Lunes 21 de septiembre de 2026
Llegaron temprano por la mañana, llenas de curiosidad y entusiasmo. Era su primerísima clase de informática en una aldea beduina del desierto de Cisjordania.
Tenemos tres computadoras portátiles, gracias a la generosidad de una organización que nos ayudó a adquirirlas. Tres computadoras pueden parecer muy pocas para tantas mujeres beduinas, pero hoy están abriendo puertas a algo mucho mayor: nuevos conocimientos, nuevas posibilidades, nuevas oportunidades.
Entre las más entusiastas estaba una joven beduina que, hace apenas unos meses, fundó una asociación para promover el desarrollo y el empoderamiento de las mujeres de su comunidad. Es también una de las maestras del jardín de infancia a las que acompañamos las Hermanas Combonianas.
Quiere aprenderlo todo. Sus ojos están fijos en la presentación preparada por la instructora, muy abiertos por el asombro, como si pudiera absorber cada nuevo conocimiento con solo mirar la pantalla. Su entusiasmo es contagioso.
La joven que les enseña también es beduina. Se graduó hace poco en Ingeniería Informática, siendo la primera de su promoción. La acompañamos durante sus estudios universitarios con una beca.
Hoy ha regresado a su comunidad para compartir generosamente lo que ha aprendido, poniendo sus conocimientos al servicio de las maestras del jardín de infancia y de las mujeres que obtienen un ingreso gracias al hermoso arte palestino del bordado tatreez.
Hay algo profundamente significativo en este círculo de aprendizaje: el conocimiento que un día fue recibido ahora se comparte. Una joven a la que se le dio una oportunidad ahora ayuda a crear oportunidades para otras mujeres.
El objetivo es sencillo, práctico y lleno de esperanza: ayudar a estas mujeres a aprender a organizar sus programas escolares y sus informes, gestionar sus proyectos, comunicarse con mayor eficacia, relacionarse con otras personas, descubrir nuevas oportunidades y presentar y promover mejor su trabajo de tatreez.
Para las mujeres que viven en comunidades donde las oportunidades suelen ser limitadas, aprender a usar una computadora es mucho más que tecnología. Es ganar confianza y adquirir nuevas habilidades. Es poder comunicarse más allá de los límites de su aldea, desarrollar iniciativas propias, fortalecer su trabajo y reconocer el valor de lo que tienen para ofrecer.
En medio del desierto, tres portátiles se han convertido en tres pequeñas ventanas abiertas a un mundo más amplio.
Y quizá esto es lo que significa la misión: no hacer las cosas por las personas, sino caminar a su lado; no darles respuestas, sino crear espacios donde puedan aprender, crecer y descubrir sus propias capacidades.
Hermana Cecilia Sierra, hmc