Comboni, en este día

En una carta a Massaja desde Cairo (1865) se lee:
Recuerde que en el mundo, después de mi difto. Superior, no he encontrado nunca un padre para mí como Mons. Massaia. Confírmeme su protección y afecto, que tanto estimo, y que me son preciosos y útiles.

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Señal (*)
Remitente
Fecha
11
Don Nicolás Mazza
0
Verona
4. 9.1857

N. 11 (9) - A DON NICOLAS MAZZA

AMV, Cart. «Missione Africana»

Verona, 4 de septiembre de 1857


Amadmo. Sr. Superior:


 

[19]
Al objeto de seguir mi vocación a las santas Misiones, siéndome necesarias 75 (setenta y cinco) piezas de 20 francos para las necesidades de mi familia, sírvase Ud. proporcionármelas a título gratuito, dándome ahora 50 (cincuenta) piezas de 20 francos y guardando las otras veinticinco piezas para hacérselas llegar a mi padre o a mi madre en Limone, prov. de Brescia, dentro de un año. Dándole cordialmente las gracias, y dispuesto a extenderle un recibo legal en el momento en que lo exija, me suscribo

de Ud. obedientísimo hijo



Daniel Comboni Sac.






12
Dr. Benito Patuzzi
0
Alejandría
20. 9.1857

N. 12 (10) - AL DR. BENITO PATUZZI

ACR. A , c. 15/167

Alejandría de Egipto

20 de septiembre de 1857

Querido Doctor:


 

[20]
Aunque hasta ahora no haya tenido ninguna noticia concreta de lo concerniente al Sr. Juan Bautista Maximiliano Arvedi, no dejo de congratularme mucho de aprovechar el correo para no dejar ayuno de noticias mías a mi muy querido compadre y amigo, con el cual y con cuya familia mantengo lazos de tan afectuosa amistad y tan íntima hermandad que sólo tendrá su fin temporal al borde de la sepultura. Veamos, pues, las gestiones que he llevado a cabo para tratar de saber algo del difunto Arvedi.


[21]
Aquí, en Alejandría, gente que conozca los asuntos del Conde Scopoli creo que puede contarse con los dedos de una mano. El es un rancio aristócrata, que no revela sus cosas a nadie; conversa siempre con personas de alto rango, pero ni siquiera éstas saben nada: así lo conocí en el viaje desde Trieste a Alejandría. Por otra parte se le tiene por hombre justo y de acertado consejo; y precisamente en esta actividad gana en Alejandría más que un comerciante.


[22]
Ahora las personas que rodean al Conde Scopoli, por lo que he oído, y yo lo creo, son: El Sr. Ferrighi, Ingeniero; el Cónsul General austríaco; Francisco Gronchi, que le conoce íntimamente; el Conde Ignacio Frisch creo que le conoce muy de cerca, porque él y el Cónsul son uña y carne; el P. Cipriano, que fue quien le asistió continuamente en su enfermedad. Hubo algún otro; pero si se produjo alguna irregularidad será difícil descubrirla. Los dos médicos que atendieron más asiduamente al difunto no pueden menos que exagerar la asistencia prestada; así que estamos en las mismas.


[23]
Del Conde Scopoli no pude sacar nada, aunque todos los días yo hablaba mucho con él en el barco. En cuanto al Cónsul austríaco, a decir verdad, cuando me enteré de que era íntimo del Conde, me vino la idea de hacerle alguna pregunta. Respecto a Ferrighi, habiendo recibido de Scopoli un reloj de oro como regalo en premio a la asistencia prestada al difunto, no puede sino proteger al Sr. Conde Francisco Gronchi, con quien los Misioneros tenemos total confianza por lo mucho que se preocupa por nuestra Misión, y que me dijo que sobre el asunto de Arvedi y sus acuerdos con el Conde Scopoli, no sabe nada. Con el Conde Ignacio no he podido hablar aún sobre este punto, porque estuvimos muy ocupados con él en lo concerniente a nuestra Misión, por ser nuestro Procurador en Egipto: mañana hablaré mucho con él sobre Arvedi.


[24]
Por otra parte, todavía no he podido entrevistarme con los médicos, ya que en los pocos momentos libres de que dispongo, o no los encuentro, o sucede alguna otra cosa. El Padre Franciscano que le asistió me ha asegurado que tuvo una enfermedad de más de un mes, que fue servido y cuidado de manera inmejorable, que recibió todos los Sacramentos y murió con una cristiana resignación verdaderamente edificante; y que finalmente el Conde Scopoli le hizo un funeral suntuoso, en el que intervinieron muchos frailes y seglares. Esto es, pues, lo que he podido saber de Arvedi. Pero como voy a quedarme en Alejandría todo este mes, tendré oportunidad de obtener, quizá, alguna información más exacta. Ciertamente me han dicho que el Conde es un hombre muy estimado, honrado y justo: no tengo, por tanto, razones bastante sólidas como para creer que haya habido irregularidad por su parte. Claro que es abogado, o una especie de abogado, y si ha gastado de un modo u otro un céntimo en Arvedi, lo habrá metido en cuenta a cargo de los hermanos. Pero volvamos a nosotros.


