Domingo, 1 de marzo 2026
Los misiles iraníes en los cielos del desierto de Judea no asustan a las misioneras que desean compartir la vida de las beduinas palestinas en tiempos de conflicto. «Desde esta mañana, después de la Misa, escuchamos las sirenas. Y aun así, fuimos al desierto. No podíamos quedarnos lejos. Queríamos estar presentes», nos cuenta la Hna. Cecília Sierra, misionera comboniana en Jordania.
Desde esta mañana, después de la Misa, escuchamos las sirenas. Y aun así fuimos al desierto. Hace algunos días las comunidades beduinas habían sufrido incursiones de colonos. No podíamos quedarnos lejos. Queríamos hacernos presentes. Llevar telas, cierres, hilos: pequeños signos concretos para coser bolsos, para aprender, para no rendirse.
No es solo “promoción de la mujer”. Es pan de cada día. Es sostén para una economía familiar herida, donde muchas veces son las mujeres las únicas que pueden aportar algo al hogar. Y aprender, en tiempos de conflicto, es mucho más que adquirir una técnica: es mantener la mente viva, encender creatividad cuando todo parece apagarse. Es supervivencia. Es resiliencia que se hilvana puntada tras puntada.
Nos esperaban casi treinta mujeres, rodeadas de tantos niños.
Bajo un espacio comunitario hecho con mantas gruesas y gastadas, que protegen un poco del calor y del frío, compartimos palabras y silencios. Nos contaban lo acontecido los días anteriores, cuando los primeros estruendos de misiles rasgaron el silencio del desierto.
De pronto, nuevos silbidos. Otros misiles.
Los niños corriendo a mirar. Para ellos no hay diferencia: dentro o fuera es lo mismo. No hay refugios. Vulnerables al cien por ciento.
Nos quedamos con ellas, compartiendo la misma exposición, la misma incertidumbre suspendida en el aire.
Camino a otra aldea, más explosiones, más cercanas. Las sirenas de los asentamientos seguían sonando. Las beduinas, casi impasibles, como quien ha aprendido a convivir con lo inimaginable.
“¿Te esconderás debajo de la cama?”, bromeamos con Aisha, a quien le encanta dormir. Reímos, sabiendo que su “cama” es una delgada colchoneta y que su casa de lámina no ofrece ningún resguardo.
De regreso, la carretera hacia Jerusalén y los asentamientos estaba casi vacía.
A la entrada de Al-Azareya, en cambio, la vida seguía su curso normal. Quedarse en casa no cambia nada. En los pueblos y ciudades palestinas no hay refugios. Se continúa. Se trabaja. Se vive.
Es Ramadán. Quien ha ayunado desde el alba buscará lo necesario para el iftar. La vida insiste, incluso bajo las sirenas.
Y nosotras, en casa, en oración. En espera.
Con la conciencia de que esto puede ser apenas el inicio de algo que hará aún más frágil la vida de quienes ya viven en el asedio y la precariedad.
Es Ramadán.
Es también Cuaresma.
H.na Cecília Sierra
Misionera comboniana