Había nacido en un Busto Arsizio, en la provincia de Varese, el 5 de mayo de 1922. Hizo el noviciado en Venegono y el escolasticado en Verona y fue ordenado sacerdote el 6 de junio de 1948, a los 26 años. Pasó en Italia los primeros trece años, principalmente como director espiritual. Después fue destinado a Brasil, donde pasó casi 40 años de su vida.
Llegó a Brasil en 1962, cuando la provincia estaba invirtiendo mucho, sobre todo por la presión y convicción personal del que era entonces provincial, el P. Rino Carlesi, en la formación de los jóvenes y en los seminarios. En el Estado de Espirito Santo, una zona de inmigración italiana, se veía el sitio ideal para plantar la simiente de la vocación misionera. El P. Paolo parecía el hombre indicado. Por la profundidad e intensidad de su vida interior, era el ejemplo del padre espiritual que parecía indispensable en las estructuras de aquel tiempo. De hecho, después de un año de familiarizarse con la realidad brasileña en Conceição da Barra, en el norte del estado, fue enviado en 1963 al seminario de Ibiraçu, recién construido. Todo estaba en sus comienzos. El seminario estaba abriendo sus puertas (fue inaugurado oficialmente en1964). Eran muchas las esperanzas; se preparó incluso una visita especial del Superior General, el P. Gaetano Briani. Existía un gran entusiasmo en relación a aquel proyecto. En cambio Paolo pronto cayó en la cuenta que algo no marchaba. Se quedó solamente un año. No se encontraba cómodo. Era un seminario demasiado estructurado, con una formación demasiado europea en un ambiente que de europeo tenía bien poco. Solicitó marcharse. Fue sustituido por el P. Pietro Bracelli que, desde aquel momento estuvo muy cercano a él, sobre todo en los años en que fue el provincial de Brasil Sur. El P. Paolo fue enviado a Mantenópolis, una parroquia de aquel estado, pero en una zona difícil y con un trabajo de tipo tradicional, de poca evangelización y mucha sacramentalización. Permaneció allí 3 años. En 1968 lo encontramos en Gerônimo Monteiro, en otro seminario que estaba abriendo sus puertas y que reproducía las dificultades de Ibiraçu. Desde 1969 hasta 1971 permaneció en San José do Rio Preto, en otro seminario, el cuarto que el P. Carlesi había proyectado en pocos años. Carlesi creía que éste fuese el camino para consolidar la presencia comboniana en Brasil. La historia demostró que se había equivocado y el P. Paolo lo sentía en sus reacciones emotivas. Desde 1972 al 1976 se estableció en Río de Janeiro, en un colegio de monjas, donde hacía de asistente espiritual y en el que podía acoger amigos y familiares de combonianos que iban a encontrarse con sus hijos o familiares. Pero ni siquiera allí se encontró a gusto. Volvemos a encontrarlo luego en Gerônimo Monteiro, en Agua Dulce, en Brasilia, en São Paulo, otra vez en Brasilia, en la Curia de Roma, en San José do Rio Preto, de nuevo en Italia, en São Mateus, de nuevo en Brasilia, en Belo Horizonte, en Lages, en Porto Velho, en Curitiba, en Pedro Canário, en São Paulo y, desde 2004 en adelante, en Italia. Este fue el P. Paolo. Un nombre de una grandísima humanidad, de una gran riqueza espiritual, pero también un hombre inquieto, como indican sus numerosos desplazamientos. Los hermanos sabían de esta dificultad de suya, pero lo acogían siempre gustosamente porque en comunidad nunca creaba problemas. Al contrario, era atentísimo. Le gustaba ocuparse de la logística o de cualquier servicio en la casa. Le gustaba ir al mercado, ocuparse de la comida y de la limpieza. Lo hacía con una dedicación ejemplar. Quería que las habitaciones estuviesen siempre ordenadas, la capilla cuidada, la cocina bien provista. Quería que la comida estuviese preparada con cuidado. Creía que el cuidado de la casa, de la comida, de las pequeñas cosas fuese un modo concreto para crear comunidad. Le molestaba ostensiblemente la superficialidad en la relaciones y sobre todo el descuido, la falta de comunicación que impedía, por ejemplo, que un huésped fuese acogido con atenciones.
Aunque si no fue nunca un nombre puntero, el P. Paolo fue, en el grupo de combonianos de la zona, uno de los más abiertos, cosa que le reconocían también aquellos que empujaban más hacia la renovación. Era un hombre honesto y correcto. La gente apreciaba su simplicidad y generosidad y también la cualidad de su servicio pastoral. Nunca improvisaba una homilía o una celebración, las escribía, aunque si fuesen sólo para dos otras personas de la comunidad.
Fueron estas sus peculiaridades que lo hicieron apreciado y amado por todos. Cuando comenzó a perder oído, se retrajo más todavía. Vivió este problema con profundo desasosiego. No conseguía ya seguir una discusión. Pedía ser exonerado de participar en reuniones, sobre todo en la comunidad y con la gente.
Se sentía cada vez mejor en casa, entre los libros, en los quehaceres domésticos, en las bibliotecas, en los archivos, catalogando documentos, ayudando a organizar los servicios burocráticos, aunque si se trataba solamente de facilitar el trabajo… Esta fue su ocupación principal desde el 2004, en Roma y en Verona.
(P. Giovanni Munari)