Lunes, 12 de octubre de 2026
Daniel Comboni había visto bien. Su obra no murió; al contrario, como todas las grandes obras que «nacen y crecen a los pies de la cruz», sigue viva gracias a la entrega de tantos hombres y mujeres que han elegido seguir a Comboni por el camino de la ardua y apasionante misión entre los pueblos más necesitados de fe y más abandonados por la solidaridad humana.
Dotado de un temperamento fuerte y, al mismo tiempo, profundamente humano, Daniel Comboni pertenece a esa multitud de grandes almas que nunca dejarán de inquietar e involucrar, desarmar y fascinar. Fue «ilimitadamente fiel a la Iglesia» y también «ilimitadamente libre». Persiguió con obstinación sus intuiciones, sin caer en la tentación de la rebeldía ni de la autorreferencialidad.
Animado por un gran celo misionero, todo lo hacía por amor a Dios, a la Iglesia y a los pueblos de la «pobre África», que en aquella época estaba devastada por la colonización y duramente afectada por el comercio de esclavos. Se enfrentó a las autoridades civiles y religiosas para llevar adelante su pasión por los pueblos de aquel continente.
Sabía ser diplomático, pero no medía sus palabras cuando se trataba de compartir y defender su plan misionero. Sufrió duras críticas, calumnias y persecuciones, pero nada de eso logró derrumbarlo. Soportó los sufrimientos con una fe sólida, inspirada en el corazón traspasado de Cristo, el Buen Pastor.
Profeta
Además de ser un generoso misionero, fue un profeta de su tiempo. Luchó contra la esclavitud y defendió la causa de África, soñando con una nueva África que, con toda su riqueza cultural y espiritual, ocupara su lugar en la Iglesia y entre los pueblos.
Desde su ilimitada confianza en las capacidades humanas y religiosas de los pueblos de aquel continente, encontró en el impulso al protagonismo de los africanos, especialmente de las mujeres, la mejor fuerza para promover la evangelización del continente y el desarrollo económico y social de sus poblaciones.
Con este objetivo, se dedicó a una incansable animación misionera por todos los rincones de Europa, solicitando ayudas espirituales y materiales para las misiones africanas. Como instrumento de animación misionera, creó una revista misionera, la primera en Italia dedicada íntegramente al continente africano. Además, para que su obra pudiera continuar después de su muerte, fundó en 1867 y 1872, respectivamente, sus Institutos misioneros masculino y femenino, conocidos posteriormente como Misioneros Combonianos y Hermanas Misioneras Combonianas.
La historia demostró que tenía razón, a pesar de la opinión contraria de los «prudentes de su tiempo». En él, sus palabras e ideales se transformaron en vida. No se contentó con hablar en favor de África: comprometió personalmente toda su vida, hasta la muerte, en la defensa y promoción de los derechos humanos de los pueblos africanos.
Murió en Jartum, capital de Sudán, el 10 de octubre de 1881, con apenas 50 años de edad, marcado por la cruz que, como una esposa fiel y amada, nunca lo abandonó, consciente de que la obra misionera no moriría. «Yo muero, pero mi obra no morirá».
Daniel Comboni había visto bien. Su obra no murió; al contrario, como todas las grandes obras que «nacen y crecen a los pies de la cruz», sigue viva gracias a la entrega de tantos hombres y mujeres que han elegido seguir a Comboni por el camino de la ardua y apasionante misión entre los pueblos más necesitados de fe y más abandonados por la solidaridad humana.
Año jubilar
La presencia comboniana en Brasil comenzó en 1952, es decir, hace 75 años. Para conmemorar esta fecha, hoy comienza el Año Jubilar Comboniano, que se prolongará hasta el 10 de octubre de 2027. Con el lema MISIONEROS COMBONIANOS: Memoria, Gratitud y Profecía – 75 Años en Brasil, queremos dar gracias a Dios por el carisma de san Daniel Comboni en la Iglesia y en el mundo, y por la presencia comboniana en Brasil.
Únanse a nosotros para hacer memoria, celebrar con alegría y dar gracias a Dios por todo lo que ha realizado a través de nuestra familia comboniana a lo largo de todos estos años. En comunión con la Iglesia en Brasil, renovamos nuestro compromiso con la realización del sueño de Dios, que desea vida en plenitud para todos y todas.
Nuestra mayor contribución a la misión de la Iglesia es dar testimonio del carisma de san Daniel Comboni, cuya peculiaridad reside en el amor misericordioso del Corazón de Cristo por los más pobres e indefensos. Es en este Corazón donde se encuentra la fuente de la misericordia que salva y genera esperanza.
Por eso, como nos dijo el papa Francisco durante una audiencia el 1 de octubre de 2015, nosotros, consagrados a Dios para la misión, estamos llamados a imitar a Jesús, manso y misericordioso, para vivir nuestro servicio con un corazón humilde, cuidando de los más abandonados de nuestro tiempo.
San Daniel Comboni no quiere misioneras ni misioneros «acomodados», sino que, con los ojos fijos en la contemplación del Corazón misericordioso de Jesús, el Buen Pastor, nos quiere «inquietos», «desestabilizados», «indignados» ante las miserias que afligen a la humanidad y siempre en salida hacia las periferias existenciales, adonde son empujadas las personas descartadas por la sociedad.
Nuestra misión, según el deseo de nuestro Fundador, es anunciar el Evangelio de la compasión, la ternura y la misericordia. Por tanto, significa educar, perdonar, levantar, corregir con caridad, organizarse, luchar por los derechos y liberar; significa curar, pero también prevenir y reconstruir. En una palabra, significa regenerar a las personas, comenzando por las más heridas, sin excluir a nadie.
Que el celo apostólico de san Daniel Comboni fortalezca el espíritu misionero de nuestras comunidades, y que su pasión por los pueblos de África alimente nuestro amor por el pueblo brasileño.
Que san Daniel Comboni, a la luz del testimonio de Jesús de Nazaret y por intercesión de Nuestra Señora de Aparecida, nos ayude a luchar por la redención y la liberación de todos y todas, especialmente de los oprimidos.
P. Xavier Paolillo, mccj