Miércoles, 19 de agosto 2026
El padre Giorgio Padovan, comboniano que trabajó 25 años en Brasil y se encuentra en la Curia de Roma para la animación misionera, Alessandra Bybel, del grupo Amigos Misioneros Combonianos de Roma, y Emanuele Giulietti, del Centro Misionero Diocesano (CMD) de Roma, estuvieron del 28 de julio al 12 de agosto, en Santa Rita y en Fortaleza, Brasil, para preparar la experiencia misionera de tres semanas para 15 jóvenes de la pastoral juvenil y universitaria de Roma para el verano de 2027.
Hace pocos días regresamos a Italia desde Brasil. Un viaje de descubrimiento, de búsqueda y de conocimiento de la realidad del nordeste que acogerá a un grupo de jóvenes que, desde la diócesis de Roma, partirá el próximo verano para vivir una experiencia de misión de unas tres semanas.
Primero Santa Rita, municipio en la región de João Pessoa, y luego Fortaleza: dos contextos muy diferentes y, al mismo tiempo, unidos por la misma pasión con la que los misioneros combonianos operan diariamente, compartiendo pasos y fatigas, luchas y alegrías de las comunidades a ellos encomendadas.
Vivimos días preciosos en el centro del Proyecto Legal, una realidad que nace en el barrio de Marcos Moura, en Santa Rita, y que se ha convertido en un faro para niños y jóvenes, un «vivero de esperanza» para combatir la deserción escolar en un barrio donde las drogas y el narcotráfico no dejan alternativas a un futuro hecho de facciones, cárcel y muertes prematuras.
«Legal» en portugués brasileño significa literalmente legal (respeto a las reglas y al Estado de derecho), pero en la jerga juvenil significa sobre todo «bonito, fuerte, genial» (o «chévere» / «bacano»). El objetivo es dar la vuelta al imaginario de los chicos: hacerles entender que estar del lado de la justicia y la legalidad es «más genial» que imitar a los narcotraficantes. El eslogan histórico cantado por los jóvenes se ha convertido en: «Soy 100% Legal».
En la precariedad de estas calles nacen el Centro de Derechos Humanos Oscar Romero (CEDHOR) y la cooperativa de los «catadores», los recolectores de residuos que se convierten en símbolo de lucha y de defensa de la dignidad del ser humano y de su derecho al trabajo.
También el participar en las Santas Misas en la parroquia de Santa Rita, al estilo de una comunidad de comunidades, y ver el trabajo de pastoral de periferia y entre los pobres, nos enriqueció y contagió, con su liturgia hecha de cantos, participación, compartir y acogida. Un celebrar que une fe y vida, Palabra de Dios y realidad. Formar parte de la comunidad ayuda a las personas a crecer en la fraternidad y la dignidad, sintiéndose promotoras de vida y paz.
Después de un recorrido de once horas en autobús, llegamos a Fortaleza, donde pasamos los últimos días de nuestro viaje conociendo el Movimiento de Salud Mental (MSM).
Nacido en las favelas de la gran ciudad cearense, el MSM desarrolla una multiplicidad de servicios orientados al cuidado de la persona a través de un enfoque socioterapéutico que abarca todas las dimensiones del individuo (humana, social, espiritual) y de su contexto comunitario.
Un día entero lo compartimos con el pueblo indígena Pitaguary, conviviendo en sus casas, entorno y vida cotidiana. Ellos cuidaron de nosotros y compartieron su camino con sencillez y libertad, con atención y ternura.
Fueron días intensos de encuentro, escucha y compartir profundo a través de palabras mal pronunciadas y pequeños gestos capaces de superar cualquier barrera lingüística.
No fuimos a llevar nada ni a hacer algo, sino a sumergirnos en esa realidad, a encontrar personas, a abrazar y sonreír, a ser acogidos y hospedados. Nos hizo bien, nos tocó la cabeza, el corazón, nuestra manera de ver y sentir; fue un tocar con las manos una nueva manera de ser Iglesia, de leer la Palabra de Dios, de orar, de vivir la fraternidad y la solidaridad.
Y esto fue posible gracias a la gran disponibilidad y dedicación de los padres y hermanos combonianos, de los laicos y amigos de los proyectos, y de la gente sencilla de las comunidades. A ellos, nuestro agradecimiento y gratitud.
El regreso tras esta experiencia se vive fuera de sincronía: la cotidianidad nos apremia a la llegada, mientras la mente sigue habitando los espacios que nos acogieron… con «saudades y cariño».
Alessandra, Emanuele, y padre Giorgio