Martes, 14 de julio de 2026
Cinco meses pueden parecer poco tiempo. Pero son suficientes para descubrir una Iglesia local vibrante, un pueblo extraordinario y los desafíos que siguen marcando la misión evangelizadora en Caia. Esta es la convicción de su obispo, don António Manuel Bogaio Constantino, MCCJ, ordenado inicialmente obispo auxiliar de Beira el 19 de febrero de 2023, nombrado después obispo de Caia el 25 de febrero de 2026 y administrador apostólico de Beira el 12 de junio de 2026.

Cuando llegué a la diócesis de Caia, en el centro de Mozambique, sabía que encontraría una Iglesia misionera; de hecho, ya conocía una parte de este vasto territorio porque lo recorrí como obispo auxiliar de la archidiócesis de Beira. No imaginaba, sin embargo, la dimensión humana, geográfica y espiritual de esta misión.

En estos primeros cinco meses he recorrido cientos de kilómetros por caminos de tierra, he visitado comunidades aisladas y antiguas misiones y he encontrado cristianos cuya fe permanece viva, a pesar de las enormes dificultades del día a día.

La diócesis de Caia es una de las más desafiantes de Mozambique. Se extiende por casi 55 000 kilómetros cuadrados, abarcando vastas zonas rurales con cientos de pequeñas comunidades en el valle del río Zambeze. Muchas quedan lejos de la sede parroquial y reciben la visita de un sacerdote pocas veces al año. La distancia, sin embargo, nunca ha apagado la esperanza de estas comunidades.

Aquí, evangelizar significa viajar durante horas por caminos de arena, atravesar zonas inundadas en la época de las lluvias y, a veces, interrumpir el viaje porque simplemente ya no hay carretera. Hay localidades donde el coche o la moto dejan de ser suficientes; el único medio es continuar a pie para llegar a las familias que aguardan la celebración de la eucaristía, el bautismo de sus hijos o una palabra de esperanza.

Una geografía exigente, una fe extraordinaria

La geografía moldea profundamente la vida de la diócesis. Las grandes distancias, las infraestructuras limitadas y los accesos difíciles convierten cada visita pastoral en una verdadera aventura. Durante las lluvias, muchas comunidades quedan aisladas. Un desplazamiento de cien kilómetros puede convertirse en un viaje de todo un día. Pero es en estos lugares donde encontramos algunas de las comunidades más vivas de la diócesis.

Los fieles se organizan, son asiduos a la celebración dominical, enseñan catequesis, acompañan a los enfermos y preservan la vida comunitaria, en gran parte gracias a los catequistas y animadores laicos, verdaderos pilares de la primera evangelización. Ellos mantienen encendida la llama de la fe.

El Zambeze: obstáculo y puente

Ninguna realidad simboliza mejor esta diócesis que el majestuoso río Zambeze.

A primera vista, parece dividir el territorio y dificultar el trabajo misionero. Los cruces exigen tiempo, organización y recursos. En determinadas épocas del año, los desplazamientos se vuelven aún más difíciles.

Pero el Zambeze también une la diócesis.

A lo largo de sus márgenes nacieron comunidades, se desarrollaron antiguas misiones y se construyó una historia común de evangelización que permanece hasta hoy.

El río alimenta la tierra, sustenta a miles de familias y nos recuerda diariamente que la misión de la Iglesia, al igual que sus aguas, nunca deja de fluir.

Reanimar las antiguas misiones

La diócesis de Caia guarda un patrimonio misionero extraordinario desde el siglo XVII. Muchas de las misiones son antiguas y desempeñaron un papel decisivo en la evangelización, la educación y la promoción humana.

Hoy, algunas muestran el peso del tiempo: edificios que necesitan rehabilitación, infraestructuras que precisan modernización y centros pastorales que piden nuevos recursos para responder a las necesidades actuales.

Sin embargo, reestructurar estas misiones es mucho más que restaurar paredes. Es también devolverles la capacidad para formar catequistas, acoger a los jóvenes, servir a las familias y continuar anunciando el Evangelio a las nuevas generaciones.

Una diócesis que continúa en la primera evangelización

A pesar de la larga presencia de la Iglesia en esta región, muchas áreas de la diócesis tienen los desafíos propios de la primera evangelización. Esta realidad exige creatividad, perseverancia y una presencia constante junto a las poblaciones. Exige también recursos humanos y materiales para que la misión crezca.

Cada nueva capilla construida, cada biblia entregada a un catequista, cada vehículo que llega a una comunidad aislada son mucho más que una inversión material. Es la posibilidad de anunciar a Cristo donde Él aún es poco conocido.

Los misioneros: presencia de esperanza

En estos cinco meses he encontrado a hombres y mujeres cuya dedicación me impresiona profundamente. Sacerdotes, religiosas, religiosos, catequistas e innumerables laicos recorren diariamente largas distancias para servir a las comunidades. Trabajan en la evangelización, acompañan a las familias, promueven la educación, visitan a los enfermos y ayudan a las poblaciones a enfrentar desafíos sociales y económicos.

La misión en Caia no se hace solo con palabras. Se hace con presencia, cercanía, servicio, sacrificio y entrega.

Caminar juntos

Al mirar estos primeros cinco meses, tengo una profunda convicción: Caia es una diócesis pobre en recursos, pero extraordinariamente rica en personas. Dios sigue actuando a través de la simplicidad de los más humildes. A pesar de las dificultades, crece una Iglesia viva, misionera y llena de esperanza.

Todavía estamos en el proceso de reforzar la formación de los catequistas, recuperar misiones, apoyar a los sacerdotes, construir pequeñas capillas y mantener viva la presencia de la Iglesia en las periferias. Esta será la segunda etapa.

Nada de esto sería posible sin la generosidad de tantas personas esparcidas por el mundo que rezan y dan un poco de sí mismas para que se pueda llegar donde las distancias parecen imposibles.

En nombre de las comunidades de la diócesis, dejo una palabra de profunda gratitud a todos los que han colaborado con nosotros. Cada gesto de solidaridad se transforma aquí en esperanza concreta. Cada contribución nos ayuda a continuar esta misión que traza caminos difíciles, vence las distancias del valle del Zambeze y lleva el Evangelio hasta las aldeas más remotas.

Todavía estamos al principio. Sin embargo, una certeza perdura: Cristo sigue precediéndonos en cada comunidad y llamándonos a ser una Iglesia cercana, misionera y comprometida con el futuro de este pueblo.

+Don António Constantino, MCCJ
Obispo de Caia y administrador apostólico de la archidiócesis de Beira