Cada año, la Cuaresma nos presenta en el primer domingo el pasaje de las Tentaciones y en el segundo el de la Transfiguración. Son, por tanto, dos Evangelios típicos del camino cuaresmal. Es como si se nos dijera que no puede haber vida cristiana sin tentación, pero tampoco sin momentos de luz, de transfiguración.
«Señor, ¡qué bien se está aquí!»
Mateo 17,1-9
Cada año, la Cuaresma nos presenta en el primer domingo el pasaje de las Tentaciones y en el segundo el de la Transfiguración. Son, por tanto, dos Evangelios típicos del camino cuaresmal. Es como si se nos dijera que no puede haber vida cristiana sin tentación, pero tampoco sin momentos de luz, de transfiguración.
1. Primera lectura: volver a partir como Abraham
En la primera lectura de los domingos de Cuaresma, la liturgia nos propone, a grandes rasgos, la historia de la salvación. La Cuaresma es un camino catecumenal, durante el cual los catecúmenos, que se preparan para el bautismo en Pascua, recorren las principales etapas de la historia bíblica. Con ellos, también nosotros lo hacemos, para renovar en Pascua las promesas bautismales.
El domingo pasado encontramos a nuestros primeros padres en su desobediencia. Hoy encontramos a Abraham, el padre de todos los creyentes, en el acto de obediencia a la llamada de Dios, que abre una historia nueva, de gracia: «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, hacia la tierra que yo te mostraré…». Entonces Abram partió, como el Señor le había ordenado. Abraham tenía ochenta años. Para cualquiera sería el momento de descansar, de disfrutar de los logros alcanzados y de reconciliarse con las decepciones de los sueños rotos por las vicisitudes de la vida. Pero Dios no piensa así: «¡Sal!», y lo embarca en una nueva aventura.
Dios trastorna los planes de Abraham y de todo creyente. Nos quiere siempre en camino. Quizá también nosotros, de un modo u otro, estamos llamados a cambiar de rumbo. «Ya no es para mí. ¡La partida ha terminado!», podríamos decir, con una mezcla de decepción y resignación. Y, sin embargo, Dios nos invita a poner nuevamente en juego nuestra vida. No haciendo cálculos sobre las posibilidades humanas, sino apostándolo todo a la fe en Dios.
«¡Sal!». Sí, este es el tiempo para todos nosotros de cambiar de tierra. Tal vez hemos vivido en la «tierra de nuestros proyectos». Hoy, sin embargo, Dios nos invita a trasladarnos a la «tierra de su promesa». Quien vive de proyectos «proyecta» su vida hacia delante, como protagonista, haciendo sus propios cálculos. Quien vive de promesas, en cambio, acoge la «promesa» que Dios pone ante él y se abandona con confianza.
Los protagonistas de las lecturas de este domingo son todos hombres que han invertido su vida en la «promesa» de Dios: Abraham, Moisés, Elías, Pedro, Santiago, Juan, Pablo, Timoteo… Forman parte de una larga e ininterrumpida fila de mujeres y hombres que han creído en la promesa de Dios. Su vida fue agitada. Conocieron la alegría y el entusiasmo, pero también la prueba y el desaliento; la luz y la inspiración, pero también la duda y el desconcierto; la consolación y el éxito, pero también la derrota y la desolación. Sin embargo, no dejaron de seguir la estrella de la promesa de Dios.
2. Evangelio: hacia la luz y la belleza
La subida: de monte en monte
Desde el «monte altísimo» de la tentación suprema, hoy somos conducidos por Jesús, aparte, a un «monte alto»: «Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los llevó aparte a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos». Este «monte alto» es quizá una alusión al Sinaí, donde Moisés y Elías tuvieron su encuentro con Dios (Éxodo 24,29-34; 1 Reyes 19). Estos montes no tienen nombre, no solo porque son simbólicos, sino también porque somos nosotros quienes debemos darles un nombre.
