El Evangelio del domingo pasado nos narraba el milagro de la multiplicación de los panes para una gran multitud, en un lugar desierto, que concluyó con la recogida de doce canastos llenos de sobras. A aquel acontecimiento le sigue el conocido episodio de hoy, en el que Jesús camina sobre el mar. [...]

«¡Mándame ir hacia ti!»

«Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas»
Mateo 14,22-33

El Evangelio del domingo pasado nos narraba el milagro de la multiplicación de los panes para una gran multitud, en un lugar desierto, que concluyó con la recogida de doce canastos llenos de sobras. A aquel acontecimiento le sigue el conocido episodio de hoy, en el que Jesús camina sobre el mar.

Estos dos milagros —la multiplicación de los cinco panes y los dos peces y el caminar de Jesús sobre las aguas— constituyen una nueva manifestación de la identidad de Jesús. Él se revela como el Mesías —quien, según una tradición, renovaría el prodigio del maná— y como el Hijo de Dios: caminar sobre las aguas, en efecto, era considerado una prerrogativa divina.

Entre ambos episodios, el Evangelio nos presenta a Jesús orando, solo, durante la noche, en el monte.

1. «Sal y permanece en el monte» (Elías, primera lectura)

Ante esta epifanía, pidamos al Señor la gracia de salir de las cavernas en las que nos hemos refugiado, como el profeta Elías, para acoger la novedad del paso de Dios por nuestra vida.

Tal vez Dios ya no se manifieste como «un viento fuerte e impetuoso» —como en nuestra juventud— ni como el terremoto o el fuego de nuestros primeros años de compromiso cristiano, sino como «el susurro de una brisa suave», perceptible únicamente en el silencio del corazón.

2. «Mándame ir hacia ti» (Pedro, en el Evangelio)

a) Empujados hacia la otra orilla

«Después de que la multitud hubo comido, enseguida Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a adelantársele hacia la otra orilla».

Es significativo que, en este episodio, Jesús «obligue» a los discípulos a partir. Podemos imaginarlo mientras les hace cargar los doce canastos llenos de sobras y los empuja a subir a la barca, a pesar de las protestas de los Doce: ¡es demasiado tarde, el viento es contrario, es imprudente dirigirse hacia la otra orilla del lago, hacia un territorio predominantemente pagano y extranjero! ¿Y por qué dejar solo a Jesús?

Los apóstoles habrían preferido quedarse allí y disfrutar de aquel momento de euforia junto con la multitud. Pero no hay nada que hacer: parten de mala gana hacia la otra orilla, casi como para indicar que también hasta allí deberá llevarse el pan.

¡Así nos sucede también a nosotros, Iglesia a la que Cristo empuja continuamente hacia «la otra orilla»!

b) A merced del mar y de los fantasmas

«Al final de la noche, él fue hacia ellos caminando sobre el mar».

¡A los elementos amenazadores del mar, la noche y el viento se añade ahora un fantasma! Presos del terror, los Doce gritan de miedo. «Pero enseguida Jesús les habló diciendo: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

El miedo es nuestro compañero habitual; la invitación de Dios a no temer es su antídoto cotidiano. «No tengáis miedo», porque «soy yo»; más aún, «Yo Soy», expresión que evoca el Nombre mismo de Dios.

c) ¡Mándame!

Pedro toma la iniciativa y dice a Jesús: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». «Si eres tú…». ¿Se trata de una duda y de una petición de prueba? ¿Del efecto de una emoción incontrolada después del miedo? ¿De una reacción infantil y entusiasta? ¿O de un impulso de confianza en el Señor? ¡Quizá ni siquiera Pedro lo sepa con precisión, como tantas veces nos sucede también a nosotros!

Llama la atención, sin embargo, el modo en que Pedro formula su petición: «Mándame ir hacia ti sobre las aguas». ¡Mándame! No dice: «Haz que vaya…» o «Concédeme ir…». No, pide hacerlo en virtud del mandato de Jesús. Y Jesús accede.

