Domingo, 12 de abril 2026
Al observar la historia reciente de la conquista del mundo por parte de Occidente, sin duda puede parecer audaz —o ingenuo— pensar en una misión cristiana desde una perspectiva descolonial. [Ver archivos adjuntos en italiano, inglés, español, portugués y francés]
Sin embargo, si pensamos en el movimiento cristiano de los orígenes y vamos a las fuentes bíblicas y patrísticas de los primeros siglos, algo de inspiración nos tendrá que llegar, aunque tengamos que hacer cuentas con lo que el cristianismo se ha convertido a lo largo de los siglos y, al mismo tiempo, con lo que las Iglesias están llamadas a volver a ser en el presente y en el futuro.
En primer lugar, debemos considerar que la misión cristiana moderna, la que conocemos y que forma parte de nuestro imaginario, es de hecho estructuralmente colonial. ¿Qué entendemos por «colonial»?
Para responder, podríamos recurrir a cuatro sustantivos: expansión europea ultramarina, que marca el paso del Mediterráneo al Atlántico y el inicio de la globalización por parte de Occidente; explotación económica de los recursos minerales, agropecuarios y humanos en favor de las metrópolis, las compañías mercantiles y las naciones colonizadoras; expropiación política de los pueblos originarios, de sus territorios, de su organización social y de su cultura; exterminio como estrategia sistemática de eliminación física, simbólica y espiritual del otro, negación de su ser, afirmación de su animalidad y subalternidad, normalización de la clasificación racial.
A diferencia del colonialismo entendido como acontecimiento/proceso histórico, la colonialidad se presenta como una estructura subyacente a la modernidad occidental, o como su «lado oscuro», caracterizada no solo por la agresión explícita, sino también por la del conocimiento, del ser y de la visión del mundo. Estas violencias determinan las relaciones políticas, económicas y socioculturales entre los pueblos hasta el día de hoy, bajo el auspicio de diversos proyectos de dominio.
Si el carácter colonial viene determinado en primer lugar por la expansión, el carácter descolonial se caracterizará por el intento de un encuentro auténtico con el otro. La expansión en términos de conquista no ha sido en absoluto una apertura al mundo: ha sido más bien la afirmación de la propia identidad sobre la alteridad. Pasar del dominio al encuentro significa respeto, reconocimiento, diálogo, hospitalidad, amistad: significa pasar de la ansiedad del «salvacionismo» a la tranquilidad de la convivencia y el compartir; de la militancia heroica a la kenosis de la irrelevancia; de la gloria del triunfalismo a la disolución silenciosa en el universo del otro.
En segundo lugar, la explotación colonial siempre ha sido un proceso extractivista no solo material, sino también y sobre todo simbólico, cultural y espiritual. El otro es, para Occidente, un objeto de estudio. Una misión con perspectiva descolonial se esforzará, en cambio, por ver en el otro un sujeto con el que tejer nuevas relaciones y del que aprender a desaprender la manía occidental de saquear, diseccionar, apropiarse de todo lo que encuentra ante sí, para luego reaprender un nuevo enfoque de la realidad de la que formamos parte, junto con la alteridad que nos confronta.
Un tercer aspecto remite a la expropiación colonial en la que el misionero extranjero pretende inculturarse e inculturar «su» mensaje, cuando en cambio el proceso de inculturación debería referirse exclusivamente al interlocutor. El papa Francisco recuerda en Querida Amazonia que «estamos llamados a participar como invitados y a buscar con extremo respeto vías de encuentro que enriquezcan la Amazonía. Si queremos dialogar, deberíamos hacerlo ante todo con los últimos (...) Ellos son los principales interlocutores, de quienes ante todo debemos aprender, a quienes debemos escuchar por un deber de justicia y a quienes debemos pedir permiso para poder presentar nuestras propuestas» (QAm 26).
Por último, ante el exterminio que sigue haciendo alarde de sus masacres, la misión cristiana debería promover, más que nunca, una cultura profunda y radical de la vida a través de una pedagogía descolonial, comprometiéndose a desenmascarar toda ideología y teología de dominio, desarrollando herramientas que ayuden a identificar posturas hegemónicas, incluidas las propias, proponiendo caminos pacientes de descolonización de las subjetividades y de las relaciones, poniéndose al servicio de las causas de liberación de los pueblos subalternos como aliada fiable.
No debemos olvidar nunca que el contenido fundamental de toda misión cristiana es la ofrenda de la vida en plenitud para todos (DAp 361), ya que no hay nada más descolonial que «darse cuenta de cuánto vale un ser humano, de cuánto vale una persona, siempre y en cualquier circunstancia» (FT 106).