La Transfiguración es un misterio de luz. Tres veces se subraya la luminosidad: del rostro de Jesús, de sus vestiduras y de la nube luminosa. Según la tradición iconográfica, el icono de la Transfiguración es la prueba de madurez de todo aprendiz de iconógrafo. Todos los iconos deben estar iluminados por la luz del Tabor (monte donde, según la tradición, tuvo lugar la Transfiguración). Así sucede con el cristiano: la madurez llega cuando la luz del Tabor ilumina y transfigura toda la realidad de la vida del creyente.
La metamorfosis: de gloria en gloria
La Transfiguración no es solo el misterio de la metamorfosis de Jesús, sino también de nuestra propia transformación, así como de la realidad que nos rodea. Lo que es alcanzado por sus rayos responde revelando su belleza interior y su armonía profunda. El verbo utilizado aquí para transfiguración o metamorfosis (metamorphein) es muy raro en el Nuevo Testamento. Lo encontramos solo aquí, en el relato evangélico de la Transfiguración (Mt 17,2; Mc 9,2), y dos veces en san Pablo (Romanos 12,1-2; 2 Corintios 3,18), siempre en forma pasiva.
Particularmente interesante es la afirmación del apóstol Pablo en 2 Corintios 3,18: «Y todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen, de gloria en gloria, por la acción del Espíritu del Señor». Es un texto bellísimo, para guardar en la memoria del corazón. Aquí es el rostro del cristiano el que es alcanzado por la luz del rostro de Cristo y refleja su gloria, como en un espejo. Esta luz no es un acontecimiento pasajero, sino que obra en nosotros una metamorfosis. Nos convertimos en las imágenes que contemplamos. Si alimentamos nuestra mirada, nuestra imaginación y nuestra alma con imágenes de belleza aparente y efímera, nos descubrimos desnudos e incluso desfigurados. Si, en cambio, alimentamos el corazón con la verdadera belleza, nos volvemos realmente bellos. Esta belleza genuina y duradera también podemos encontrarla en la mirada luminosa de ciertos rostros ancianos, a pesar de las arrugas de la edad y de los surcos dejados por las pruebas de la vida.
El sentido de nuestra vida es ser transfigurados en la imagen del Hijo. Esta transfiguración no es instantánea: es un proceso largo. Requiere la contemplación constante del rostro de Cristo en la oración y la asidua familiaridad con la Palabra, en la que ese rostro se refleja. Así, la Voz del Padre, envuelta en la Nube luminosa del Espíritu, nos invita a escuchar al Hijo: «Escuchadlo», escuchadlo a él, ¡a él solo!, en la traducción literal.
La bajada: hacia la belleza herida
El monte de la Transfiguración tiene dos vertientes: la de la subida (experiencias luminosas de oración) y la de la bajada al valle, a nuestra vida cotidiana con su grisura y sus fealdades. Son los dos rostros de la vida, llamados a reconciliarse. El rostro de Cristo, «el más bello de los hijos de los hombres» (Salmo 44), es el de la Transfiguración y el del Resucitado. Pero también es el del Siervo de Yahvé que «no tenía apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas, ni esplendor para agradarnos» (Isaías 53,2). Es fácil decir, en ciertos momentos, como Pedro: «Señor, ¡qué bien se está aquí!». Más difícil es llegar a decir, como el escritor católico británico Gilbert K. Chesterton (1874-1936), junto a un amigo moribundo, contemplando su rostro pálido por la muerte: «¡Era bueno para mí estar allí!».
3. Conversión de la mirada
La Cuaresma es el tiempo de convertir nuestra mirada hacia la verdadera belleza, porque «La belleza salvará al mundo», afirma Fiódor Dostoievski (en El idiota). Al meditar la Transfiguración, no podemos olvidar los rostros desfigurados por el sufrimiento, la injusticia y la guerra. Porque —decía el papa Francisco— «El rostro de Dios se refleja en los rostros de los pobres». Y «la gloria de Dios es que el pobre viva», proclamó, con sus palabras y con su vida, Óscar Romero. «Cada pequeño acto de amor es una transfiguración», nos recuerda Madeleine Delbrêl, mística y activista francesa (1904-1964).