«¡Mándame ir hacia ti sobre las aguas!». Esta puede convertirse también en nuestra petición. Nuestra vida casi nunca es un crucero tranquilo. A menudo se parece a la navegación en una frágil barquichuela a merced de las olas. A veces, además, nos parece que incluso aquella precaria seguridad desaparece bajo nuestros pies. Entonces no nos queda más que la fe desnuda, capaz de caminar sobre las aguas: no por nuestro valor o por nuestra iniciativa, sino por la confianza depositada en el mandato del Señor.

Mándame, y caminaré sobre el mar agitado de la enfermedad o del duelo.
Mándame, y afrontaré las aguas amenazadoras de una crisis matrimonial.
Mándame, y atravesaré la tormenta de una relación difícil con un hijo o una hija.
Mándame, y cruzaré el temporal que ha trastornado mi vida.

d) ¡Sálvame!

La fe es algo tremendamente serio: preciosa y frágil como la vida. El verdadero creyente lo sabe y lo experimenta. Basta apartar por un instante la mirada de Cristo para sentir que uno se hunde.

¡Pobre Pedro y pobres de nosotros! ¿Por qué duda Pedro precisamente en medio del milagro? Tal vez esperaba que las olas del mar se calmaran para poder caminar con toda tranquilidad. Pero no sucede así. Las circunstancias externas no cambian. La fe no nos libra de los riesgos.

Entonces no nos queda más que gritar: «¡Señor, sálvame!». Y el pescador… ¡es pescado!
Hoy parece más difícil gritar: «¡Sálvame!», también porque Cristo no siempre es percibido como el Salvador. ¿Salvarnos de qué?

Es muy elocuente lo que le sucedió a un sacerdote que presidía una celebración eucarística de primeras comuniones. Después de invitar a los niños a formular oraciones espontáneas, quedó sorprendido cuando una niña dijo: «Gracias, Jesús, porque me has salvado… ¡aunque ahora no recuerdo de qué!». Toda la asamblea se rio con ganas. Pero ¿cuántos de los presentes habrían sabido ir más allá de la respuesta formal aprendida en la catequesis?

3. «El gran dolor» (Pablo, segunda lectura)

Quien ha experimentado la mano que salva no puede permanecer indiferente ante quien parece perderse. Este es el sufrimiento que san Pablo confiesa en la segunda lectura: «Tengo en mi corazón un gran dolor y un sufrimiento continuo» a causa de «mis hermanos, los de mi raza según la carne» (Romanos 9,1-5).

Ver a los propios conciudadanos, a la propia familia y a los propios amigos lejos de Cristo es, para el creyente, una espina clavada en el costado. Rezar por ellos no es simplemente una «buena obra», sino una responsabilidad, una respuesta a la pregunta de Dios: «¿Dónde está tu hermano?».

Matta el Meskin, monje cristiano egipcio († 2006), afirma: «Con la oración, el hombre se convierte en sacerdote, en el sentido de que se hace responsable de la salvación de los demás […]. Cargando con el pecado de ellos, gimiendo desde lo más profundo del corazón bajo su peso y haciendo penitencia, se vuelve capaz, haciéndose pecador en su lugar, de pedir perdón y obtenerlo para ellos».

Para reflexionar

  • ¿Cómo me comporto en el momento de la prueba: con ira o con paciencia? ¿Con miedo o con confianza? ¿Con desánimo o con esperanza?

  • En medio de las tormentas de la vida, ¿grito también yo: «¡Mándame! ¡Sálvame, Señor!»?

  • ¿Estoy dispuesto, estoy dispuesta, a tender la mano para agarrar a quien se está hundiendo?