[25]
Mi viaje a Alejandría fue muy feliz. Sólo desde Trieste a Corfú tuvimos un fortísimo viento en contra, que nos hizo pasarlo fatal a todos los pasajeros a bordo. El resto, después de las islas Jónicas, fue delicioso. Yo me quedé asombrado al contemplar la belleza de las risueñas islas de Grecia, Cefalonia, Zante, Itaca, Candía, y las mil del archipiélago; y mucho más pensando en las grandes glorias que representan.


[26]
Mi admiración se volvió desmesurada cuando llegué a la portentosa ciudad de Alejandría, patria de tantos héroes, tierra que trae tan antiguos recuerdos. Yo tendría mil cosas que decir sobre mi estancia en Alejandría; sobre las costumbres de los musulmanes, de los griegos, de los beduinos, de los coptos, y de tantas otras gentes emigradas que pueblan Alejandría y sus contornos, etc., etc. Pero asuntos y ocupaciones me llaman al trabajo: ya le escribiré algo sobre mis viajes a El Cairo, Asuán, Jartum, Bahar-el-Abiad. Escríbame, y consuéleme con sus noticias. Dé un beso de mi parte a mi querídisima comadre Anita, a quien siempre llevo en el corazón; a Víctor, a Cayetano y a sus otros hijos e hijas; presente mis respetos a D. Battistino y a D. Bartolo, y créame de todo corazón



Su afmo. comp. y amigo

Comb. Daniel



Estoy en perfecto estado de salud; en el mar no tuve la menor molestia, y me encuentro mejor que en Europa cuando hace calor.






13
Sus padres
0
Jerusalén
12.10.1857

N. 13 (11) - A SUS PADRES

ACR, A, c. 14/115 n. 1

Jerusalén, 12 de octubre de 1857

Queridísimos Padres:


 

[27]
Os voy a contar brevemente mi viaje a Palestina, donde estuve cerca de dos semanas. Vosotros no estabais acompañándome con el cuerpo en estos santos lugares; pero yo me hallaba siempre con vosotros con el espíritu, de modo que no avancé un paso sin que me imaginase estar con vosotros en esta peregrinación religiosa. Como sabéis, habiendo salido de Alejandría de Egipto el 29 pasado, y una vez atravesado el mar que separa Asia de Africa al norte de Egipto, y tocado Cesarea, llegamos felizmente a Jaffa, que es puerto importante de Asia, y el primer paso en Palestina, que trae consigo indulgencia plenaria.


[28]
Luego de dar gracias al Señor los dieciséis religiosos en la Iglesia de S. Pedro, con el canto del Te Deum entramos en el convento de los Franciscanos, que nos dieron caritativa hospitalidad. Esta hospitalidad se concede indistintamente a todos los europeos, ya sean católicos o no, y a todos los católicos orientales de cualquier rito; por lo cual a estos conventos vienen a parar príncipes y pobres, seculares y regulares, no habiendo en Tierra Santa ningún hotel ni lugar seguro para acoger a los viajeros; es todo fruto de las pías limosnas de los católicos de Europa que se recogen en Semana Santa.


[29]
Mientras los Padres Franciscanos se ocupaban de encontrarnos un medio de transporte hacia la Ciudad Santa, yo andaba meditando sobre los acontecimientos que han hecho famosa esta ciudad, que es la antigua Joppe de la Escritura. Además era aquí donde Salomón hacía desembarcar de las balsas los cedros del Líbano que debían servir para la construcción del templo; aquí donde el profeta Jonás se embarcó para Tarsis en vez de ir a Nínive a predicar la penitencia; aquí S. Pedro tuvo la célebre misteriosa visión de la sábana; aquí resucitó a la caritativa Tabita; aquí recibió a los enviados de Cornelio, que le invitaban a ir a Cesarea a bautizarle a él y a toda su familia; aquí embarcó la Virgen con S. Juan, cuando navegó a Efeso tras la muerte de J. C.; aquí estuvo algún tiempo S. Luis, Rey de Francia; aquí arribaron tantos miles de Santos que acudían a venerar los Santos Lugares.


[30]
Después de comer, y habiéndonos despedido de los Misioneros que se quedaban en Jaffa y de un príncipe polaco que conocimos en el vapor y con quien almorzamos, nosotros, en compañía de un Misionero de China, otro de las Indias orientales, dos Misioneros de la Compañía de Jesús, y Mons. Ratisbonne de París –que convertido del judaísmo a nuestra fe por obra del Sumo Pontífice en Roma, se dirige a Jerusalén para fundar allí un instituto gratuito de educación cristiana–, a las dos salimos para Ramle con idea de llegar a caballo a Jerusalén por la noche del día siguiente. Yo estaba maravillado al pensar que la primera vez que viajaba a caballo me tocaba recorrer los montes de Judea; por eso, como novato en cabalgar, pedí el caballo más viejo y lento, y pronto estuve agotado.


