Miércoles, 7 de octubre de 2026
Una reflexión de las revistas misioneras italianas con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra el domingo 18 de octubre. El tema es: «Uno en Cristo, unidos en la misión».
Han pasado cien años desde la institución de la Jornada Mundial de las Misiones, que desde 1926, por voluntad del papa Pío XI, se celebra el penúltimo domingo de octubre en todas las iglesias del mundo. Un fuerte impulso en este sentido fue dado por la intuición y la colaboración de los fundadores de los Institutos misioneros en Italia, unidos en reconocer la validez y universalidad del mandato misionero para todo bautizado y para cada Iglesia local.
De este modo, se reforzaba lo que el papa Benedicto XV había afirmado pocos años antes en su carta apostólica Maximum illud, de 1919, liberando la misión del peso del colonialismo.
El sentido está precisamente aquí: los creyentes, en todos los rincones del mundo, convocados en Jesús, el primer misionero, y unidos a Él, contribuyen a la acción misionera de la Iglesia, aunque solo algunos parten para llegar a las Iglesias que viven en situación de minoría o persecución, en pobreza, o allí donde la acción misionera es particularmente necesaria, además de exigente.
Con motivo de este centenario, el papa León XIV, en su mensaje Uno en Cristo, unidos en la misión, recordó las Obras Misionales Pontificias, surgidas a finales del siglo XIX precisamente para que cada cristiano participe en la obra de evangelización de la Iglesia, superando la fragmentación de los esfuerzos y las divisiones en facciones.
Jesús lo afirma con claridad: es en el testimonio de una comunidad reconciliada, fraterna y solidaria donde el anuncio del Evangelio encuentra toda su fuerza comunicativa. El camino, entonces, no puede ser otro que el del encuentro con el otro —siempre diferente y siempre igual a mí—, del reconocimiento mutuo, de una fraternidad sin condiciones.
«La grandeza de lo humano se revela cuando reconocemos al otro como un don y no como un dato», recuerda el papa León en su encíclica Magnifica humanitas. En un mundo atravesado por conflictos, migraciones y transformaciones tecnológicas vertiginosamente rápidas, esta invitación resulta profética.
Los datos globales hablan con claridad: más de 120 millones de personas viven hoy en condiciones de migración forzada; más de un tercio de los jóvenes occidentales declara sentirse aislado, y la inteligencia artificial corre el riesgo de acentuar las desigualdades y las polarizaciones. Y está también el desafío de nuestras ciudades europeas, donde convivencia y miedo se entrelazan y donde estamos llamados a custodiar lo humano precisamente cuando todo parece empujarnos hacia la indiferencia.
Dentro de esta realidad, la misión nos pide no perder nuestro centro: el rostro de Cristo y el rostro del otro. El rostro real, frágil, a menudo sorprendente, que nos interpela más allá de las fronteras geográficas y existenciales. Seguir siendo humanos hoy significa elegir la cercanía en un tiempo que nos empuja hacia la distancia. Estamos hechos para mirar a las personas a los ojos, reconocer su dignidad, dejarnos herir y transformar por sus historias.
«Uno en Cristo, unidos en la misión» no es solo un eslogan, sino una dirección. La misión, entonces, puede convertirse en el lugar donde la humanidad vuelve a encontrarse, donde las fronteras se transforman en umbrales y donde es posible ver al otro con claridad. Y la fraternidad universal se convierte en la respuesta más creíble a los desafíos de nuestro tiempo.
Quizás aquí se encuentre el sentido más profundo de este octubre misionero: volver al corazón de Dios y de lo humano, dejándonos interpelar por los rostros cercanos y lejanos que encontramos, como una manera de habitar el mundo con responsabilidad. Porque la misión es lo que somos, no solo lo que hacemos. Es la manera en que elegimos seguir siendo humanos, juntos, en el tiempo que nos ha sido dado.
FESMI (Federación de la Prensa Misionera Italiana)