Lunes, 2 de noviembre de 2026
Tras el estallido de la guerra en Sudán, se autorizó a las instituciones de educación superior a trasladarse a zonas más seguras y a impartir las clases en línea a partir de octubre de 2023. Sin embargo, los estudios de enfermería seguían requiriendo formación práctica presencial, lo que obligó a muchas estudiantes, en su mayoría mujeres, a recorrer cientos de kilómetros a través de zonas de conflicto para llegar al Comboni College of Science and Technology, en Puerto Sudán. Samar Muzamil (con gafas en la foto) es una de estas valientes estudiantes, decidida a continuar su formación a pesar del conflicto para poder mantener a su familia y servir a su comunidad después de graduarse.
Durante su intervención en el encuentro «La resiliencia de las mujeres en las guerras de los hombres», organizado por la Asociación Nacional de Partisanos de Italia (ANPI), Samar compartió su perspectiva sobre el conflicto y su impacto en la vida de las estudiantes.
Distinguidos invitados y todas aquellas personas que llevan en su interior la conciencia del mundo:
Hoy me presento ante ustedes no solo con estadísticas, sino con las voces vivas de las mujeres sudanesas: voces que tiemblan de dolor, pero arden de valentía. Voces que se niegan a guardar silencio, incluso cuando la guerra pretende borrarlas.
Hablo desde el corazón, en nombre de cada madre, cada niño y cada familia de Sudán, para contarles cómo comenzó esta guerra, quiénes están combatiendo, qué papel desempeñan los actores externos y cómo la población civil, especialmente las mujeres, sobrevive y mantiene su fortaleza en medio de la destrucción.
Antes de la guerra, las mujeres sudanesas llevaban vidas corrientes. Eran madres, amas de casa y trabajadoras, pero rara vez tenían un lugar en las mesas donde se tomaban las decisiones. Hoy, sin embargo, se han visto arrastradas al centro mismo del conflicto: ya no son simples espectadoras, sino también víctimas directas de sus ataques.
Imaginen despertarse un día y descubrir que el lugar al que llaman hogar se ha convertido en un campo de batalla. ¿Qué harían si la guerra llamara de repente a su puerta?
En guerra desde abril de 2023
La guerra estalló en abril de 2023, cuando las tensiones entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) desembocaron en un conflicto armado abierto. Sin embargo, sus raíces se remontan mucho más atrás. Durante décadas, Sudán vivió bajo una dictadura.
En 2019, el pueblo se levantó para exigir libertad y dignidad. Consiguió derrocar a Omar al-Bashir, abriendo una frágil ventana de esperanza. Pero la transición fue inestable. Los líderes militares rivales se negaron a unirse, y el bloqueo político terminó convirtiéndose en violencia. Lo que comenzó como una lucha por el poder se transformó en una guerra que desgarró el país.
Los dos principales adversarios son las SAF, dirigidas por el general Abdel Fattah al-Burhan, y las RSF, un poderoso grupo paramilitar liderado por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti. Ambos habían sido aliados, habían colaborado para derrocar al régimen y participaron en el golpe de Estado de 2021.
Su rivalidad no gira únicamente en torno al control militar, sino también al dominio político y la riqueza, una lucha que ha llevado al país a la devastación. Mientras los esfuerzos internacionales siguen impulsando iniciativas de paz, actores externos continúan alimentando el conflicto mediante el suministro ilegal de armas y el apoyo encubierto, movidos exclusivamente por intereses económicos egoístas. Esto permite que las partes enfrentadas vuelvan a sumirse en una violencia aún más intensa.
Desde abril de 2023, los combates han devastado Jartum y se han extendido por Darfur, Kordofán y otras regiones, mientras las treguas se desmoronan en cuestión de días. La guerra ha invadido todos los rincones de Sudán: ha llegado a cada hogar, cada escuela y cada hospital.