[31]
Al salir de Jaffa se va unas veces por caminos flanqueados aquí y allá de densas chumberas, que encierran naranjales, limonares, así como plantaciones de granados, de plátanos, de albaricoqueros y otros árboles frutales; otras veces por campos sin ninguna vegetación; otras, por pequeñas colinas revestidas de algún olivo medio abrasado por el sol. Pero siempre bajo un cielo que durante el día cuece con su calor al pobre caminante. Pasados estos lugares, nos encontramos ante los inmensos eriales de los Filisteos, desde los cuales tenemos tiempo de contemplar los montes de Judea, que van a unirse a la izquierda con los de Samaria. Estos ofrecen un triste aspecto a quien creía estar viajando por la Tierra Prometida donde corren la leche y la miel.


[32]
Antes de la noche, en medio de la llanura, nos alcanzaron dos beduinos a caballo armados de lanza y de pistolas; pero al vernos en número mayor, no nos atacaron. Interrogados por nosotros sobre cuáles eran sus intenciones, contestaron que estaban vigilando el camino por orden del gobierno turco, a fin de asegurar el paso a los peregrinos.


[33]
Mons. Ratisbonne, asustado, procuró ganárselos con un generoso bacchiss (propina) de 20 piastras. Avanzada la noche, llegamos a Ramle, según S. Jerónimo, y la Arimatea del Evangelio, patria de José de Arimatea, aquel decurión que pidió a Pilato el cuerpo crucificado de J. C. y lo enterró en un sepulcro nuevo excavado en la roca viva, el cual había preparado para sí mismo en un huerto que poseía en el Gólgota. Esta fue la primera ciudad conquistada por los cruzados en Palestina; era fortísima. Ahora no se ven más que torres derribadas y ruinas antiguas, entre las cuales destaca la torre de los Cuarenta Mártires de Sebaste, y la casa de Nicodemo, en la cual pienso decir misa a mi regreso de Jerusalén.


[34]
Habiendo recibido generosa hospitalidad, a la mañana siguiente sobre las cuatro, salimos de Ramla y, dejada atrás la hermosa y fértil llanura de Sarón, llegamos a las laderas de las montañas de Judea, para cruzar las cuales empleamos todo el día bajo un sol abrasador. Este viaje es, en efecto, muy fatigoso, porque en esas montañas ásperas y escarpadas donde el sol se ensaña continuamente, como son estériles, no hay un árbol a cuya sombra poderse resguardar; y también porque el camino es pésimo, lleno por todas partes de guijarros y salpicado aquí y allá de rocas.


[35]
Pero la idea de que iba a Jerusalén me ponía alas en los pies y en el corazón, y me evitaba sentir el cansancio del viaje. A mitad del camino se encuentran el castillo del Buen Ladrón, el que ganó el paraíso cuando tuvo compasión de J. C. en la cruz; el desierto de Abu-Gosci, un asesino que en este lugar hizo muchas víctimas y al que finalmente mataron; la Iglesia de Jeremías; la cumbre del valle de Terebinto; la ciudad de Colonia, y las ruinas de muchos lugares famosos de las Escrituras. Finalmente, al anochecer, habiendo atravesado cinco cadenas de montañas, llegamos a la vista de Jerusalén. Entonces Mons. Ratisbonne nos hizo desmontar a todos de los caballos y, postrados en tierra, adoramos al Señor y veneramos aquellos santos lugares tantas veces hollados por J. C. Luego, dejados los caballos en poder de los miior, o guías, bajamos a la Ciudad Santa.


[36]
¡Oh, qué gran impresión me hizo Jerusalén! El pensar que cada palmo de aquel sagrado terreno representa un misterio hacía que me temblara el pie, y me traía a la mente estas ideas: aquí quizá estuvo J. C.; aquí, la Virgen María; por aquí pasaron los Apóstoles, etc. Después de cumplir con el Reverendmo. de Tierra Santa, con los Cónsules francés y austríaco, nos retiramos al convento en busca de descanso. La verdad es que estábamos todos reventados por el viaje. Esto me asombraba en los otros Misioneros, que estaban habituados al cansancio. En cuanto a mí, me lo esperaba porque nunca había montado a caballo; y la primera vez que lo hice, me tocó viajar día y medio seguido por las llanuras de los Filisteos y por las montañas de Judea.


[37]
A la mañana siguiente, día 3 del corriente, emprendí la visita de los santos lugares, el primero de los cuales fue el Santo Sepulcro. Este templo, construido por Santa Elena, madre de Constantino, es el primer santuario del mundo porque encierra el S. Sepulcro de J. C., y el monte Calvario, en el que murió. Lleno de estas ideas religiosas, me quedé asombrado al ver el atrio de este templo ocupado por los turcos, que celebran mercado; la puerta y el primer recinto custodiado por los turcos que fuman, comen y se maltratan mutuamente; los griegos y los armenios ortodoxos que gritan, se agarran, se pegan y hacen allí mil irreverencias.


