Viernes, 8 de agosto 2026
«El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador», escribe padre José Miguel Córdova Alcázar [al centro en la foto], comboniano peruano que trabajó una docena de años en Etiopía, sobre todo entre el pueblo Guji.

La misión siempre comienza con un desplazamiento dinámico: salir de un lugar para entrar en otro. «Todos nosotros, misioneros combonianos, lo hemos hecho, lo estamos haciendo o nos estamos preparando para vivir esta experiencia.» Pero el desplazamiento más difícil no es geográfico, sino cultural.

El misionero llega a un pueblo con el sincero deseo de amarle, servirle y formar parte de su vida. Sin embargo, lleva dentro una historia, algunos símbolos, una forma de sentir e interpretar el mundo que no puede dejar en el aeropuerto. Su propia cultura viaja con él, aunque no quiera.

Identidad cultural

Esta tensión —entre la cultura que se aporta y la cultura que es bienvenida— es una de las más delicadas y menos comentadas en la vida misionera.

En el ámbito de la misión cristiana hablamos siempre de “inculturación”: adentrarse en una cultura hasta amarla desde dentro, hasta hacer que el Evangelio eche raíces en ella en su propia forma y color. Pero este ideal a menudo choca con un límite humano: la identidad cultural del misionero es fuerte, persistente e inconsciente.

No se trata solo de costumbres visibles, sino de la forma de entender el tiempo, la manera de relacionarse entre nosotros, la sensibilidad al dolor, la forma de organizar la comunidad, la relación con la autoridad, la manera de celebrar, de rezar, de comunicarse.

La cultura es una segunda piel. Y cuando el misionero intenta “dejarla”, a menudo solo consigue ocultarla, pero no transformarla.

Muchos misioneros entran en una nueva cultura con humildad y respeto. Pero, aun así, la propia cultura se filtra en decisiones pequeñas y grandes que se hacen presentes en la labor pastoral que se realiza con la comunidad. Y entonces aparece un fenómeno sutil pero peligroso: la imposición involuntaria.

No es una imposición agresiva, sino una infiltración: en la forma de resolver conflictos, en la forma de hacer catequesis, en la estética de la liturgia, en la planificación de proyectos, en la relación con el tiempo y la eficiencia.

El misionero cree que está ayudando, pero en realidad se está reformando según su plan mental. Y el resultado es una especie de “híbrido cultural” que no pertenece enteramente a nadie: no es completamente del pueblo, ni del misionero.

Esto conduce a confusión, dependencia y, a veces, a una sensación de pérdida de identidad en la comunidad local.

Siempre un invitado

Desde un punto de vista psicológico, el misionero atraviesa un proceso complejo: debe aprender a poner a la gente en el centro, pero sin cancelarse a sí mismo. Si se cancela, pierde autenticidad. Si se impone, pierde la comunión.

La propia cultura de cada uno da seguridad. Renunciar a ello causa parcialmente vulnerabilidad. Esta vulnerabilidad es necesaria, pero también dolorosa.

No puede ser “nativo” de una cultura adoptada. El misionero siempre será un invitado, un hermano que viene de fuera. Aceptar esta realidad en la vida del misionero es un acto de madurez.

Pastoralmente, la misión auténtica no consiste en “crear” una nueva cultura cristiana, sino en hacer florecer la fe en la cultura que ya existe. El misionero no es arquitecto, es jardinero. Su tarea no es construir, sino cuidar. No está ahí para reemplazar, sino para acompañar. No es quien modela, sino que es iluminador.

Cuando el misionero entiende esto, entonces, deja de querer “hacer cosas” y empieza a hacer crecer a la gente.

La misión es un arte. Un arte de la presencia, de la escucha, de la humildad. Un arte que requiere renunciar a la necesidad de controlar y abrazar la belleza de dejar que el otro sea él mismo.

El misionero que logra esto no pierde su identidad. La convierte en un servicio. Y la gente no pierde su cultura. La transforma en “Evangelio Encarnado.”

Esta es la misión más pura: hacer que la fe arraigue sin desarraigar a nadie.

Cuando esto ocurre, la cultura del misionero se vuelve transparente: presente, pero no dominante; fértil, pero no protagonista.

Habitar el misterio

«Quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es tierra sagrada» (Éxodo 3:5-10). Hay un momento en la vida del misionero, en el que se descubre que la misión no consiste en “hacer cosas”, sino en habitar un misterio: el misterio de un pueblo, de una historia, de una forma de sentir y vivir que no es suya. Ese misterio es la cultura. Y la cultura es terreno sagrado.

San Daniel Comboni intuyó esto con sorprendente claridad para su época. Cuando dijo «Salva África con África», no se refería solo a la estrategia misionera. Habló de un acto de fe: creer que el pueblo tiene dentro de sí la fuerza, sabiduría y dignidad para ser los protagonistas de su propia salvación.

