La Iglesia celebra hoy la gran solemnidad de Pentecostés, la fiesta de la venida del Espíritu Santo, cincuenta días después de la Pascua, según el relato de los Hechos de los Apóstoles, propuesto en la primera lectura. [...]
«Recibid el Espíritu Santo.»
Juan 20,19-23
La Iglesia celebra hoy la gran solemnidad de Pentecostés, la fiesta de la venida del Espíritu Santo, cincuenta días después de la Pascua, según el relato de los Hechos de los Apóstoles, propuesto en la primera lectura.
La palabra Pentecostés significa “quincuagésimo día” y deriva del griego. En su origen era una fiesta judía, una de las tres grandes fiestas de peregrinación al templo de Jerusalén: la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de las Tiendas, fiesta otoñal de la cosecha. Se trataba de una fiesta agrícola, la fiesta de la siega y de los primeros frutos, celebrada el quincuagésimo día después de la Pascua judía. Era llamada también “Fiesta de las Semanas”, porque tenía lugar siete semanas después de la Pascua. A esta fiesta agrícola se asoció después el recuerdo del don de la Ley, la Torá, recibida por Moisés en el monte Sinaí.
El Pentecostés cristiano es el cumplimiento y la conclusión del tiempo pascual. Es nuestra Pascua: el paso a una nueva condición, ya no bajo el régimen de la Ley, sino bajo el del Espíritu. Es la fiesta del nacimiento de la Iglesia y el inicio de la misión.
Las lecturas de la fiesta, en realidad, nos presentan cuatro venidas del Espíritu Santo, o cuatro modalidades distintas pero complementarias de su presencia. Podríamos decir que se trata de cuatro “Pentecostés”. Hoy existe una sensibilidad teológica que habla de “encarnación profunda” — deep incarnation. La encarnación de Cristo no estaría orientada únicamente a la humanidad, sino a toda la creación. Lo mismo puede decirse de su resurrección. Y, de forma analógica, podemos decirlo también de Pentecostés.
1. Pentecostés sobre la Iglesia
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta una venida del Espíritu arrolladora, impetuosa, irresistible, ardiente:
«De repente vino del cielo un ruido, como de un viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían, y se posaron sobre cada uno de ellos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo».
Es una venida que suscita asombro y maravilla, entusiasmo y júbilo, consuelo y valentía. Es absolutamente gratuita, imprevisible y nunca programable. Se trata de acontecimientos excepcionales. Encontramos algunos en el libro de los Hechos, pero también los ha habido en la historia de la Iglesia: no siempre tan llamativos e impetuosos, pero siempre de gran fecundidad.
De hecho, a este Pentecostés le sigue siempre una primavera eclesial. ¡Dios sabe cuánto la necesitamos, en el invierno eclesial que estamos atravesando en Occidente! Solo la oración incesante en el cenáculo de la Iglesia, la paciencia humilde del sembrador y la docilidad al Espíritu pueden obtener una gracia semejante.
2. Pentecostés sobre el mundo
La efusión del Espíritu se extiende a toda la creación. Es Él «quien da vida y santifica el universo» — como proclama la Plegaria eucarística III. Es Él quien «lleva pólenes de primavera al seno de la historia y de todas las cosas», por usar una expresión de Ermes Ronchi.
Por eso, con el salmista, hemos invocado Pentecostés sobre toda la tierra:
«Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra» — Salmo 103
Esta debería ser una oración típica del cristiano: invocar Pentecostés sobre el mundo, sobre las dinámicas que sostienen nuestra vida social, sobre los acontecimientos de la historia. Todos se lamentan de “lo mal que va el mundo”, de los “malos espíritus” que lo animan; pero ¿cuántos de nosotros hacemos verdaderamente la “epíclesis”, es decir, la invocación del Espíritu, para que descienda sobre las personas, las situaciones y los acontecimientos de nuestra vida cotidiana?
3. Pentecostés de los carismas o del servicio
El apóstol Pablo, en la segunda lectura, tomada de la Primera Carta a los Corintios, llama nuestra atención sobre otra epifanía del Espíritu: los carismas.
«Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu… A cada uno se le da una manifestación particular del Espíritu para el bien común… Porque todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo…».