[38]
El templo del Santo Sepulcro comprende: 1.o, el Santo Sepulcro; 2.o, la columna de la Flagelación, que desde la casa de Pilato fue llevada allí; 3.o, la capilla de Sta. Elena; 4.o, la capilla de la Invención de la Cruz, es decir, donde fue encontrada la Cruz, y sacada de entre las de los ladrones crucificados con J. C. mediante el milagro de la resurrección de un muerto; 5.o, la piedra de la Unción, o sea, donde José y Nicodemo ungieron y embalsamaron el cuerpo de J. C. antes de meterlo en el S. Sepulcro; 6.o, la capilla donde J. C. fue crucificado; 7.o, el lugar en que fue alzada la Cruz, donde aún está el agujero que recibió la S. Cruz, por besar la cual, como todos estos lugares que fueron convertidos en capillas, hay indulgencia plenaria; 8.o, el lugar, o capilla, donde estaba la V. M. cuando J. C. se hallaba en la Cruz, y recibió entre sus brazos a su divino hijo muerto; 9.o, la capilla donde estaba la V. M. cuando J. C. fue clavado en la Cruz; 10.o, la cárcel donde estuvo J. C. la noche anterior a su muerte; 11.o, la capilla del reparto de las vestiduras; 12.o, la columna de las Injurias, donde J. C. fue escupido, golpeado, etc., antes de ser condenado a muerte, la cual estaba en el palacio de Caifás y después fue traída aquí; 13.o, la capilla de la aparición a Sta. María Magdalena; 14.o, la capilla donde es tradición que J. C. resucitado se apareció a la Virgen María, como dice S. Jerónimo. Hay indulgencia plenaria cada vez que se visitan estos lugares.


[39]
Este magnífico templo abarca todo el monte Calvario, al que está anejo el sepulcro de S. Nicodemo, el que se hizo excavar después de haber cedido el suyo a J. C. No puedo expresar con palabras la gran impresión, los sentimientos que me produjeron estos preciosos santuarios que recuerdan la Pasión y la muerte de J. C. El Santo Sepulcro me hizo permanecer extático, y decía para mis adentros: ¿Así que aquí estuvo 40 horas Jesucristo? ¿De modo que ésta es la sagrada tumba que tuvo la suerte de encerrar en su seno al Creador del cielo y de la tierra, al Redentor del mundo? ¿Esta es la tumba que besaron tanto santos, ante la cual se postraron tantos Monarcas, tantos Príncipes y obispos en todos los siglos después de la muerte de J. C.?


[40]
Yo besé y volví a besar de nuevo muchas veces esa sagrada tumba, me postré repetidamente para adorarla, y sobre esa tumba, aunque indigno, recé por vosotros, y por nuestros queridos parientes y amigos. Y tuve el consuelo de celebrar dos misas: una por mí, por vosotros y por mi misión; la otra por vosotros dos, queridísimos padres.


[41]

Después de esta visita, que fue breve la primera vez porque me echó fuera un griego ortodoxo, subí al monte Calvario treinta pasos más arriba del S. Sepulcro; besé aquella tierra sobre la que estuvo la cruz, sobre la que fue tendido y clavado J. C.; recordé el momento doloroso en que en este lugar, señalado con una lápida de mármol en mosaico, le estiraron y descoyuntaron los brazos a J. C. para que las manos llegasen al agujero de los clavos en que fue crucificado, y quedé con el corazón conmovido por muchos sentimientos de compasión, de amor, etc.
 


[42]
A un paso y medio del lugar de la crucifixión, a la izquierda, se halla el sitio donde estuvo la V. M. cuando J. C. gemía en la Cruz; también esto me hizo gran impresión. Después, a dos pasos de distancia de este lugar, estuve en el punto donde fue enarbolada la Cruz, y cuando el Superior de los Franciscanos del S. Sepulcro me dijo que ése era el hoyo donde fue plantada la Cruz, rompí a llorar copiosamente y tuve que alejarme por un momento. Luego, cuando los otros hubieron besado, me acerqué yo también y besé muchas veces ese hoyo bendito. Y me vinieron a la mente estos pensamientos: ¿Así que esto es el Calvario?


[43]
Ah, aquí está el monte de la mirra; aquí, el altar de la Cruz donde se consumó el gran sacrificio. Me encuentro sobre la cumbre del Gólgota, en el lugar mismo en que fue crucificado el Hijo Unigénito de Dios: aquí se produjo el rescate de la humanidad, aquí fue sojuzgada la muerte, aquí fue vencido el infierno, aquí he sido yo redimido. Este monte, este lugar enrojeció con la sangre de J. C.; estas peñas oyeron sus postreras palabras; este ambiente recibió su último aliento. A su muerte se abrieron los sepulcros, se rajaron los montes: a pocos pasos de distancia de donde fue enarbolada la Cruz se muestra una enorme grieta de una profundidad incalculable, sobre la cual hay constante tradición de que se produjo a la muerte de J. C.


[44]
Igualmente veneré la columna de la Flagelación, la piedra de la Unción, la prisión de J. C., la columna de las Injurias, la capilla de la Invención de la Cruz, etc. Y por deciros algo del templo del Santo Sepulcro, éste está en poder de los turcos, los griegos ortodoxos, los armenios ortodoxos y los Padres Observantes Franciscanos.


