Miércoles, 30 de setiembre 2026
En nuestra vida cotidiana cruzamos diferentes tipos de umbrales y, a veces, podemos entrar sin darnos cuenta en un territorio desconocido. Eso es precisamente lo que nos ocurrió en esta historia.

Una tarde, John se acercó a Michael, uno de nuestros novicios, y le pidió un poco de amoxicilina. A la mañana siguiente, mientras salía con una amiga, una doctora, nos lo encontramos empujando su kariton. Ella le pidió que se quitara el pañuelo con el que se había vendado la mano derecha. El dedo anular había aumentado a más del doble de su tamaño y los gruesos anillos que llevaba parecían estar estrangulando «el cuello de un globo».

Para ella era evidente que un grado de infección semejante requería atención médica inmediata, pero parecía que la prioridad de John era conseguir unas tijeras adecuadas para cortar los anillos, ¡nada más! Después de algunas negociaciones, aceptó ir al hospital. Le quitaron los anillos y recibió la primera dosis de antibiótico.

En sí mismo, esto no parecería tan inquietante. Pero para él, que no recordaba la última vez que había entrado en un centro de salud, recibir tres inyecciones en pocos minutos y enterarse de que tendría que pasar una noche allí significaba que ¡habíamos cruzado la línea roja! Esperó el momento oportuno y luego salió rápidamente del hospital a escondidas.

Cuando Michael y yo encontramos a John, empecé a preguntarle qué había sucedido. Se incorporó un poco de su «colchón de cartón» y respondió directamente: «Los anillos ya me los quitaron, el dolor chu-chu (dolor palpitante) ya se fue, ahora estoy bien, ¡gracias, Padre!»

Después de volver a acostarse, volvió el rostro hacia el otro lado. Mientras yo insistía en que era necesario regresar al hospital para continuar el tratamiento, un conductor de jeepney, que estaba descansando cerca y había escuchado nuestra acalorada discusión, se acercó y le dijo claramente: «¡Si no vuelves al hospital, morirás aquí!»

Al parecer, aquellas palabras tan fuertes lo sacudieron más que el hecho de que la doctora también hubiera llegado. Se levantó perezosamente de su estera, miró a su alrededor y vio a su esposa, que entretanto nos había estado escuchando. Entonces, con cierta vacilación, le dijo que volvería al hospital.

El drama

La mujer se enfadó, murmuró algo, tomó al niño y se alejó rápidamente. John se apresuró a alcanzarla, la convenció de que regresara e intentó explicarle que estaría fuera solo por un rato. Sin embargo, ella no quedó convencida y volvió a escapar. John la alcanzó nuevamente y la trajo de vuelta casi por la fuerza.

Cuando el drama se hubo calmado, se encogió de hombros resignado y dijo: «Padre, ¡no puedo ir!» Entonces fue la doctora quien comenzó a reprenderlo, y yo conseguí calmarla con una propuesta: «Conseguiremos un antibiótico oral y nos aseguraremos de que lo tome a la hora indicada.»

Ella insistía en que la infección era aguda y que tardaría mucho más tiempo en curarse. Sin embargo, yo me mantuve firme y, finalmente, aunque de mala gana, aceptó.

Durante una semana y media, tres veces al día, Michael y yo nos turnamos para administrarle el medicamento. Los dos primeros días, cuando el dolor todavía era intenso, todo transcurrió sin problemas. Sin embargo, cuando comenzó a sentirse mejor, las cosas cambiaron. Un día, al amanecer, cuando llegué a su lugar, encontré a todos todavía dormidos, pero John había desaparecido.

Su compañero, al despertarse, me informó de que había ido al mercado en busca de materiales de desecho. Aunque estaba un poco preocupado, lo tomé como una buena señal y fui a buscarlo. Después de un rato, lo encontré arrastrando un saco pesado y sosteniendo una taza de café con su mano enferma. Me sonrió y dijo satisfecho: «¡Me siento mejor, Padre!»

Cruzar umbrales

Al compartir la experiencia con Michael, nos dimos cuenta de que, a partir de ese momento, éramos nosotros quienes teníamos que respetar sus planes y aceptar que John debía ocuparse de mantener a su familia. El tratamiento con antibióticos había cumplido su función; añadimos algunos días más de medicación y, finalmente, le dejamos el material necesario para las curas, de modo que pudiera continuar por su cuenta hasta la completa recuperación.

Durante aquellos días, John y nosotros cruzamos ciertamente varios umbrales: algunos conscientemente y otros sin darnos cuenta; algunos libremente y otros por obligación. Todo esto, a pesar de nuestras mejores intenciones, fue muy difícil de aceptar para John y su familia y, en el proceso, nos dimos cuenta de que nuestras prioridades eran diferentes: nosotros estábamos principalmente preocupados por su salud, mientras que ellos querían conservar su libertad.

En efecto, el hecho de que personas como John no tengan vallas ni puertas alrededor del lugar donde viven, que duerman sobre un pedazo de cartón bajo una terraza, no significa que hayan renunciado a cualquier espacio privado o a sus límites personales. Nosotros traspasamos esos límites y John y su familia, con dignidad, nos lo hicieron saber.

Pierpaolo Monella, mccj