Nadie ha podido escapar de su sombra, aunque la destrucción adopta formas diferentes: para algunos, significa perder un techo; para otros, ver truncada su educación, no recibir tratamiento para una enfermedad crónica o perder de forma repentina y violenta a un ser querido.
El coste humano es estremecedor. Más de siete millones de personas han sido desplazadas y cientos de miles han cruzado las fronteras hacia Chad, Sudán del Sur y Egipto, donde los campos de refugiados están abarrotados y los recursos son escasos.
Los hospitales son bombardeados o saqueados, los médicos se ven obligados a huir y conseguir medicamentos resulta casi imposible. Con las escuelas cerradas, las cadenas de suministro interrumpidas y los mercados destruidos, los precios de los alimentos se disparan.
Millones de personas se enfrentan ahora a una grave inseguridad alimentaria, mientras la hambruna amenaza con extenderse y la ayuda humanitaria encuentra dificultades para llegar a quienes más la necesitan.
Compartir historias
Como representante de la Asociación de Estudiantes de Enfermería y de las valientes mujeres de Sudán, estoy aquí para compartir nuestras historias, para que la historia las recuerde y para que se conviertan en un faro de esperanza en los momentos más oscuros. Son historias de personas que han llevado sus sueños y sus esperanzas a través del fuego.
Pensemos en una joven que conozco, procedente de Al-Fashir, en Darfur del Norte. Cuando la guerra y los enfrentamientos tribales interrumpieron sus estudios, se negó a renunciar a su formación en enfermería.
Para conseguir un paso seguro y poder escapar, tuvo que arriesgarlo todo, incluso casarse para poder emprender el viaje. Embarazada de cinco meses, recorrió peligrosas rutas de contrabando desde Darfur hasta Puerto Sudán. Fueron nueve días de puro miedo y agotamiento.
Cuando finalmente dio a luz, se encontraba lejos de su madre y de su familia, que seguían atrapadas por el conflicto. Sin embargo, me dijo: «No tengo escapatoria: mi familia me está esperando y debo terminar mis estudios». Su voz refleja la lucha de innumerables estudiantes sudaneses que arriesgan sus vidas para seguir aprendiendo, cuidar de los demás y generar cambios.
Desde Kadugli nos llega otro testimonio que demuestra que la guerra no deja ningún lugar a salvo. Una joven de 20 años, cuyo padre había fallecido, fue criada por su madre, que trabajaba en un pequeño restaurante para mantenerla a ella y a sus hermanos con lo mínimo indispensable para sobrevivir.
Cuando la guerra se intensificó en Kadugli, con bombardeos, la muerte de niños y una hambruna que se cobró numerosas vidas, decidió emprender el camino hacia Puerto Sudán con la esperanza de continuar sus estudios y ayudar a su familia.
Creía que el viaje duraría tres días, pero acabó prolongándose durante tres meses. Sufrió una enfermedad que estuvo a punto de matarla, insultos tribales y humillaciones, y fue detenida en tres ocasiones por grupos armados en los puestos de control.
Se enfrentó al acoso y a intentos de agresión sexual, pero su respuesta siempre fue la misma: «Quien quiera tocarme tendrá que matarme primero». Vendió su ropa prenda a prenda para poder pagar los billetes y comprar comida, hasta que no le quedó nada más que lo que llevaba puesto.
Sin embargo, en medio de aquella oscuridad desgarradora, junto a otros viajeros exhaustos, eligió convertirse en luz. Para sobrevivir y ayudar a los demás, comenzó a vender cacahuetes tostados, demostrando que, incluso ante la desesperación, era capaz de crear esperanza de la nada.
Con valentía y recurriendo al disfraz, mezclándose entre los combatientes para evitar la muerte, finalmente llegó a Puerto Sudán. No llevaba consigo más que una voz que se negaba a ser silenciada, una voz que luchó hasta alcanzar su objetivo.
