El 27 de noviembre recibimos la noticia del fallecimiento del P. Manuel dos Anjos Martins en nuestra casa de Tete (Mozambique). No era una noticia del todo inesperada porque sabíamos que estaba gravemente enfermo y que, tras un periodo en el hospital de Tete, había regresado a casa con un diagnóstico poco propicio: un tumor inoperable.
El P. Manuel dos Anjos nació en Gonçalo Bocas el 1 de noviembre de 1942; acababa de cumplir ochenta años. Poco sabemos de su infancia. Ciertamente, conoció a los combonianos a través de las visitas a las parroquias y escuelas del P. Dante Greggio y del P. Rino Carlesi, animadores y promotores vocacionales residentes en nuestro seminario de Viseu.
Nos encontramos por primera vez durante el mes de prueba en el seminario de Viseu, en 1954, y desde entonces pasamos juntos diez años de formación: cinco en el seminario de Viseu, dos en el noviciado de Famalicão y tres en el seminario filosófico de Maia. Juntos venimos a Italia a estudiar teología, él a Venegono y yo a Roma. Nos reunimos en Viseu para la ordenación sacerdotal el 13 de julio de 1968, junto con otros cinco compañeros de ordenación.
De su época de seminarista recuerdo su carácter jovial y juguetón y una particular afición por los idiomas que marcaría la mayor parte de su actividad pastoral y misionera.
Fuimos inmediatamente destinados a Mozambique, y el 13 de octubre de 1968 partimos juntos en un avión de la TAP que nos llevó a Beira, donde fuimos recibidos por el P. Mário Amaral y el H. Silvério dos Santos, responsables de la Escuela de Magisterio de Inhamízua. Al cabo de unos días, yo me fui a Nampula y él a Tete.
Trabajó en las misiones de Boroma y Marara, en la parroquia de Matundo y últimamente en la de Chitima.
Pasó casi 40 años en Mozambique, en tres periodos; el primero, más corto, en Tete (68-73) y dos más largos (81-92) y (98-2022) en Beira y Tete, alternando con dos periodos en Portugal (74-81) y (92-98), en animación misionera en Aradas, Coimbra y Santarém.
Para el misionero recién llegado, la primera tarea importante es aprender la lengua y la cultura del pueblo entre el que trabaja. El P. Manuel dos Anjos pronto se dio cuenta de que las lecciones teóricas no bastaban y que necesitaba algunas herramientas indispensables, una gramática y un diccionario, y aquí comienza la historia del precioso legado que nos dejó.
Se equipó con un magnetófono y un bloc de notas y pasó muchas horas del día hablando con la gente, relacionando sonidos con objetos y grabándolo todo; luego, en casa, intentaba dar una forma gráfica mínimamente inteligible a los sonidos que designaban un objeto, un concepto o una idea. Así esbozó los primeros rudimentos de la fonética, la morfología y la sintaxis de la lengua chinhungwe, que fue perfeccionando y completando hasta la publicación de la primera gramática completa, que incluía también un pequeño diccionario de las palabras más utilizadas.
Hablando con la gente, sobre todo con los ancianos, el P. Manuel dos Anjos también recogió una gran variedad de proverbios y cuentos populares, muy útiles para comprender la cultura local. El diccionario completo se publicó durante su segundo periodo en Tete.
Con la finalización de este trabajo, se abrió una puerta para la preparación del catecismo y la traducción de los textos litúrgicos esenciales a la lengua local. Este empeño no recibió el apoyo que merecía por parte de los dirigentes locales y se perdieron el apoyo y los recursos que diversos organismos habían puesto a disposición de este fin. La traducción de la Biblia a la lengua chinhungwe está muy avanzada y el padre Manuel dos Anjos estaba muy comprometido con esta tarea; su muerte deja un legado que esperamos que alguien pueda continuar.
Durante su estancia en la diócesis de Beira estudió la lengua chindao, de la que publicó una gramática y un diccionario, y también colaboró en la traducción completa de la Biblia a la misma lengua.
Como misionero, vivió junto al pueblo mozambiqueño los últimos años de la guerra colonial, especialmente intensa en la región de Tete, y los años de la guerra civil. Experimentó la cárcel en Tete, donde permaneció más de seis meses, teniendo como compañía la Biblia -el único libro que se le permitía conservar- y la presencia diaria de los hermanos que le llevaban la comida. Fue una experiencia que le marcó mucho y de la que habló a regañadientes. Lo que más lamentaba era que el obispo de la diócesis nunca le visitara.
El último periodo en Portugal fue bastante largo, tanto por Covid como por la precariedad de su salud. Pero no se preocupaba mucho y siempre estaba de buen humor. Con la misma humildad y sencillez con que vivió, expresó su deseo de ser enterrado en la misión de Chitima, donde pasó los últimos años de su vida misionera.
(P. Manuel Horta, mccj)