Martes, 13 de octubre de 2026
En esta reflexión propongo contemplar la dimensión exterior de la unidad con Cristo: la unión en la misión «para que el mundo crea» (Juan 17,21).

Este tema, aparentemente sencillo, interpela profundamente nuestra vida como bautizados y nuestra identidad comboniana. La unidad no es un simple acuerdo humano u organizativo, sino la manifestación visible de la comunión con el Corazón de Cristo.

Primera etapa: la unión íntima con Jesucristo

Ninguna acción misionera puede dar frutos duraderos si no nace de la unión íntima con el Señor Jesús. La primera etapa de nuestro camino consiste en arraigarnos en la oración personal y comunitaria y en vivir con fervor la vida sacramental.

Al arraigarnos en los sacramentos, encuentra su expresión aquella espiritualidad que el jesuita De Bertolis atribuye a los siete modos y nueve oficios para honrar al Sagrado Corazón en su libro Espiritualidad práctica del Corazón de Cristo. La oración no es un accesorio de la misión, sino su primera acción y la fuerza misma de la esperanza.

Beber de la fuente del Corazón compasivo de Cristo significa hacer de su amor el motor vivo de nuestro discipulado. Cuando nos acercamos a la Eucaristía y a la Reconciliación, recibimos la gracia necesaria para superar nuestras debilidades y convertirnos en canales de la misericordia de Dios en el mundo.

Segunda etapa: identidad comboniana y fraternidad

La unidad en la misión toca directamente nuestra identidad de discípulos y nuestra manera de relacionarnos dentro de las comunidades, del Instituto y del servicio pastoral. El apóstol Pablo nos advierte del riesgo de las divisiones y los partidismos:

Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está presente en todos (Efesios 4,5-6).

Superar las fragmentaciones —las actitudes de ser «de Pablo» o «de Apolo» (cf. 1 Corintios 1,10-12)— es el primer testimonio que estamos llamados a dar.

El ejemplo de san Daniel Comboni: fe y abandono

La vida de nuestro Fundador muestra cómo la respuesta a la vocación misionera exige una entrega total a la Divina Providencia.

En sus cartas históricas de la década de 1850, Comboni revela la dolorosa lucha interior que vivió antes de partir hacia África: el profundo afecto por sus padres ancianos, el temor a dejarlos solos y la firme certeza de la llamada de Dios. En la carta al padre Pietro Grana, de julio de 1857, escribirá:

En medio de este conflicto universal de mis ideas, considero oportuno el proyecto de hacer los ejercicios espirituales, consultar a la Religión y a Dios; y Él, que es justo y gobierna todas las cosas, sabrá sacarme de este apuro, disponerlo todo y consolar a mis padres... Por eso, es mejor exclamar con Samuel: ¡Habla, Señor, que tu siervo escucha! (Escritos, 9).

Tercera etapa: «Para que el mundo crea»

La unidad entre los discípulos nunca es un repliegue intimista ni un fin en sí misma, sino que está esencialmente orientada a la misión. Jesús lo afirmó con absoluta claridad en su oración sacerdotal: «Que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Juan 17,21).

La fuerza comunicativa de la fraternidad

Es en el testimonio de una comunidad reconciliada, fraterna y solidaria donde el anuncio del Evangelio encuentra toda su fuerza comunicativa. La unidad misionera no debe entenderse como homologación o uniformidad, sino como la convergencia armoniosa de carismas, culturas y sensibilidades diferentes que resplandecen en la única fe.

Cuarta etapa: artesanos de esperanza y cercanía

En el Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones del Año Jubilar, titulado «Misioneros de esperanza entre los pueblos», la Iglesia nos recuerda la urgencia de llevar la luz del Evangelio a un mundo marcado por la soledad y la desorientación. Aunque hoy la tecnología nos mantiene a todos interconectados, a menudo falta una verdadera relación humana y espiritual:

  • El estilo de Dios: Estamos llamados a actuar con cercanía, compasión y ternura, acercándonos a las heridas de quienes sufren y de las personas marginadas.
  • Gente de primavera: Alimentados por la espiritualidad pascual y la celebración de los sacramentos, damos testimonio de la certeza de que el odio y la muerte no tienen la última palabra.
  • Oración perseverante: La oración es la primera fuerza de la esperanza y la primera acción misionera. En ella mantenemos viva la llama de la fe.
  • Sinodalidad misionera: La evangelización es un camino comunitario que requiere comunión en la oración, en los propósitos y en la acción entre parroquias, institutos y obras misioneras.

P. John Kipkemoi Korir, mccj