisotones del camello santificado.

[146] Después de esta escena de tres horas, los pobres heridos, que se vuelven santos, son llevados en procesión al Qalaa, que es la mezquita del Rey, y son como oráculos para el pueblo... (¡¡Hasta qué punto llega el fanatismo!!)

El camello es luego alimentado y cuidado con toda solicitud; y hay pena de muerte para quien lo utilice para cualquier uso, por noble que sea. Siete días duró la fiesta del regreso de la hermana del Gran Bajá desde La Meca. Sólo en pólvora, y trabajos, fuegos artificiales, etc. se calcula que se gastó un millón de francos, sin contar el esplendor de los convites, que implican desembolsos considerables, porque en esto los orientales no conocen límite. En los cinco días que estuve en El Cairo visité el palacio del Gran Bajá, y el templo de Qalaa, construido por Mehmet Alí, y cuya riqueza y magnificencia no puedo expresar: es todo de alabastro; las perlas son innumerables, como también los oros y las piedras preciosas. Es una maravilla de mezquita, grande como dos veces la catedral de Brescia; pero su preciosidad, su forma, que es una sola cúpula y una sola rotonda, me ha impresionado más que los templos de Florencia, Venecia y Jerusalén.

[147] El Cairo, según el padrón del año pasado, tiene millón y medio de habitantes. Posee cuatrocientas cincuenta soberbias mezquitas (templos mahometanos) con otros tantos elegantísimos minaretes (especie de torres), muchos de los cuales superan en altura a la torre de Verona. Y junto a ellas sólo hay allí (me duele decirlo) unos cuatro mil católicos, y tres iglesias cristianas, en las que ofician los maronitas, los coptos, los griegos, los armenios, de suerte que sobre todo en dos de éstas se crea una auténtica Babel.

[148] Visitamos varias veces al Obispo de El Cairo, que vive en el Convento de los Franciscanos, donde nos alojamos, y tuvo la gentileza de darnos un estupendo muchacho, nacido de una concubina mora y de un adúltero blanco toscano. Este joven lo llevamos con nosotros a regiones incógnitas, y parece prometer mucho a pesar del mal ambiente en que nació y fue educado. No os hablo de los escándalos que se producen en las plazas, en las calles, en los mismos bazares (mercados), porque no quiero ensuciar la pluma describiendo tantas públicas ofensas a Dios. Pero deseo dejar esta desdichada ciudad, que según un autor, es la verdadera Babilonia moderna: tiene 27 millas de circunferencia. Así que heme aquí en nuestras dahhabias (pequeños barcos del Nilo).

[149] Los cinco artesanos van en el primero, que es el más grande y más abundante en piojos; los cinco Misioneros, el muchacho y nuestro sirviente nubio vamos en el más pequeño, que es más elegante que el anterior y menos abundante en piojos, pero que está plagado de ratones y chinches y moscas que pican como diablos, y que nos hacen alegre y a veces triste compañía. Nuestro viaje por el Nilo es delicioso; en sus orillas crecen en gran número las palmas de azúcar y datileras, los plátanos, etc. y sus campos vecinos abundan en sorgo y cereales. Cada tanto se ven pueblos y aldeas todos ellos con casas cuya altura no llega a la de un hombre, hechas de adobes, que se derriban de un puñetazo. Los niños y jóvenes, y la mayor parte de los hombres están desnudos, y trabajan desnudos bajo el sol. Todos los días bajamos a tierra durante algún cuarto de hora para proveernos de caza: tórtolas y pittas [= pavos], que hay allí a millares.

[150] Ya conocéis mis dotes de cazador; pues incluso yo me siento frustrado cuando sólo consigo matar un pichón o tórtola de un escopetazo. Cuántas veces, desde el barco, derribamos gallipavos, pittas y ánades que pesan 16 y hasta 20 libras cada pieza, y que son tan exquisitos como los de Europa. Se cazan por decenas, por cientos, en la desnuda arena de algunos islotes; y al ruido de un disparo, muchos de los que no caen se quedan allí quietos, de manera que da tiempo a cargar de nuevo y matar otros tantos. Me vienen a la memoria las veces en que iba con Eustaquio en Dalco y nos poníamos tan contentos cuando podíamos comer cuatro o cinco tordos cazados con la escopeta (¡por él, no por mí!).