Tampoco podemos ignorar que la belleza de la creación está desfigurada por la avidez depredadora: la conversión de la mirada es también conversión ecológica. La Cuaresma nos invita a convertirnos en apóstoles de lo bello y en profetas audaces frente a la fealdad de quienes practican la injusticia.
P. Manuel João Pereira Correia, mccj
El Rostro ‘transfigurado’
no quiere rostros ‘desfigurados’
Génesis 12,1-4ª; Salmo 32; 2Timoteo 1,8b-10; Mateo 17,1-9
Reflexiones
En el segundo domingo de Cuaresma tenemos una cita anual fija: la Transfiguración de Jesús sobre el monte Tabor (Evangelio). El hecho ocurre “seis días después” (v. 1) de los encuentros en Cesarea de Felipe (con la profesión de fe de Pedro, la promesa de su primacía, el primer anuncio de la pasión (Mt 16,13-28). Cada uno de estos hechos aporta piezas significativas para la configuración del verdadero rostro de Cristo, hacia el cual la antífona de entrada nos invita a mirar: “Busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro” (Sal 26,8-9). Una respuesta a tan insistente súplica llega de un alto monte (v. 1), donde Jesús se transfiguró ante tres discípulos escogidos: “Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (v. 2). La luz no viene de afuera, sino que emana desde dentro de la persona de Jesús. Con razón, Lucas, en el texto paralelo, subraya que Jesús subió al monte “para orar, y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (Lc 9,28-29). De la relación con su Padre, Jesús sale transformado interiormente; la plena identificación con el Padre resplandece en el rostro de Jesús (cfr. Jn 4,34; 14,11).
Jesús no busca su auto-glorificación; quiere que sus discípulos descubran mejor su identidad y su misión. Para tal fin, sobre el monte se realiza una manifestación de la Trinidad a través de tres signos: la voz, la luz y la nube. La voz del Padre proclama a Jesús su “Hijo, el amado. Escúchenlo” (v. 5); la luz emana del cuerpo mismo del Hijo Jesús; la nube es símbolo de la presencia del Espíritu. En ese contexto de gloria, que es un adelanto de su Pascua, Jesús habla con Moisés y Elías “de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén” (Lc 9,31). Oración y revelación de la Trinidad, pasión y glorificación: ahora los discípulos pueden entender algo más acerca de su Maestro. Podemos acoger una invitación para cada uno de nosotros: busquémonos un tiempo -posiblemente prolongado - para contemplar el rostro de Jesús, hasta poder decir, como Pedro: “Señor, bueno es estarnos aquí” (v. 4). (*)
Nunca la verdadera oración es evasión. Para Jesús la oración era un momento fuerte de identificación con el Padre y de adhesión coherente y confiada a su plan de salvación. Este camino de transformación interior es el mismo para Jesús, para el discípulo y para el apóstol. La oración, vivida como escucha-diálogo de fe y de humilde abandono en Dios, tiene la capacidad de transformar la vida del cristiano y del misionero; es la única experiencia fundante de la misión. La oración alcanza su momento más verdadero cuando desemboca en el servicio al prójimo necesitado. El B. Óscar A. Romero, obispo y mártir en El Salvador (+24.3.1980) era tajante en declarar: “Una religión de misas dominicales, pero de semanas injustas, no le gusta al Señor; una religión llena de oraciones, pero sin denunciar las injusticias, no es cristiana”. En una homilía cuaresmal Benedicto XVI explicó muy bien la dimensión misionera de la oración “La oración es garantía de apertura a los demás. La verdadera oración nunca es egocéntrica; siempre está centrada en los demás. La verdadera oración es el motor del mundo, porque lo tiene abierto a Dios”.