Hoy hablamos mucho de carismas y de la participación en los servicios eclesiales, pero asistimos también a un creciente e inquietante descompromiso de las nuevas generaciones. El sacramento de la Confirmación, el “Pentecostés personal”, que debería marcar el paso a una participación plena en la vida eclesial, se convierte desgraciadamente, para muchos, en el momento de la deserción. Es una señal evidente de que hemos fallado en el objetivo de la iniciación cristiana.
¿Qué hacer? La Iglesia deberá convertirse en un gran oído y potenciar sus antenas, para percibir la voz del Espíritu en este particular momento histórico. Me atrevería a decir que el problema más grave es la mediocridad espiritual de nuestras comunidades. Preocupados por salvaguardar la ortodoxia y el buen orden de la liturgia, hemos perdido de vista lo esencial: la experiencia de la fe.
4. Pentecostés dominical
La liturgia nos propone de nuevo el Evangelio de la aparición de Jesús resucitado en la tarde de Pascua. Es un pasaje lleno de resonancias pascuales:
«Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”».
Este pasaje es llamado “el pequeño Pentecostés” del Evangelio de Juan, porque aquí Pascua y Pentecostés coinciden. El Resucitado da el Espíritu la misma tarde de Pascua. Todo el contexto hace pensar en la asamblea dominical y en la Eucaristía. Es allí donde el Espíritu aletea sobre las aguas del miedo y de la muerte, llevando la paz y la alegría de la vida.
Es necesario redescubrir el papel preeminente del Espíritu. Este es su tiempo. Sin Él no podemos proclamar que «Jesús es Señor» — 1 Corintios 12,3 — ni invocar: «¡Abbá! ¡Padre!» — Gálatas 4,6. No hay Eucaristía sin la intervención del Espíritu. Por eso, entremos en la Eucaristía suplicando en nuestro corazón: ¡Ven, ven, Espíritu Santo!
Para concluir: ¿cómo navegas en el mar de la vida, a remo o a vela?
Nosotros respiramos el Espíritu Santo. El Espíritu es nuestro oxígeno. Sin Él, la vida cristiana se convierte en ley y deber: un remar continuo, con esfuerzo y fatiga. Con Él, en cambio, es alegría de vivir y de amar; es la ligereza de navegar a toda vela.
Ahora que, después del tiempo pascual, retomamos el tiempo ordinario, con la rutina de la vida cotidiana, ¿cómo te dispones a navegar: con la fuerza de los remos o dejándote llevar por el Viento del Espíritu que sopla sobre la vela desplegada de tu corazón?
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ
Espíritu de misericordia,
paz, unidad, sanación y misión
Hechos 2,1-11; Salmo 103; 1Corintios 12,3-7.12-13; Juan 20,19-23
Reflexiones
¡Pentecostés es una fiesta de maravillas! “Los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (I lectura, v. 11). La sorpresa sacude a la gente de Jerusalén y a los mismos Apóstoles, en esa mañana de Pentecostés (I lectura). Muchos pueblos distintos (se nombran hasta 17 pueblos), con idiomas diferentes, hablan una lengua común: todos comentan al unísono las maravillas de Dios (v. 8-11). El Espíritu Santo, que acaba de descender sobre la comunidad reunida en el Cenáculo, es el autor de esta maravilla: es decir, la superación de Babel y el paso a una vida de comunión fraterna y de impulso misionero. En efecto, en Babel la confusión de las lenguas había provocado la dispersión de los pueblos que, en actitud orgullosa y egoísta, querían edificarse una ciudad y hacerse famosos (Gen 11,1-9); por el contrario, en Jerusalén, cuando el Espíritu desciende, pueblos diferentes logran entenderse y comunicar las maravillas de Dios. En Babel todos hablaban el mismo idioma, pero nadie lograba entender al otro. En Pentecostés hablan lenguas diferentes y, sin embargo, todos se entienden como si hablaran un único idioma. En el corazón de las personas, el Espíritu desplaza el centro de interés: ya no es la búsqueda egoísta de sí mismos o de hacerse famosos, sino vivir en Dios y narrar sus obras, en beneficio de toda la familia humana.