[45]
Los turcos tienen las llaves del templo, que abren, a petición del intérprete europeo al servicio de los católicos y de los ortodoxos, dos veces al día; esto es, a las 6 de la mañana, quedando abierto hasta las 11, y a las 3, permaneciendo abierto hasta las 6; y para que lo abran, hay que dar al portero turco, por orden del gobierno turco, dos piastras, que equivalen a 60 céntimos. Los turcos no se ocupan más que de la guardia y de las llaves del templo. El Santo Sepulcro está en manos de los griegos ortodoxos y de los armenios uniatas; los católicos no pueden decir allí más que tres misas, una de ellas cantada, y éstas desde las cuatro a las seis. Si a las seis no ha terminado la misa cantada, entran en el Sepulcro los griegos, y a puñetazos y palos echan de allí al Sacerdote celebrante, haya acabado o no la misa, razón por la cual tantas veces en el Santo Sepulcro fueron heridos e incluso muertos los Sacerdotes Católicos.


[46]
En el Calvario, la capilla donde fue levantada la Cruz es dominio exclusivo de los griegos ortodoxos, y allí ningún católico puede celebrar misa, so pena de muerte; el lugar donde estuvo la Virgen María, situado dos pasos y medio a la izquierda del hoyo, y el lugar de la Crucifixión, que dista un paso y medio de la cap. de la Virgen, a tres pasos y medio del Sdo. hoyo, son dominio exclusivo de los católicos, y aquí celebré dos misas: la primera en el lugar donde estuvo la Virgen en las tres horas de la agonía, la celebré por ti, querida madre; la segunda, en el lugar de la Crucifixión, la celebré por ti, querido padre.


[47]
En la capilla situada donde María estuvo cuando tendían y clavaban a J. C. en la Cruz, que está a cinco pasos a la izquierda del hoyo de la Cruz, celebré por Eustaquio, el tío José, César, Pedro y toda su familia, especialmente por Eugenio, para que M.a Sma. le proteja en su peligrosa educación. Todos los otros lugares se hallan en manos de los católicos, pero todos están abiertos a la veneración tanto de los griegos como de los católicos. Por eso los PP. Franciscanos todas las tardes a las cuatro hacen procesión, rezan oraciones en público e inciensan en el Santo Sepulcro, en el Calvario y en todos los lugares mencionados; y en esta procesión intervine yo también, y como sacerdote me ofrecieron la vela del Santo Sepulcro; la cual os mando dividida en tres partes, como os diré más adelante.


[48]
Para celebrar la misa en el S. Sepulcro estuve encerrado en el templo dos noches enteras, a fin de estar listo a las cuatro para decir la misa; y esas dos noches gocé mucho, porque tuve ocasión de venerar todos los Santuarios de este Santo templo, y de derramar mis plegarias, muy indignas pero fervientes, por mi misión, por vosotros y por todos los que de algún modo me son allegados.

Es verdad que aquí se corre el riesgo de recibir algún insulto especialmente por parte de los griegos, que nos son más hostiles que los turcos; pero ¿qué representa un insulto en este lugar donde J. C. recibió tantos y fue crucificado? De todas formas, el templo del S. Sepulcro, que es el primer Santuario del mundo, es también el más profanado; aquí cada año se producen muertos y heridos; todos los días hay gritos, escándalos y peleas; e incluso los griegos, cuyos sacerdotes son casados, consuman el matrimonio junto al Sepulcro y el Calvario, y cometen las más enormes irreverencias –que callo por pudor, y que no puedo expresar con palabras–, de las que nadie puede hacerse idea sin haberlas visto con sus propios ojos. Pero basta.


[49]
Visitado el S. Sepulcro y el Calvario, mi primer pensamiento fue visitar y recorrer la Vía Dolorosa, que comienza en el Pretorio de Pilato y termina en el Calvario: éste es el camino que anduvo J. C. después de ser condenado a muerte y por donde llevó la Cruz al Gólgota. En él hice el Via Crucis, deteniéndome a rezar las estaciones, como aquella que comienza con la palabra Crucifigatur, en los mismos lugares en que tuvieron lugar los 14 misterios que figuran en el Via Crucis. El recorrido es de unos 820 pasos. El Pretorio de Pilato, que está situado en el monte Acra, fue primero convertido en iglesia y luego en un cuartel de soldados, finalidad a la que sirve todavía hoy; se puede visitar, previa propina a la guardia. En este Pretorio vi el sitio donde J. C. fue condenado a muerte; el lugar donde fue flagelado; y aquí celebré misa por mi Misión, por mí, por vosotros y por nuestros parientes, finalidad a la que apliqué todas las otras misas celebradas en Tierra Santa.


[50]
Vi el Lithostrotos y todos los lugares donde sufrió J. C. en este palacio. Ahora está dividido en las siguientes partes: 1.o, el sitio donde J. C. fue sentenciado a muerte; 2.o, la Sala de las Injurias, en la cual J. C. fue acusado de blasfemo, facineroso, rebelde al César, usurpador del nombre de Dios (¡Cuántas acusaciones, ignominias, calumnias, humillaciones, vituperios, insultos y tormentos no tuvo que aguantar aquí J. C.! Aquí le ensuciaron el rostro de escupitajos, le despojaron de sus vestiduras y le cubrieron con un mal andrajo de púrpura; aquí le condenaron a los más crueles azotes, le coronaron de agudísimas espinas, le pusieron entre las manos una caña en vez de un cetro real, le saludaron como rey en plan de burla, y le postergaron con respecto a Barrabás); 3.o, el palacio de Pilato, que comprende la Iglesia de la Flagelación, es decir, el sitio donde el Señor fue atado a una columna y fue cruelmente azotado; 4.o, el Lithostrotos, o sea, la galería desde la que Pilato presentó al pueblo a Jesús coronado de espinas y cubierto con un harapo de púrpura, pronunciando las palabras Ecce homo; esta galería atraviesa ahora la Vía Dolorosa a modo de puente, y forma parte de un cuartel. Desde este palacio salí a hacer el Via Crucis: se baja desde aquí a la calle, donde se hace la segunda estación, esto es, cuando J. C. recibió la Cruz sobre los hombros. La escalera que desde el Pretorio de Pilato conduce a la calle fue llevada a Roma.


