Viernes, 12 de junio 2026
En la madrugada del 30 de mayo de 2026, la ciudad de Isiro, capital y mayor ciudad de la provincia de Alto Uele, en el norte de la República Democrática del Congo, se vio sacudida por la llegada masiva de personas desplazadas que huían de los terroristas. La ruidosa oleada, procedente de unos 125 kilómetros al este, atravesó decenas y decenas de aldeas en la selva.
Impulsados por el miedo, llenaron durante varios días la gran carretera internacional que une Isiro con Uganda y buscaron refugio en la capital de la provincia. El gobierno provincial fue tomado por sorpresa. Se creía que la guerra era el destino de los pueblos del este y el noreste del país, no del norte.
Además, todos creían que los refuerzos militares enviados a Gombari (a 200 kilómetros de Isiro) y a Mungbere (a 125 kilómetros) eran suficientes para disuadir a los guerrilleros que, al parecer, proceden del noreste. La estrategia de la guerrilla ha puesto al descubierto la desorganización y la debilidad de las fuerzas gubernamentales.
Acogida y necesidades
Las familias de Isiro fueron las primeras en abrirse a los desplazados en un admirable impulso de acogida. Familias que ya eran numerosas acogieron a diez, quince e incluso veinte recién llegados.
Ante la urgencia, los servicios humanitarios y de solidaridad del gobierno provincial solicitaron la puesta a disposición del amplio complejo escolar de Ntumba para acoger a los desplazados sin familiares en Isiro. El flujo de llegadas continuó durante toda la semana, debido a las noticias y rumores de asesinatos y actos de violencia cometidos en Difolo y Ndubala, localidades situadas en la carretera hacia Isiro. El director de Cáritas diocesana informa de que sus servicios han registrado más de diez mil desplazados.
El 2 de junio, el gobierno provincial lanzó un llamamiento al gobierno central de Kinshasa: “Los medios de que disponemos son muy limitados e insuficientes para tantas personas, en un plazo tan corto. Y nadie sabe decir cuánto tiempo va a durar esto”.
Dos días después, la Asamblea Provincial del Alto Uele envió una delegación de cuatro diputados a la capital, Kinshasa, para solicitar ayuda humanitaria y un refuerzo significativo de efectivos militares.
Los desplazados también son acogidos en conventos y parroquias católicas y protestantes de Isiro.
En la parroquia católica de Santa Ana, donde trabajo, prestamos ayuda a dos niveles: acogida en nuestras instalaciones y apoyo a las familias que han abierto sus corazones y sus puertas a quienes, partiendo a toda prisa, llegaron sin casi nada. Actualmente, acogemos a 140 personas en nuestra parroquia y apoyamos a 40 familias con arroz y frijoles.
En las visitas al centro de acogida de desplazados de Gossamu, que, debido a las actividades escolares, ha sustituido al complejo de Ntumba, hemos colaborado con alimentos, jabón, cuerdas para tender la ropa —que, de otro modo, se tendería en el suelo— y otras ayudas útiles para el funcionamiento del centro. En plena época de exámenes, las escuelas, bajo la orientación del ministerio provincial competente, están haciendo todo lo necesario para que los alumnos desplazados no pierdan el curso escolar.
Acompañamiento
Prácticamente todos los católicos de las 40 comunidades repartidas por la selva y la sabana se encuentran en Isiro. Por eso, es natural que les prestemos todo tipo de apoyo: escucha, sacramentos, lugares donde alojarse, asistencia médica in situ y, en los hospitales, para los casos más graves. Para los niños hay fútbol, catequesis y oración.
También visitamos a las familias en los barrios, ya sea para rezar con los enfermos o para estar con los desplazados. Allí proclamamos la Palabra de Dios y rezamos juntos para que el consuelo que recibimos del Señor los reconforte e ilumine sus ojos y sus corazones.
Los domingos celebro la Eucaristía en el centro de acogida Gossamu, que alberga a varios cientos de personas. La celebración es siempre un gran consuelo, tanto para los católicos como para los protestantes. He visto la misma alegría en los desplazados hospitalizados en la zona oeste de Isiro.
La parroquia de Santa Ana es la madre espiritual de la mayoría de los desplazados. De hecho, se extiende hacia el este hasta Ndubala y Mungbere y, hacia el norte, llega hasta Elimba, a orillas del gran río Bomokandi, atravesado por un puente destruido hace décadas. En Elimba, la comunidad más alejada de la parroquia, los terroristas acaban de matar a varias personas que se dedicaban a la prospección artesanal de oro. La gran aldea de Ndubala también fue escenario de violencia y muerte.
El futuro
Todos se preguntan cuánto tiempo durará esta violencia. Mientras tanto, la frágil economía de las familias se ha derrumbado: la de las familias de acogida, incapaces de mantener tantas bocas, y la de los desplazados que lo dejaron todo atrás.
Los campos, repletos de frijoles y cacahuetes listos para la cosecha, para luego recibir la siembra de arroz, quedaron abandonados. Se perdió todo el ganado. Las casas fueron incendiadas. Todo, todo se esfumó. Lo mismo le ocurrió al Sr. Martin, catequista titular de Ndubala, refugiado en la parroquia de Santa Ana, con su mujer e hijos. “Ya no tenemos nada”, se lamenta la esposa, bañada en lágrimas.
Los guerrilleros, de hecho, al llegar a las aldeas desiertas, queman las casas y los establecimientos comerciales. Si encuentran a alguien que se ha negado a huir, lo matan. Por eso, incluso aquellos que huyeron a Isiro desde las aldeas más cercanas, tienen miedo de ir allí a buscar algo. El espectro del hambre ya se hace sentir, amenazador. Necesitamos ayuda urgentemente, para que el hambre y las enfermedades no hagan aún más sombría la vida de estas hermanas y hermanos, y la nuestra con ellos.
P. Claudino Ferreira Gomes
Misionero Comboniano