Jueves, 15 de octubre de 2026
Quizá la misión sea precisamente eso: compartir la vida de un pueblo y sentarnos junto a quienes lloran.
—Se murió mi abuelito. — me lo dice un niño pequeño de nuestro jardín de infancia en una aldea beduina en el desierto de Cisjordania. Palabras sencillas que me conmueven. ¿Cómo vive un niño la ausencia de alguien a quien ama? ¿Qué significa para él la muerte?
Ha muerto Abu Yosef, jefe de la comunidad, padre de veintitrés hijos, padre y suegro de muchas de las mujeres que bordan y abuelo de tantas generaciones de niños que han pasado por el kindergarten que acompañamos desde hace años. Su familia es también parte de nuestra historia, de esa vida que compartimos semana tras semana con las comunidades beduinas.
Cuando llegamos a la aldea, uno de los hermanos de Abu Yosef nos recibió:
—Dios sabe mejor. Bendito sea.
Es el segundo hermano que muere de un ataque al corazón. En sus palabras reconozco la fe de quien conoce el dolor de una muerte repentina y, aun así, se abandona a Dios.
El duelo dura tres días. Al llegar, encontramos a las mujeres reunidas, vestidas de negro y sin maquillaje.
Nos ofrecen café y dátiles y nos invitan a sentarnos junto a la familia. Una de las hijas sostiene el Corán y lee en silencio. Entre recuerdos, lágrimas y silencios, se repite una oración: Allah yerhamo. Que Dios tenga misericordia de él.
Me siento junto a una anciana, madre de una de las esposas del difunto. Me sorprenden su lucidez y su memoria. Mientras la escucho, pienso en cuánta historia y sabiduría guarda la vida de nuestros mayores.
Hace apenas dos semanas, la familia celebraba una boda. Hoy, comparte el dolor de la pérdida.
Desde el lugar donde estamos reunidas, vemos a los hombres preparando el mansaf en grandes ollas sobre el fuego. Es la comida que, según la costumbre, se comparte con la familia y la comunidad el tercer día del duelo. La vida continúa, y nadie queda solo en su tristeza.
Nosotras llegamos para acompañar, pero también somos acogidas e instruidas.
Quizá la misión sea precisamente eso: compartir la vida de un pueblo y sentarnos junto a quienes lloran. A veces, basta con estar presentes.
Descansa en paz, Abu Yosef. Allah yerhamo.
Que Dios te acoja en su misericordia.
Hna. Cecilia Sierra,
Misionera comboniana