[51]
Siguiendo la Vía Dolorosa se llega al lugar de la primera caída, que está marcada por dos columnas tumbadas en el suelo. Dos pasos más adelante está la Iglesia del Espasmo, que fue levantada en el punto donde la Sta. Virgen. encontró a su divino Hijo con la Cruz al hombro. Los turcos la han convertido en unos baños. Hasta aquí el camino es llano; comienza a ser empinado en el lugar donde el Cirineo ayudó a J. C. a llevar la cruz.


[52]
La casa de la Verónica está señalada por una puerta, que lleva a un establo. Se dice que es donde ella vivía, pero los autores más críticos afirman que es el sitio donde la Verónica secó a Jesús el rostro. Un poco más adelante se llega a la puerta judicial, que lleva al monte Calvario, el cual en tiempos de Xto. se hallaba unos cuatrocientos pasos fuera de Jerusalén, mientras que ahora está dentro. Por esta puerta pasó J. C. cuando fue a morir por nosotros; y precisamente se llama judicial porque por ella pasaban los condenados a muerte. En esta misma puerta fue fijada la sentencia de muerte dictada contra él por Poncio Pilato. Fue derribada muchas veces; sin embargo, todavía se conserva aquí una columna de la que se mantienen en pie varios codos al lado de la puerta, a la que es tradición que fue fijada la inicua sentencia.


[53]
El lugar de la segunda caída no se conoce con precisión; por eso se hace esta estación del Via Crucis entre la puerta judicial y el sitio donde encontró a las mujeres de Jerusalén, que está a cien pasos de la puerta judicial. La tercera caída ocurrió diez pasos antes del sitio de la Crucifixión, y está marcada por un peñasco de la roca del Calvario, al que por desprecio de los cristianos escupen los musulmanes.

Las otras estaciones se hacen dentro del templo, en el Calvario, como podéis deducir de lo que os dije del Calvario. Este Via Crucis –me dijeron en Jerusalén los PP. Franciscanos– lo hizo el Archiduque Maximiliano, Gobernador del Reino Lombardo-Véneto; y lo hizo de rodillas, derramando lágrimas de ternura, con edificación de todo Jerusalén.


[54]
Después de la Vía Dolorosa fuimos a visitar el monte Sión, en el que se encuentra el Santo Cenáculo. ¡Qué sublime es el monte Sión! Sublime por su excelsa posición, sublime por sus profundos misterios. Está situado al suroeste de Jerusalén, y domina el valle Gehena, la Aceldama y el valle de los Gigantes. Fue al monte Sión donde David transportó el Arca del Testamento desde la casa de Obededón. Aquí J. C. celebró su última Pascua, lavó los pies a sus Apóstoles e instituyó el Santísimo sacramento de la Eucaristía; aquí ordenó los primeros sacerdotes y los primeros obispos de su Iglesia.


[55]
Era en este monte donde se encontraba el palacio de Caifás, al que fue conducido Jesús la noche de su captura; aquí Pedro negó tres veces a su divino Maestro, se estremeció al cantar el gallo y lloró amargamente su culpa; aquí el Señor pasó su última noche en el fondo de un calabozo; aquí fue acusado de falsos testimonios, tachado de blasfemo, escupido en la cara, y abofeteado, y juzgado reo de muerte; y luego de haber sido crucificado, aquí apareció por primera vez, después de su Resurrección, a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, y les confirió el poder de perdonar los pecados, instituyendo el sacramento de la Penitencia; aquí se les volvió a aparecer, estando ellos con las puertas cerradas, al cabo de ocho días, e hizo tocar sus sacratísimas llagas al incrédulo Tomás; aquí hizo su última aparición en la tierra antes de subir al cielo en el día de la Ascensión.


[56]
Fue al monte Sión adonde volvieron los discípulos después de haberle acompañado en su glorioso viaje hasta la cima del monte de los Olivos; aquí perseveraron todos en la oración durante más de diez días a fin de prepararse dignamente para recibir al Divino Paráclito, el Esp. Santo; aquí se sumó Matías al colegio apostólico en lugar de Judas traidor; aquí, al finalizar los días de Pentecostés, bajó sobre ellos el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego; aquí fueron elegidos los primeros siete diáconos; aquí se celebró el primer Concilio de la Iglesia, presidido por S. Pedro; aquí fue nombrado Santiago el Menor primer Obispo de Jerusalén; aquí los Apóstoles se repartieron entre ellos el mundo que debían evangelizar; aquí, según la más acreditada opinión, tuvo lugar el tránsito de la Virgen desde esta a la otra vida; aquí descansaron durante mucho tiempo los huesos del Protomártir S. Esteban; aquí, finalmente, duermen el sueño de la muerte muchos cristianos de Jerusalén y muchos mártires de la Iglesia que en este lugar dieron testimonio con su sangre de la divinidad de nuestra Religión.