[151] Pero basta. ¿Cuál es la vida que llevamos en el barco? Ante todo debéis saber que ahora navegamos Nilo arriba, y el Nilo viene del centro de Africa y desemboca cerca de Alejandría, en el Mediterráneo. Sin embargo vamos con las velas hinchadas, a la velocidad con que se deslizan nuestros barcos sobre el [lago] Garda cuando van con la vela que apenas puede mantenerse íntegra. El Nilo es de ancho como dos veces el Po, y a veces como de Reamolo a Navene; es profundísimo en ciertos lugares, y en otros va bajo como para embarrancar. De hecho, hemos embarrancado tres veces, y una ayer por la tarde, cuando a duras penas pudimos liberar la embarcación.

[hay algunas palabras borradas]

[152] […]pues ésta es nuestra vida: Por la mañana nos levantamos al alba; no de la cama, porque acostarse consiste para nosotros en ponerse bajo la cabeza un bulto de ropa para lavar o una prenda y acurrucarse sobre las tablas del barco. Cuántas veces me acuerdo del afán de mamá en prepararme una cama blanda; yo aceptaba por no disgustarla y por apreciar su ilimitada solicitud, pero deseaba cama dura para acostumbrarme. Ahora estoy acostumbrado, pero como todas las mañanas nos levantamos con las costillas como si nos hubieran apaleado, D. Juan pensó en proporcionarnos un cojín donde descansar la cabeza, a fin de que pusiéramos bajo el cuerpo lo que antes poníamos bajo la cabeza. Y en efecto, llegados el 28 a Minieh, ciudad mercantil, compramos tela; y ya en el barco, cortamos cada uno nuestra parte de tela y nos pusimos a hacer nuestro cojín. Yo me pasé medio día dándole a la aguja, y lo que nos reímos. Decíamos a D. Checco, que era Profesor en el Liceo de Verona: «¡Mire que si le viesen sus alumnos haciendo de sastre...!»

[153] Yo me acordaba de mi buena madre, que en una hora hubiera hecho tranquilamente lo que a mí con esfuerzo me llevó media jornada. Al día siguiente, después de cumplir nuestros deberes religiosos en común, o sea, la meditación, el oficio, el rezo oral, la lección espiritual, el examen de conciencia y el rosario, nos pusimos a hablar de las cosas de Europa, a escribir anotaciones en el propio diario, a contemplar la siempre creciente belleza de las orillas del Nilo, a tirar contra algún pichón, etc. Sucede a veces que, nadando, llegan a bordo hombres desnudos, que llevan rapada la cabeza, salvo una gran cola en medio de ella, los cuales, con un lloriqueo que produce lástima y repulsión, nos piden pan, y dinero, que luego se meten en la boca, y tanto insisten aun después de recibida la limosna que a menudo es preciso echarlos a palos. ¿Y sabéis quiénes son? Son monjes y sacerdotes cristianos-coptos cismáticos de las montañas próximas, que viven de limosnas. Y cuando pasamos cerca de alguna cueva, ellos se suben a lo alto de ella, a veces tan alta como la iglesia de Limone, y se lanzan al barco completamente desnudos; luego, saltando al río, desaparecen nadando.

[154] La noche, hasta eso de las once, la pasamos contando historias y hablando especialmente de nuestra Misión y del modo de introducirnos por primera vez en las regiones incógnitas de Africa Central. A decir verdad se sufre, pero también se goza, pensando que vamos a propagar el Reino de Xto. Yo me encuentro más fuerte y sano que cuando estaba en Europa. Estamos alegres y tranquilos, y a veces nos reímos a vuestra costa recordando anécdotas que me ocurrieron con vosotros. Animo pues, queridos padres; oración, y resignación a la voluntad de Dios.

