Miércoles, 14 de octobre de 2026
El domingo 11 de septiembre de 2026, la comunidad católica de Gilgel Beles, en el noroeste de Etiopía, se reunió con profunda alegría espiritual para celebrar la fiesta patronal anual de la parroquia de Santa María, Madre de la Iglesia.

Este importante acontecimiento litúrgico congregó a miles de fieles, atrayendo a numerosas personas procedentes de más de veinte aldeas y puestos misioneros que conforman esta extensa parroquia, atendida pastoralmente por los Misioneros Combonianos.

Para una parroquia cuyos fieles están dispersos en un territorio tan amplio, la fiesta anual representa mucho más que una fecha en el calendario: es un reencuentro vital con la propia comunidad, una oportunidad para renovar las promesas bautismales y una manifestación visible del crecimiento y dinamismo de la Iglesia local dentro de la Eparquía de Bahir Dar-Dessie.

La solemne celebración eucarística fue presidida por el párroco, el padre Abreham Woldetinsae, cuyo liderazgo pastoral, compartido con sus dos hermanos de congregación, el padre André Mbala y el padre Yuda Ssabayinda, acompañó a la comunidad durante esta jornada colmada de gracia.

Entre los concelebrantes se encontraban los combonianos que trabajan en Gilgel Beles, a quienes se unieron los co-hermanos de la parroquia de Gublack. También viajaron sacerdotes de la parroquia vecina de Pawe para participar en la celebración eucarística.

Las comunidades religiosas de la región estuvieron igualmente bien representadas, poniendo de relieve la fecunda colaboración pastoral que florece en esta parte de Etiopía. Las Hermanas Misioneras Combonianas llegaron desde Mandura, mientras que las hermanas franciscanas, que viven y trabajan en Gilgel Beles, ofrecieron su presencia y sus oraciones.

Como reflejo de la gran estima de la que goza la Iglesia católica en la región, las autoridades civiles y militares también participaron en la celebración. Su presencia constituyó un reconocimiento del papel fundamental de la parroquia en la promoción de la cohesión social, la paz y el desarrollo humano integral de la sociedad local.

La Santa Misa comenzó a las 9:30 de la mañana, en un ambiente de intensa oración, acompañada por una rica y profunda liturgia de la Palabra. La primera lectura reveló el misterio celestial de la «mujer vestida del sol», victoriosa sobre el mal, mientras que la segunda recordó a la asamblea el don supremo de la adopción filial: Dios envió a su Hijo, «nacido de mujer», para que pudiéramos recibir la condición de hijos suyos. El Evangelio condujo a los peregrinos al pie de la Cruz, donde Jesús confía la humanidad a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

En su emotiva homilía, el padre Abreham estableció una hermosa conexión entre las lecturas e insistió en que todos los fieles, como cristianos, deben elegir siempre el bien y proteger activamente la vida, siguiendo el ejemplo de la protección maternal de María.

Exhortó a la asamblea a romper por completo con todo aquello que genera muerte, división o destrucción. De este modo, subrayó, podrán abrirse a la gracia recibida de Cristo y convertirse verdaderamente en luz del mundo, viviendo en auténtica comunión con todas las personas que los rodean.

El padre Abreham concluyó su mensaje con una ferviente oración para que, por la intercesión maternal de Santa María, Madre de la Iglesia, toda la comunidad pudiera vivir en una paz duradera.

La sagrada liturgia concluyó a la 1:00 de la tarde, pero el camino espiritual de la jornada continuó inmediatamente con una solemne procesión. Los fieles acompañaron al Santísimo Sacramento por los terrenos parroquiales y recorrieron las calles de Gilgel Beles, junto a las imágenes bellamente adornadas de la Santísima Virgen María y de san Daniel Comboni, cuya fiesta se había celebrado con gran devoción precisamente el día anterior. Esta procesión fue un testimonio público de fe que acercó aún más el corazón de los peregrinos a su identidad misionera.

Al finalizar los actos, el párroco, el superior local de la comunidad de Gilgel Beles y el representante adjunto del consejo parroquial expresaron su profunda gratitud a todos los que hicieron posible la jornada. Dedicaron un agradecimiento especial a los sacerdotes visitantes y a las religiosas por su solidaridad, así como a las autoridades civiles y militares por honrar el acontecimiento con su presencia.

De manera especial, el padre Abreham reconoció la generosa contribución de los cientos de fieles de la parroquia central y de los distintos puestos misioneros, cuyos sacrificios voluntarios, semanas de preparación y coordinación logística garantizaron el éxito de la celebración litúrgica. El párroco elevó una oración en nombre de toda la comunidad para que esta fiesta patronal produjera abundantes frutos espirituales, renovara la fe de la parroquia y fortaleciera su compromiso de ser discípulos misioneros.

La celebración dio paso a un animado encuentro comunitario. Se compartió una comida fraterna, símbolo de la fracción del pan y de la unidad de la familia humana, más allá de la diversidad de sus orígenes.

El momento culminante de la jornada en el ámbito cultural llegó cuando los fieles comenzaron a bailar danzas tradicionales, expresión de la rica herencia cultural del pueblo gumuz. El ritmo de los tambores y el sonido armonioso de las flautas tradicionales llenaron el recinto parroquial de una energía contagiosa. Esta vibrante manifestación puso de relieve una hermosa realidad de la Iglesia católica: el Evangelio no destruye las culturas locales, sino que las purifica, las eleva y encuentra en ellas una de sus expresiones más hermosas.

Como muestra de las enormes dimensiones de la parroquia y de la profunda devoción de sus fieles, muchos de los que habían llegado desde los puestos misioneros más remotos permanecieron en las instalaciones parroquiales mucho después de la bendición final.

Dado que sus aldeas de origen se encuentran a grandes distancias y que los caminos son difíciles de recorrer, les resultaba imposible regresar a casa ese mismo día. El recinto parroquial se convirtió así en un lugar de gozosa solidaridad, donde los peregrinos pasaron la noche juntos, prolongando la celebración con danzas tradicionales gumuz y momentos de fraternidad compartida.

No fue hasta la mañana siguiente cuando emprendieron el largo viaje de regreso a sus hogares. Al partir finalmente de Gilgel Beles, estos peregrinos, cansados pero espiritualmente fortalecidos, llevaron consigo un entusiasmo renovado, un sentido más profundo de comunidad y un amor aún mayor por la Madre de la Iglesia.

P. André Mbala, mccj