[57]
Visité casi todos los lugares notables que hay en el monte Sión, y el primero de ellos fue el Sacrosanto Cenáculo, donde instituyó J. C. el Sacra-mento de la Eucaristía; está cerca de la tumba de David, la cual con su parte superior llega al Cenáculo. Este sublime Santuario lleva ya tres siglos en poder de los musulmanes, que lo utilizan de dormitorio para los soldados. No se puede entrar en él; pero nosotros, con buenas maneras y generoso bacshish, entramos con un Misionero de Tierra Santa; y yo pude adorar aquel sagrado legado de la antigüedad; eso sí, sin descender por debajo del mismo a ver la tumba de David, porque hay pena de muerte para el que entra en ella; no pude celebrar la misa, por no correr el riesgo de recibir el simpático beso de algún pistoletazo musulmán, que me habría sido tan grato. Hay indulgencia plenaria en el Cenáculo.


[58]
Otras indulgencias se obtienen en otros lugares del mismo Cenáculo y fuera: donde fue preparado el cordero pascual para la Cena del Señor; donde J. C. lavó los pies a sus Apóstoles; donde bajó el Espíritu Santo sobre ellos; en lo alto del Sepulcro de David que da al Cenáculo; en el lugar donde cayó la suerte sobre S. Matías; donde Santiago Apóstol fue elegido obispo de Jerusalén; donde los Apóstoles se dividieron para predicar el Evangelio por todo el mundo. Todo esto se obtiene en el Cenáculo.


[59]
Visité también el palacio de Caifás; casi por completo derruido, ha sido reconstruido por los turcos. Y aquí hay cuatro indulgencias, a saber: en el lugar donde el Señor pasó preso su última noche; donde Pedro renegó de él, donde este Apóstol oyó el canto del gallo, y donde se quedó la Virgen después de saber la detención de su divino Hijo. ¡Oh, cuántos insultos e ignominias tuvo que aguantar J. C. en este palacio! Luego de ser negado por Pedro, escupido, vendado en los ojos, etc., aquí los mismos que le habían pegado le pedían que adivinara quién de ellos lo había hecho, etc., etc.

Del palacio de Caifás se va adonde fue trasladado el cuerpo de S. Esteban; al sitio donde es tradición que S. Juan Evang. celebró el sacrificio de la Misa en presencia de la Virgen; al lugar donde vivió Nuestra Señora por algún tiempo después de la Ascensión de J. C. al cielo (hay indulgencia plenaria); y adonde después de su vuelta de Efeso con S. Juan, y ya muerta, los judíos intentaron apoderarse del cuerpo cuando la llevaban a enterrar. Pocos pasos más adelante está el palacio de Anás, donde J. C. recibió aquella terrible bofetada de una mano reforzada de hierro.


[60]
Qué sentimientos despertaron en mí estos sagrados lugares, ahora tan profanados, sólo Dios y los que visitan Jerusalén lo pueden comprender. Se encuentra también en Jerusalén la iglesia de S. Salvador, donde residen los PP. Franciscanos, la cual tiene tres antiquísimos retablos que fueron trasladados aquí desde el Cenáculo después de que éste se convirtió en cuartel de los turcos.


[61]
El palacio de Herodes está sobre el monte Abisade; aunque casi destruido, lo vi de buena gana porque recuerda la Pasión de Nuestro Señor. Además de estos lugares, en Jerusalén visité la cárcel adonde fue llevado Pablo cuando apeló al César; la iglesia de Santiago, que es una de las más espléndidas de Jerusalén: está en poder de los Armenios ortodoxos, y en ella me fue enseñado el lugar donde degollaron al Apóstol por orden del Rey Agripa. También fui a la casa de María madre de Juan Marcos, que está en poder de los sirios ortodoxos, y que es célebre porque se venera en ella el lugar adonde acudió S. Pedro cuando fue liberado de la prisión por el Angel.


[62]
Entré también en la cárcel donde encerraron a S. Pedro por orden del Rey Agripa; y fue precisamente aquí donde en el profundo silencio de la noche fue liberado por el Angel. Los cristianos de los primeros siglos la habían convertido en iglesia. Ahora quedan bastantes de aquellas construcciones, que sirven de taller a unos curtidores de pieles, y de donde sale tal olor que sólo gracias al espíritu religioso es posible entrar allí. La casa del Fariseo está situada en el monte Abisade: consiste en los muros de una iglesia dedicada a Sta. María Magdalena en memoria de su conversión, que tuvo lugar en dicha casa; ahora está en poder de los turcos.