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

Cuando el mar se pone bravo

Un comentario a Mt 14, 22-33

El texto que leemos hoy en el evangelio de Mateo, que sigue al relato de la multiplicación de los panes, se centra en la narración de la barca en medio de la tormenta. Su lectura me provoca las siguientes reflexiones:

  • Jesús mandó que subieran a la barca. Algunas traducciones dicen que les “apremió”, es decir, que casi los forzó a que subieran a la barca para ir a la otra orilla del lago. Después de un éxito fantástico (la multiplicación de los panes), cuando la tentación podía ser la de “dormirse en los laureles”, Jesús sube al monte solo (para encontrarse con el Padre) y obliga a los discípulos a ponerse en marcha hacia otro lugar, sin quedarse en la autosatisfacción de lo conseguido. Por eso el papa Francisco interpreta tan bien a Jesús cuando nos invita a salir de nosotros mismos, de nuestras metas ya conseguidas, para ir siempre más allá, superando una y otra vez las fronteras personales y comunitarias.
  • El viento era contario. Cuando los discípulos obedecen y suben a la barca para buscar nuevas fronteras, se encuentran con que el “viento es contrario”, el camino se hace peligroso, aparece la posibilidad del naufragio y del fracaso. Cuando estaban en la parte del lago que ellos dominaban (donde habían participado en la multiplicación de los panes), quizá llegaron a creerse importantes y poderosos; ahora, en medio del mar de la vida, sienten la rebeldía de la realidad que no se amolda a sus deseos. Y llegan a dudar y a tener miedo. Los discípulos hacen la experiencia de su fragilidad.
  • Ánimo, soy yo, no teman. En esa situación de duda, de fracaso, de conciencia de los propios límites, Jesús se hace presente con una frase que identifica a Dios presente en toda la historia de la salvación: “Yo soy”, es decir, yo estoy aquí para ustedes, yo estoy aquí. Y, cuando Dios acompaña a su pueblo, se superan todas las dificultades, se alcanza la “otra orilla”, la tierra prometida; se inicia una nueva vida.
  • Pedro cree, pero duda y finalmente agarra la mano de Jesús. Pedro, como los otros discípulos, primero piensa que Jesús es un fantasma; luego cree y se lanza al mar, para volver a dudar y, finalmente, gritar: “Sálvame”. La experiencia de Pedro nos representa a todos nosotros: creemos, dudamos y lanzamos un grito de ayuda. Es así como vamos creciendo en la fe y vamos avanzando hacia nuevas fronteras de nuestra vida, aunque el mar se ponga bravo y el viento sople en contra.
    Frecuentemente el Señor nos empuja para que no nos contentemos con lo que tenemos (humana y espiritualmente), sino que busquemos siempre nuevas metas y posibilidades. No nos dice que será fácil el camino, sólo nos asegura su presencia y nos pide que creamos en su Palabra.

P. Antonio Villarino

EN MEDIO DE LA CRISIS

Mateo 14, 22-33

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas y tentada desde dentro por el miedo y la poca fe. ¿Cómo leer este relato evangélico desde la crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar?

Según el evangelista, “Jesús se acerca a la barca caminando sobre el agua”. Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un “fantasma”. El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real es aquella fuerte tempestad. Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.

Jesús les dice tres palabras: “Ánimo. Soy yo. No temáis”. Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?
Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y “se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas”. Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de la crisis: apoyándonos, no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.

No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos como Pedro. Pero lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: “Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?”.

¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para “sobrevivir” dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?
Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.
José Antonio Pagola

REMANDO
CONTRA VIENTO Y MAREA

La tempestad calmada y el viento en contra

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

Pero el segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

El relato de Mateo

Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Luego se retira a rezar «a solas» y, al anochecer, «seguía allí solo». Mientras, los discípulos se encuentran «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). Con esto se acentúa la distancia física de Jesús con respecto a los discípulos; y también la distancia temporal, porque los despide por la tarde y no se dirige hacia ellos hasta el final de la noche. [La traducción litúrgica dice «de madrugada»; el texto griego, «a la cuarta vela», entre las 3 y las 6 a.m.; los romanos dividían la noche en cuatro velas, desde las 6 p.m. hasta las 6 a.m.]. A nivel simbólico, quedan contrapuestos dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. Los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Pero Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres Hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título no podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un pequeño paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

Sentido eclesial y personal

Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca traída por los pelos; es preferible no detenerse en ella.
José Luis Sicre