La fiesta hebraica de Pentecostés se había convertido progresivamente en un memorial de las grandes alianzas de Dios con su pueblo (con Noé, Abrahán, Moisés, Jeremías, Ezequiel…). Ahora en la culminación de Pentecostés (v. 1) es el don del Espíritu, que se nos da como definitivo principio de vida nueva: es Espíritu de unidad, de fe y de amor, en la pluralidad de carismas y de culturas. San Pablo atribuye claramente al Espíritu la capacidad de hacer a la Iglesia unida y múltiple en la pluralidad de dones, ministerios, funciones (v. 4-6). El Espíritu quiere una Iglesia rica en dones diversos, pero unida; una Iglesia que no anula, sino que valora las diferencias. ¡Porque constituyen una riqueza! El Espíritu realiza la convivialidad de las diferencias: no las anula, ni las homologa, más bien las salva, las purifica, las custodia, las enriquece, las armoniza. (*) El Papa Francisco nos recuerda que Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia; es el “cumpleaños de la Iglesia”.
El Espíritu Santo es el fruto más grande y más hermoso de la Pascua, ya desde el último respiro de Jesús en la cruz, que marcó el comienzo de la vida nueva en el Espíritu. En sentido pleno, el texto “expiró” (Lc 23,46; Jn 19,30) se puede traducir: “entregó-transmitió el Espíritu (Santo)”, preludio de Pentecostés. Además, en su resurrección Jesús insufla el Espíritu sobre los discípulos (Evangelio): “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (v. 22-23). Él es el Espíritu de vida y de la misericordia de Dios para el perdón de los pecados. Por tanto, es Espíritu de paz: con Dios y con los hermanos. Es Espíritu de unidad en la pluralidad. Es el Espíritu de la misión universal; es, incluso, el protagonista de la misión que Jesús confía a los Apóstoles y a sus sucesores (cfr. RMi cap. III; EN 75s): “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (v. 21). Son palabras que vinculan para siempre la misión de los apóstoles y de los fieles cristianos con la vida de la Trinidad: el Hijo es el primer misionero enviado por el Padre para salvar al mundo, por el amor (Jn 15,9); el Espíritu impulsa a toda la Iglesia a la misión y en el camino hacia la unidad de los cristianos.
El soplo de Jesús sobre los Apóstoles en la tarde de Pascua (v. 22), para el evangelista Juan es ya Pentecostés y evoca la creación nueva, que es obra del Espíritu: Él transforma desde dentro a cada persona y la dispone a acoger el don de la salvación en Cristo. De manera real, aunque por caminos invisibles que se nos escapan, el Espíritu dispone los corazones de las personas, incluidos los no cristianos, para el necesario encuentro salvífico con Cristo, como lo enseña el Concilio: “Debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma por Dios conocida, se asocien al misterio pascual” (GS 22; es un texto valiente que Juan Pablo II cita tres veces en la RMi, n. 6.10.28).
Estrechamente vinculada a la obra creativa y purificadora del Espíritu está también su acción capaz de sanar y curar el alma y el cuerpo de las personas. Se trata de una energía real y eficaz, ante la cual existe una particular sensibilidad en el mundo misionero, aunque a menudo no es fácil discernir. La acción sanadora alcanza a veces también el cuerpo, pero más a menudo toca el espíritu humano, sanando las heridas interiores y derramando el bálsamo de la reconciliación y de la paz. Se abren ante la Iglesia campos siempre nuevos para su actividad misionera, en los que está llamada a trabajar con creciente impulso y creatividad. ¡Confiando en la acción del Espíritu!
Palabra del Papa
(*) “El Espíritu Santo, mientras obra la distribución de gracias y servicios, es el principio de la unidad de la Iglesia… Solo el Espíritu Santo puede suscitar la diversidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, producir la unidad… Es Él que armoniza la Iglesia, porque, como dice san Basilio el Grande: «Él mismo es la armonía»... La unidad no es principalmente el resultado de nuestra acción, sino que es don del Espíritu Santo. Sin embargo, esta no vendrá como un milagro al final: la unidad viene en el camino, la construye el Espíritu Santo en el camino… Por lo tanto, invoquemos al Espíritu con confianza, para que guíe nuestros pasos y cada uno escuche con renovado vigor el llamado a trabajar por la causa ecuménica; que Él inspire nuevos gestos proféticos y fortalezca la caridad fraterna entre todos los discípulos de Cristo, «para que el mundo crea» (Jn 17,21) y se acreciente la alabanza al Padre que está en el Cielo”.