Esto significa que la cultura del pueblo no es un obstáculo, sino el lugar donde Dios ya está obrando.

Misión es amar

Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, las palabras de un misionero comboniano con mucha experiencia misionera, sabiduría humana, pero sobre todo con una gran experiencia del amor de Dios en su propia vida. Hace 26 años, cuando dejé mi país para ir a “la misión”, este misionero, —cuyo nombre no es necesario decir porque sé muy bien que recordará el momento cuando me dijo: «Mira Pepe, —porque así me llaman en mi país—, recuerda que lo más importante que tienes que hacer cuando estás en la “misión” es amar a las personas a las que has sido enviado. Nunca lo olvides.»

Cuando un misionero llega a un pueblo, trae consigo una cultura que le ha dado identidad, seguridad y sentido. Y esto no puede olvidarse ni dejarse de lado. Pero la misión le pide hacer algo difícil: descentrarse. No para renunciar a quién es, sino para renunciar a ser el centro.

La cultura del misionero es una luz, pero no es “La Luz” que debe iluminar al pueblo. Su luz, es solo un servicio, es compañía, es presencia.

La cultura del pueblo es la casa. La del misionero es la mochila.

San Daniel Comboni lo expresó con una frase que se convierte en un programa espiritual: «Se han adueñado de mi corazón que vive solamente para ellos» (Escritos. 941).

Y sin ninguna duda podemos decir que esta frase no surge solo por el amor que siente por la gente, su “amado pueblo” por quien ha decidido dar su vida. Es reconocimiento. Es reverencia.

El misionero que ama a un pueblo descubre que su cultura es un tesoro que no necesita ser corregido, purificado o reemplazado. Solo necesita ser recibido, comprendido y hecho fructífero por el Evangelio.

Transparencia misionera

La cultura es el idioma con el que la gente habla con Dios. Cambiarla es silenciarle.

Cuando el misionero no es consciente de la fuerza de su propia cultura, puede acabar creando una especie de “híbrido” que no pertenece a nadie: ni al pueblo, ni a sí mismo.

Esto ocurre cuando organiza la comunidad según esquemas culturales personales, introduce la estética litúrgica de otros, prioriza valores que no son universales, interpreta la fe desde su propia sensibilidad cultural.

Sin querer, el misionero puede confundir identidades y generar dependencia. Puede construir una comunidad que no sea realmente del pueblo, sino una proyección inconsciente de su propia historia.

San Daniel Comboni lo vio claramente: la misión no es colonización espiritual.

El misionero maduro no quiere “crear” una nueva cultura cristiana. Quiere que la fe eche raíces en la cultura que ya existe. El misionero maduro debe saber que está presente en un pueblo: porque, como dije antes, no es el arquitecto: es el jardinero; no es quien construye: es quien cuida; No es quien modela: sino quien acompaña; No reemplaza ni opaca: es quien está llamado a iluminar. «Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5:14).

Cuando el misionero actúa de esta manera, la cultura del pueblo florece con su propia forma, su propio color y su propia dignidad.

Por tanto, la misión alcanza su plenitud cuando el misionero puede decir: «Lo que nace aquí no es mío.» Y al mismo tiempo, la gente puede decir: «Esto es nuestro, aunque el misionero nos haya ayudado.»

Esto es transparencia misionera: ser necesario sin ser el protagonista, estar presente sin ser central, ser una semilla sin ser un árbol.

Por lo tanto, debemos saber que la cultura no es un campo de evangelización. Es un campo donde Dios ya ha sembrado. El misionero no lleva a Dios a la gente. El misionero descubre a Dios en el pueblo. Entonces, la misión se convierte en un acto de profunda humildad: honrar lo que es el pueblo, porque ahí es donde el Evangelio quiere hacerse carne. «Y la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Fui enviado

Sí, han tenido que pasar 26 años, para poder entender esto, y harán falta unos años más para poder comprenderlo completamente. Recuerdo como si hubiera sido ayer el día en que me enviaron el documento con mi primera destinación misionera, el famoso “destinatus est”. Y, recuerdo también al consejero general a quien le dije «que prefería otro lugar y no el que habían pensado para mí» —(Sé que vas a leer este artículo)— y «Me dijiste: Mira, Miguel, lo pensaremos y te llamaré.»

Sigo aún esperando la llamada, pero, aunque es cierto que no me llamó, lo que sí hizo fue enviarme un libro que había escrito sobre el país donde yo sería enviado para mi primera experiencia de misión.

Hoy doy gracias a Dios, por el hecho que no fui a donde quería ir, la realidad es que fui enviado. No elegí el puesto de la misión; fue un regalo precioso de Dios, en mi vida misionera y solo puedo decir: Gracias, Papá y Mamá, Juan, Jorge y Rosita, y a todos los que han hecho posibles estos 26 años de servicio a la misión.

Abba Mikael Córdova, mccj