También hay otras historias. Dos jóvenes de Yuba, en Sudán del Sur, intentaron llegar a Puerto Sudán para completar sus estudios. Sin embargo, fueron detenidas en la frontera y se les prohibió la entrada simplemente por su nacionalidad.
Los soldados amenazaron con hacer circular sus pasaportes acompañados de la siguiente orden: «Si estas dos chicas pasan por aquí, aunque sea por error, deténganlas y métanlas en prisión».
Ante el peligro, eligieron otra ruta. Viajaron durante horas por mar y durante días por tierra, soportando el agotamiento y el miedo, hasta que finalmente llegaron a Puerto Sudán. Pero su llegada las enfrentó a una decisión dolorosa: quedarse para construir su futuro o regresar a casa con sus familias. Una de ellas susurró: «Solo quiero ver a mi madre, aunque sea una sola vez».
Y permítanme compartir también mi propia historia. Yo también huí con mi familia, como millones de personas, escapando de las balas y de los ataques repentinos, convencidos de que la guerra duraría solo un mes. Pero nuestras esperanzas se vieron traicionadas.
Mi madre, veterinaria, perdió su empleo en la administración pública. Trabajó sola, arriesgando su vida innumerables veces, en un corral abarrotado con más de 200 animales, sabiendo que cualquier movimiento en falso podía costarle la vida. Mi padre, que padece una enfermedad cardíaca, siguió trabajando a pesar de su estado de salud. Ambos trabajaron, y siguen trabajando, para mantenernos con vida, para que pudiéramos comer, para que pudiéramos estudiar y para que yo pudiera estar hoy aquí, delante de ustedes, contando nuestra historia.
Esta no es solo mi historia: es la historia de innumerables mujeres sudanesas que lo sacrifican todo para mantener vivas a sus familias. Sus voces nos recuerdan que, en el Sudán actual, estudiar y sobrevivir no son caminos ordinarios: son campos de batalla que exigen una resistencia extraordinaria.
Las mujeres soportan la carga más pesada
Cuando observamos de cerca una guerra, vemos que las mujeres soportan la carga más pesada. Pierden a sus familiares y deben sobrevivir solas, asumiendo el papel de protectoras y proveedoras. A pesar del trauma y del colapso del sistema sanitario, las mujeres sudanesas son la columna vertebral de la resiliencia de sus comunidades.
Organizan salas de respuesta de emergencia y cocinas comunitarias (takaaya) para alimentar a quienes pasan hambre, sin contar con financiación. Enfermeras y médicos trabajan bajo el fuego, mientras las parteras ayudan a dar a luz en hogares iluminados por velas.
Esto es resistencia. No mediante las armas, sino a través de la valentía. No mediante la destrucción, sino mediante el acto obstinado de mantener la vida. Las mujeres sudanesas no esperan a que alguien les entregue la paz: la están construyendo cada día, con sus propias manos.
Lo que las mujeres sudanesas están haciendo hoy nos recuerda la resistencia de las mujeres italianas hace 80 años. Son guardianas de la memoria, protectoras de la dignidad y custodias de la vida. Pero no pueden soportar esta carga solas. Necesitan solidaridad, no compasión; colaboración, no caridad.
El verdadero apoyo debe ir más allá del reparto de alimentos básicos. Es necesario financiar las iniciativas lideradas por mujeres, reconstruir los sistemas educativo y sanitario, y protegerlas de la violencia. Cuando las mujeres ocupan un lugar central en la reconstrucción, las sociedades se recuperan más rápidamente y la paz se vuelve posible.
Las mujeres sudanesas no son solo víctimas de la guerra: son el latido de la supervivencia y las arquitectas de la esperanza.
Hoy les pido algo: no se limiten a escuchar sus voces. Llévenlas consigo, apoyen su valentía y únanse a su resistencia en defensa de la vida. El futuro de Sudán está en sus manos.
Samar Muzamil
Presidenta de la Asociación de Estudiantes de Enfermería