Papa Francisco
Carta en el 25 aniversario de la encíclica Ut Unum Sint, 24 de mayo de 2020
P. Romeo Ballan, MCCJ
Jn 20, 19-23
Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés, en la que hacemos memoria de una experiencia que la Iglesia –y todos nosotros– hace desde los primeros tiempos hasta hoy: que el Espíritu Santo la acompaña siempre, la ilumina, la fortalece, le ayuda a ser fiel y creativa a la vez. Esa presencia del Espíritu hace que la Iglesia experimente que Jesús sigue vivo entre nosotros, nos da su paz y su alegría, nos envía por el mundo y nos hace agentes de reconciliación y de una nueva creación, una nueva humanidad.
Me detengo un poco más resaltando algunos puntos:
P. Antonio Villarino, MCCJ
ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO
Oh Espíritu Santo,
Amor del Padre y del Hijo,
inspírame siempre
lo que debo pensar,
lo que debo decir,
como debo decirlo,
lo que debo callar,
como debo actuar,
lo que debo hacer,
para gloria de Dios,
bien de las almas
y mi propia santificación.
Espíritu Santo,
dame agudeza para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender,
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.
Dame acierto al empezar
dirección al progresar
y perfección al acabar.
Amén
VIVIR A DIOS DESDE DENTRO
Juan 20,19-23
Hace unos años, el gran teólogo alemán, Karl Rahner, se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestro tiempo es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir caminando con resignación y aburrimiento cada vez mayores caminos comunes de una mediocridad espiritual.”
El problema no ha hecho más que agravarse en estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.
La sociedad moderna ha apostado por “el exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, casi sin detenerse en nada ni en nadie. La paz no encuentra rendijas para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Por ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.
Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de la experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oidos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.
En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más profundo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos al Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?
Acoger el Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar sólo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios con la cabeza, y aprender a percibirlo en lo más íntimo de nuestro ser.
Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirlo antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil de mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y la frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.
DIOS ES TODO ESPÍRITU Y SOLO ESPÍRITU
Los textos que leemos este domingo hacen referencia al Espíritu, pero de muy diversa manera. Ninguno se puede entender al pie de la letra. Es teología que debemos descubrir más allá de la literalidad del discurso. Las referencias al Espíritu, tanto en el AT (377 veces) como en el NT no podemos entenderlas de una manera unívoca. Apenas podremos encontrar dos pasajes en los que tengan el mismo significado. Algo está claro: en ningún caso en toda la Biblia podemos entenderlo como una entidad personal.
Pablo aporta una idea genial al hablar de los distintos órganos. Hoy podemos apreciar mejor la profundidad del ejemplo porque sabemos que el cuerpo mantiene unidas a billones de células que vibran con la misma vida. Todos formamos una unidad mayor y más fuerte aún que la que expresa en la vida biológica. El evangelio de Jn escenifica también otra venida del Espíritu, pero mucho más sencilla que la de Lc. Esas distintas “venidas” nos advierte de que Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte.
No estamos celebrando una fiesta en honor del Espíritu Santo ni recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos tratando de descubrir y vivir una realidad que está tan presente hoy como hace dos mil años. La fiesta de Pentecostés es la expresión más completa de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra del Espíritu-Jesús-Dios. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su presencia física. Ahora, era cuando Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en cada uno de los fieles y en la comunidad.
Sin el Espíritu no podríamos decir: Jesús es el Señor (1 Cor 12,3)”. Ni decir: “Abba”, sin el Espíritu de Jesús (Gal 4,6). Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos el Espíritu, porque no puede faltarnos Dios en ningún momento. El Espíritu no es un privilegio, ni siquiera para los que creen. Todos tenemos como fundamento de nuestro ser a Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello. El Espíritu no tiene dones que darme. Es Dios mismo el que se da, para que yo pueda ser.
Cada uno de los fieles está impregnado de ese Espíritu-Dios que Jesús prometió a los discípulos. Solo cada persona es sujeto de inhabitación. Los entes de razón como instituciones y comunidades, participan del Espíritu en la medida en que lo tienen los seres humanos que las forman. Por eso vamos a tratar de esa presencia del Espíritu en las personas. Por fortuna estamos volviendo a descubrir la presencia del Espíritu en todos y cada uno de los cristianos. Somos conscientes de que, sin él, nada somos.