[155] Perdonad si no os puedo decir todo lo que me acontece, lo que veo, etc. Escribir aquí es toda una hazaña, con el bamboleo del barco; y si encontráis mala la letra, pensad que aquí no tenemos los escritorios de S. Carlos y de Limone; escribimos sobre la maleta, o sobre la rodilla, o tumbados en el suelo, y además para contarlo todo se necesitaría un libro cada vez. Ahora especialmente, que estamos a punto de entrar en el puerto de Siut, las olas son fortísimas.

En proporción, el Nilo está más atestado de embarcaciones que el mar; cada día se encuentran más de 120 embarcaciones sin vela, y muchas veces las que van río arriba como la nuestra, se juntan y se desgarran la vela, como ocurrió hace pocos días a la nuestra grande, que se detuvo medio día para reparar la vela menor.

[156] Adiós, queridos padres. Os agradezco vivamente el haber mostrado vuestra generosa conformidad en que yo siguiera el camino de la Misión; disfrutad y estad tranquilos, que los pesares de la vida son siempre breves y pequeños cuando se trata de evitar las penas del infierno y ganar el Paraíso.

[157] Adiós, querido padre, querida mamá; estáis y vivís siempre en mi corazón. Os quiero y además os admiro mucho, porque sabéis realizar una obra heroica que los grandes del siglo y los héroes del mundo no saben hacer. Que el mundo sería cuanto quiera, que os tenga en poco, que os diga que sois necios: vosotros habéis obtenido una victoria que os ha asegurado la felicidad eterna.

[158] Después de lo que llovió estando con vosotros en Verona, no he visto caer ni una gota. El cielo de Egipto está siempre brillante. Saludad de mi parte a todos los parientes de Limone y de Riva; siento mucho lo de Marietta. Presentad mis respetos al señor patrón y a la señora patrona, a los Sres Santiago y Teresa Ferrari, al Sr. Rector, a los Párrocos de Tremosine, a los jardineros de Supino y Tesolo, al Sr. José, y a Julia Carettoni, al Sr. Luis Prudenza, a D. Ben, a Ragusini, a Vicente Carettoni, a Minica, a Virginia, etc. etc., al Cabo, a Rambottini, etc., mientras me declaro de corazón



Vuestro afmo. hijo

Daniel Comboni

Misionero Apostólico



[159] N.B. Me dejaba en el tintero la circunstancia más crítica de nuestro viaje. El Nilo, en el monte Abu-Feda, se encuentra flanqueado de dos altas montañas que lo tienen encajonado a lo largo de tres millas; este espacio es muy peligroso, y frecuentemente ocurren naufragios por la fuerza e irregularidad de los vientos. Apenas entrados con nuestras dos embarcaciones en ese laberinto, un fortísimo viento desgarró la vela mayor, hizo partirse en muchos pedazos los costados del barco, y los seis marineros de nuestra pequeña embarcación no sabían ya qué hacer, porque a uno le cayó en la cabeza un madero, mientras los dos barcos chocaban. En este punto D. Juan y yo nos quitamos los zapatos y la ropa, a excepción de la camisa y los pantalones, dispuestos a tirarnos al río, lleno en esta parte de remolinos. D. Francisco se agarró a una viga. D. Alejandro a un tablón, y D. Angel, sin atender a otra cosa, abrazó el crucifijo. Mientras decíamos el Avemaría y nos disponíamos a darnos recíprocamente la absolución, el viento nos arrojó a un banco de arena y quedamos a salvo. Bajamos a tierra y cantamos dos alegres canciones religiosas; y ahora nos encontramos tan contentos en Siut, donde mañana esperamos celebrar misa. Bendito sea el Señor y bendita María que está siempre con nosotros. Por este lugar han pasado otros, ¡nosotros también!