El discípulo-misionero está convencido de que Dios es fiel y lo acompaña en todas las etapas y peripecias de la vida: en los comienzos, en los momentos de Tabor y en los momentos de Getsemaní. Dan testimonio de ello también Abrahán y Pablo. Abrahán se fio de Dios (I lectura) que lo invitaba a salir de su tierra y a dejar sus parientes para ir hacia un país desconocido (v. 1), que Dios le habría mostrado. Igualmente, San Pablo dejó el camino de Damasco para correr la nueva aventura con Jesús. Por tanto, podía exhortar al discípulo Timoteo (II lectura): “Según la fuerza de Dios, toma parte en los duros trabajos del Evangelio” (v. 8).
El Evangelio de Jesús requiere necesariamente un compromiso tenaz por la defensa y la promoción de las personas más débiles, cuya dignidad humana se ve a menudo afeada y desfigurada por tantas formas de violencia, explotación, abandono, hambre, enfermedades, ignorancia. ¡Cualquier afeamiento de la dignidad humana es contrario al proyecto original de Dios, Padre de la Vida! ¡Allí donde hay un rostro humano afeado y desfigurado, es imperiosa y urgente la presencia de la Iglesia y de los misioneros del Evangelio! Jesús, con su rostro hermoso y ‘transfigurado’, no quiere que haya hermanos y hermanas con rostros ‘desfigurados’. La actividad misionera se hace, por tanto, cercanía a las personas que están en el dolor, contacto con las heridas y curación de las llagas - físicas o morales - de los que sufren.
Palabra del Papa
(*) “Esta Cuaresma 2020 quisiera dirigir a todos y cada uno de los cristianos lo que ya escribí a los jóvenes en la Exhortación apostólica Christus vivit: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (n. 123). La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren”.
Papa Francisco
Mensaje para la Cuaresma 2020
P. Romeo Ballan, MCCJ
ESCUCHAR A JESÚS
Mateo 17,1-9
El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente la «transfiguración de Jesús», lo ocupa una voz que viene de una extraña «nube luminosa», símbolo que se emplea en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de Dios, que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta.
La voz dice estas palabras: «Este es mi Hijo, en quien me complazco. Escuchadlo». Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés o Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro «resplandeciente como el sol».
Pero la voz añade algo más: «Escuchadlo». En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los «diez mandamientos» de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: «Escuchad a Jesús». La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús.
Al oír esto, los discípulos caen por los suelos «aterrados de miedo». Están sobrecogidos por aquella experiencia tan cercana de Dios, pero también asustados por lo que han oído: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en él la presencia misteriosa de Dios?
Entonces Jesús «se acerca, los toca y les dice: “Levantaos. No tengáis miedo”». Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Siempre que escuchamos a Jesús en el silencio de nuestro ser, sus primeras palabras nos dicen: «Levántate, no tengas miedo».
Muchas personas solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre les resulta tal vez familiar, pero lo que saben de él no va más allá de algunos recuerdos e impresiones de la infancia. Incluso, aunque se llamen cristianos, viven sin escuchar en su interior a Jesús. Y sin esa experiencia no es posible conocer su paz inconfundible ni su fuerza para alentar y sostener nuestra vida.
Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia escucha siempre algo como esto:
«No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios. Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto, tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón».
En el libro del Apocalipsis se puede leer así: «Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa». Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Podemos abrirle la puerta o rechazarlo. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.
José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com
ESCUCHADLE
En el tiempo de Cuaresma, la liturgia del segundo domingo nos acerca cada año al relato de la Transfiguración de Jesús. Después de acompañarle en el desierto (el primer domingo), somos llevados a una montaña alta de la mano de Jesús.
Del desierto al monte. Conocemos la simbología de estos dos espacios. El desierto es el lugar de la soledad y el silencio, de la sequía, del ardor y la sed, del calor y la ausencia de caminos claros por los que avanzar. Pero, como bien sabemos, es también (y por ello mismo) el lugar del encuentro con el Dios de la Vida, con Aquel que está enamorado de nosotros (cf. Os 2,14). El monte es el lugar por excelencia de la comunicación de Dios. En el monte Dios se revela, se muestra, se comunica. En todas las tradiciones religiosas es el ámbito de lo divino.
