La misión es anunciar, vivir y compartir el amor fiel de Dios

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Martes, 13 de octubre de 2026
Durante el triduo de preparación para la solemnidad de san Daniel Comboni, la comunidad de la Curia retomó el mensaje del papa León XIV para la Jornada Mundial de las Misiones 2026. El padre Sylvester Hategek’Imana, miembro de la Comisión para la Formación Permanente, ofreció una reflexión sobre el tercer párrafo del mensaje, centrándose en tres palabras clave: anunciar, vivir y compartir el amor fiel de Dios. Presentamos algunos fragmentos de su reflexión.

Al reflexionar sobre el tercer «punto» del mensaje del Santo Padre León XIV para la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones, no pude evitar recordar las palabras de san Pablo a los Corintios:

Si anuncio el Evangelio, no es para mí motivo de gloria, pues es una obligación que me incumbe. ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! (1 Corintios 9,16).

Esta convicción habitaba en el corazón de san Pablo, porque estaba movido por el amor fiel e incondicional de Cristo crucificado. Por eso llegaba a decir: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!». Esta misma responsabilidad nos interpela también a nosotros, llamados a vivir y dar testimonio de nuestra vocación misionera.

En su mensaje, León XIV afirma: «Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su sustancia».

El corazón de toda misión auténtica es el amor: un amor experimentado y vivido, que nos impulsa hacia los demás y se traduce en gestos concretos en nuestra vida cotidiana. En nuestro lenguaje misionero, este amor nos conduce especialmente hacia los pobres y abandonados del mundo de hoy, en particular hacia quienes viven en las periferias de la humanidad.

El mensaje continúa: «La Buena Noticia que somos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto: es el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de Jesucristo».

También san Daniel Comboni nos muestra cómo vivió concretamente el desafío de anunciar el Evangelio, sostenido por la inspiración del Espíritu Santo. Así lo atestiguan estas palabras suyas:

A pesar de todo, éramos felices de poder dar a conocer a aquella gente las máximas y la fe del Evangelio. Las bases de los árboles eran nuestro púlpito para predicar, y siempre estaban rodeadas de jefes y negros desnudos, armados siempre con lanzas y flechas envenenadas. Escuchaban la Palabra de Dios con una avidez extraordinaria y una atención que nos daba muchos motivos para esperar. Nuestra iglesia, donde ofrecíamos el Santo Sacrificio, consistía a veces en una pequeña tienda de campaña, otras en una pequeña cabaña de cinco pies de altura y otras veces al pie de un gran árbol (Escritos, 2129).

Las difíciles condiciones externas y la falta de estructuras adecuadas no disminuían el celo apostólico de Comboni ni su pasión por la misión. Había abrazado esta vocación por puro amor a Cristo y a la humanidad.

El Papa nos ayuda a comprender más profundamente esta verdad cuando afirma:

La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor. Tanto es así que el mismo Señor, en su gran oración al Padre antes de la pasión, después de invocar la unidad de los discípulos, concluye de este modo: «Para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos» (Juan 17,26). Los apóstoles evangelizaron impulsados por el amor de Cristo y por Cristo (cf. 2 Corintios 5,14). De la misma manera, a lo largo de los siglos, multitudes de cristianos, mártires, confesores, misioneros han dado la vida para dar a conocer este amor divino al mundo. Así, la misión evangelizadora de la Iglesia continúa bajo la guía del Espíritu Santo, Espíritu de amor, hasta el fin de los tiempos.

¿Qué nos mueve a nosotros, misioneros combonianos y evangelizadores en el mundo de hoy? ¿Somos evangelizadores llenos del amor de Cristo y animados por la pasión por su misión, que nos impulsa a ir hacia las periferias de la humanidad para dar testimonio de él?

El 24 de junio de 1870, en su carta circular a los padres del Concilio Vaticano I, Daniel Comboni escribió:

¿Se encuentra todavía el África Central en las tinieblas y en la sombra de la muerte, sin Pastor, sin Apóstoles, sin Iglesia, sin Fe? ¿Por qué, entre todas las naciones del mundo, es la única que aún no está sometida al dominio de Cristo? Jamás ninguna maldición ha afligido al género humano con mayor daño y durante más tiempo que aquella severísima y tristísima por la cual los infelices pueblos de África han sido excluidos del beneficio de la redención (Escritos, 2301).

En la continuación de su carta circular, Comboni menciona diversas dificultades, entre ellas tres especialmente significativas:

  • La dureza de los esfuerzos y las dificultades que afrontan quienes emprenden las santas expediciones a África, agravadas por la gran inclemencia del clima.

  • La falta de apóstoles, cuyas voces deberían difundir la verdad y anunciar la Palabra de Cristo.

  • La falta de recursos económicos que, como todos pueden comprender, son absolutamente necesarios para llevar a cabo empresas de tanta importancia.

Ante esta situación, por difícil que sea, Comboni no permanece indiferente. Movido por el amor a Cristo y a la humanidad, afirma:

Hace muchos años que me he consagrado a esta obra difícil y casi desesperada. Para salvar a los africanos de la esclavitud, he decidido, junto con mis valerosos compañeros de fatigas, afrontar el hambre, la sed, el calor y los peligros de la vida (Escritos, 2304).

Ciento cincuenta y seis años después de aquel llamamiento de Comboni, el papa León XIV expresa su gratitud a los misioneros y las misioneras de hoy con estas palabras:

Deseo agradecer especialmente a los misioneros y misioneras ad gentes de hoy; personas que, como san Francisco Javier, han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos. Siguen entregándose con alegría a pesar de las adversidades y las limitaciones humanas, porque saben que Cristo mismo, con su Evangelio, es la mayor riqueza que se puede compartir. Con su perseverancia muestran que el amor de Dios es más fuerte que cualquier barrera. El mundo sigue necesitando estos valientes testigos de Cristo, y las comunidades eclesiales siguen necesitando nuevas vocaciones misioneras, que debemos tener siempre en el corazón y por las que debemos rogar continuamente al Padre.

Oremos por nosotros mismos y por todos los miembros de la familia comboniana en el mundo, especialmente por las generaciones más jóvenes, para que nuestra pasión por Cristo y por el Evangelio permanezca viva y activa. Las dificultades no faltarán, pero será el amor fiel de Cristo el que nos sostenga y nos ayude a perseverar en la misión.

P. Sylvester Hategek’Imana, mccj