Ser cristiano consiste en alcanzar una vivencia personal de la realidad de Dios-Espíritu que nos empuja desde dentro a la plenitud de ser. Es lo que Jesús vivió. El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: fue una relación “personal”; Se atreve a llamarlo papá, cosa inusitada en su época y aún en la nuestra; hace su voluntad; le escucha siempre. Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar esa experiencia de Dios, para que nosotros lleguemos a la misma experiencia.
El Espíritu nos hace libres. “No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos que os hace clamar Abba, Padre”. El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone el no dejarnos atrapar por cualquier clase de esclavitud alienante. El Espíritu es la energía que tiene que luchar contra las fuerzas desintegradoras de la persona humana: “demonios”, pecado, ley, ritos, teologías, intereses, miedos. El Espíritu es la energía integradora de cada persona y también la integradora de la comunidad.
A veces hemos pretendido que el Espíritu nos lleve en volandas desde fuera. Otras veces hemos entendido la acción del Espíritu como coacción externa que podría privarnos de libertad. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de Dios que obra desde lo hondo del ser y acomodándose totalmente a la manera de ser de cada uno, por lo tanto esa acción no se puede equiparar ni sumar ni contraponer a nuestra acción, ser trata de una moción que en ningún caso violenta ni el ser ni la voluntad del hombre.
Si Dios-Espíritu está en lo más íntimo de todos y cada uno de nosotros, no puede haber privilegiados en la donación del Espíritu. Dios no se parte. Si tenemos claro que todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios-Espíritu, ninguna estructura de poder o dominio puede justificarse apelando a Él. Por el contrario, Jesús dijo que la única autoridad que quedaba sancionada por él, era la de servicio. “El que quiera ser primero sea el servidor de todos.” O, “no llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro, porque uno sólo es vuestro Padre, Maestro y Señor.”
El Espíritu es la fuerza de unión de la comunidad. En el relato, las personas de distinta lengua se entienden, porque la lengua del Espíritu es el amor, que todos entienden; lo contrario de lo que pasó en Babel. Este es el mensaje teológico. Dios-Jesús-Espíritu hace de todos los pueblos uno, “destruyendo el muro que los separaba, el odio”. Durante los primeros siglos fue el alma de la comunidad. Se sentían guiados por él y se daba por supuesto que todo el mundo tenía experiencia de su acción.
Jesús promueve una fraternidad cuyo lazo de unidad es el Espíritu-Dios. Para las primeras comunidades, Pentecostés es el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús, que seguía presente en ellos por el Espíritu. No duró mucho esa vivencia generalizada y pronto dejó de ser comunidad de Espíritu para convertirse en estructura jurídica. Cuando faltó la cohesión interna, hubo necesidad de buscar la fuerza de la ley para subsistir como comunidad.
“Obediencia” fue la palabra escogida por la primera comunidad para caracterizar la vida y obra de Jesús en su totalidad. Pero cuando nos acercamos a la persona de Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados, porque descubrimos que no fue obediente en absoluto, ni a sus familias, ni a los sacerdotes, ni a la Ley, ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. La voluntad de Dios no viene de fuera, sino que es nuestro verdadero ser.
Para salir de una falsa obediencia, entremos en la dinámica de la escucha del Espíritu que todos poseemos y nos posee por igual. Tanto el superior como el inferior, tiene que abrirse al Espíritu y dejarse guiar por él. Conscientes de nuestras limitaciones, no solo debemos experimentar la presencia de Espíritu, sino que tenemos que estar también atentos a las experiencias de los demás. Creernos privilegiados con relación a los demás, anulará una verdadera escucha del Espíritu.
Meditación
Dios-Espíritu en nosotros, es la base de toda contemplación.
El místico lo único que hace es descubrir y vivir esa presencia.
La experiencia mística es conciencia de unidad.
No porque se han sumado mi yo y Dios,
sino porque mi yo se ha fundido en el YO.
Todos los místicos llegan a la misma conclusión que Jesús:
“yo y el Padre somos uno”
No te esfuerces en encontrar a Dios ni fuera ni dentro.
Deja que Él te encuentre a ti y te transforme.