El relato ante el que nos encontramos está muy elaborado y en él se presenta una teofanía descrita con la estructura y los elementos que hallamos en el Antiguo Testamento. Los primeros cristianos, tras la experiencia pascual, construyen un relato para expresarnos la presencia divina en Jesús con los elementos que para ellos eran conocidos y comprensibles.
Si lo que nos relatan lo hubieran experimentado los discípulos con anterioridad a la muerte de Jesús, seguramente se hubieran enfrentado al final de su vida de otra manera. Pero, como bien sabemos, la confirmación de quién era realmente Jesús les llega a los discípulos sólo tras la experiencia pascual. Es entonces cuando son capaces de entender y acoger que el Jesús Resucitado con el que se encontraron tras la experiencia en Jerusalén es el mismo que caminó con anterioridad junto a ellos por los caminos de Palestina, el mismo que murió en una cruz. Y es entonces cuando pueden elaborar este texto, tan cargado de simbolismo y expresividad.
En muchas cosas nos recuerda al del Bautismo (Mt 3,17). La voz de Dios expresa prácticamente lo mismo: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”. Sin embargo, hay una novedad: el imperativo “escuchadle”.
Pedro, Santiago y Juan suben junto a Jesús al monte como lo hicieron Aarón, Nadab y Abiú y 70 ancianos acompañando a Moisés (Ex 24,1). Moisés y Elías, representantes de la Ley y los profetas, son mostrados en diálogo con Jesús. Pero Jesús y su Evangelio trascienden todo lo vivido anteriormente. Por eso, aunque Pedro propone levantar una tienda igual para cada uno, es Dios mismo quien le interrumpe (“Todavía estaba hablando…”) para que todo quede resituado.
Es a él, a Jesús, a su Hijo amado, a quien hay que escuchar. En griego, “akouete autou” significa escuchadle a él solo. Dios se hace presente como lo ha hecho a lo largo de toda la historia pero ahora, en Jesús, lo lleva a cabo de un modo nuevo. Por eso hay que escucharlo. Y escuchar al Hijo predilecto es conformarse con él, transformarse en él y vivir como él, entregando la vida hasta el final por amor.
El espanto con el que los discípulos caen de bruces en el suelo es el propio de las teofanías. La presencia de lo divino asusta al ser humano porque éste se hace consciente de quién es él y quién es Dios. Pero el miedo que este relato nos describe podemos entenderlo también como aquel que brota en el creyente ante esta conciencia. ¿Cómo puede Dios mismo manifestarse ante mí? ¿Y cómo puede ser que se manifieste en Jesús, cuyo camino pasa por la cruz y la muerte?
No debemos olvidar el contexto en el que Mateo introduce este relato. Se incluye inmediatamente después del primer anuncio de la Pasión y de la reacción enardecida de un Pedro que no termina de enterarse bien y a quien Jesús regaña fuertemente. ¿Cómo no temer cuando lo último que Jesús les ha dicho es: “si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con sus cruz y me siga” (Mt 16,24)?
Los discípulos caen aterrados de miedo. Jesús se acerca y los toca. Como lo hizo siempre en el camino ante quienes sufrían alguna enfermedad o estaban abatidos. Jesús, a quien reconocemos como nuestro Dios y Señor, no se queda en el monte ni en la nube, ni en la luz resplandeciente… Nuestro Dios y Señor se acerca una y otra vez a ti, a mí… nos toca y nos habla invitándonos a no tener miedo y a ponernos en pie; invitándonos a volver a los caminos sanando, proclamando la Buena Noticia, liberando.
En este tiempo de Cuaresma, tiempo intenso de oración y de preparación, tiempo de conversión, este relato se nos regala como una invitación a mantener la esperanza y la consciencia de que caminamos hacia la Pascua y Resurrección. Pero no de cualquier modo, lo hacemos de la mano de Jesús, a quien debemos escuchar y quien nos conduce por los caminos invitándonos a vivir como él, quien –si caemos por alguna razón– se acerca siempre, nos levanta y nos dice: “no temas”.