[63]
El templo de la Presentación de la Virgen fue levantado en memoria de este misterio en el sitio donde Salomón hizo edificar el palacio con madera de los bosques del Líbano; ahora está convertido en mezquita. Pero ¿qué decir del templo del Señor? Fue construido en el mismo sitio que ocupó el templo de Salomón, y de él no queda ni una piedra: se indica, no obstante, el lugar preciso donde estaba, y hay allí indulgencia plenaria. Sobre él edificó un magnífico templo el califa Omar, segundo sucesor de Mahoma, después de la conquista de Jerusalén. En el siglo xi los cruzados lo convirtieron en una iglesia; pero Saladino lo declaró de nuevo mezquita (templo de Mahoma), y así continúa hasta hoy. Es el más majestuoso edificio que hay en Jerusalén, y es de estilo árabe. Está prohibido entrar en él bajo pena de muerte, porque además de ser de Mahoma encierra todavía el serrallo de las concubinas del Bajá de Jerusalén.


[64]
Yo pude pasar todo el atrio con dos Padres Misioneros de la Compañía de Jesús; pero enseguida salimos huyendo al ver a los soldados armados, a pesar de que íbamos acompañados de un fornido musulmán. Bajo el templo de Salomón está la piscina Probática, que es uno de los restos más antiguos que existen en Jerusalén: data nada menos que de los tiempos de Salomón. Está en muy mal estado de conservación, pero basta su simple nombre para recordar la prodigiosa curación de aquel paralítico que yacía postrado desde hacía ya 38 años, y que fue curado aquí por el Redentor.


[65]
Antiguamente servía para lavar las víctimas que se debían ofrecer en el templo. En la actualidad crecen en ella altas chumberas y otros arbustos. Comunica con el templo de la Presentación de la Virgen, que os he citado antes; en el cual hay piedras de desmesuado tamaño que seguramente sirvieron, según eruditos escritores de Tierra Santa, para las murallas de la antigua Jerusalén. Los judíos acuden a llorar junto a estas piedras cada viernes hacia la puesta del sol, lo cual es un espectáculo digno de verse.

Estos son los lugares notables que he visitado en Jerusalén. Hay otros muchos; pero a algunos de ellos, muchos reverendos devotillos [¿santurrones ?] les quieren dar celebridad, y como no creo que la merezcan, porque no he sabido que haya mucho fundamento para ella, prefiero pasarlos por alto. A los que os he descrito, y que os describiré, les doy todo crédito, al basarse su autenticidad en la más antigua tradición reconocida por los más grandes autores y por el oráculo de la Iglesia, que otorga indulgencia plenaria cada vez que se visitan.


[66]
Ahora salgamos de Jerusalén, y contemplad conmigo los lugares dignos de la consideración de un cristiano. Y primero, saliendo por la puerta de S. Esteban al este de Jerusalén, se deja a 40 pasos a la izquierda la puerta Aurea, que está encerrada con un muro. Se llama la puerta Aurea por excelencia en memoria de la solemne entrada que hizo por ella J. C. el día de Ramos.


[67]
También Heraclio, después de vencer a Cosroes Rey de Persia, entró por esa puerta con el conquistado madero de la Cruz. Es la más bella y arquitectónica que existe en Jerusalén; yo no he visto nunca una mejor. Pero los turcos la han encerrado y tapiado, porque existe entre ellos una antigua tradición de que los francos (así llaman en Oriente a los europeos) conquistarían Jerusalén y entrarían triunfantes por esa puerta. Luego, bajando en el valle (de Josafat) por la ladera del monte Moria, antes de llegar al final del descenso hay una roca muy informe, donde fue lapidado S. Esteban; trece pasos más arriba se halla el lugar donde estaba Saulo (que luego fue el Ap. S. Pablo) custodiando la ropa de los lapidadores; y a mano izquierda se muestra el lugar donde la Emperatriz Eudoxia hizo edificar un templo al glorioso Protomártir. Una vez en el fondo del valle, se pasa el torrente Cedrón, que divide el valle de Josafat, y se entra en Getsemaní.


[68]
Yo eché una mirada a este valle, y con ella lo recorrí a lo largo y a lo ancho varias veces. ¿Será aquí –me decía a mí mismo– donde seré juzgado un día por el eterno Juez? ¿Aquí se congregarán todos los pueblos de la tierra el día final? ¿Aquí se dictará la inapelable sentencia de eterna vida o de eterna muerte para todos los que fueron, son y serán? ¿Aquí la tierra abrirá sus profundos abismos para tragarse a los réprobos destinados al infierno, y desde aquí volarán los elegidos al cielo?


[69]
¡Oh valle! ¡Terribilísimo valle! Se extiende entre el monte de los Olivos y el Moria, y recorrerlo a lo largo no lleva ni un cuarto de hora; empieza en el Sepulcro de la Virgen y va a terminar en la tumba de Josafat Rey de Judá, que se conserva intacta porque está excavada en la roca viva. El valle de Josafat es recorrido por el ahora seco torrente Cedrón, y está todo lleno de ruinas de Jerusalén. Su longitud mayor es, más o menos, el alcance de un tiro de escopeta.


[70]
Al norte de este valle está el sepulcro de la Virgen, el cual forma parte de Getsemaní. Este sepulcro es un templo casi todo bajo tierra, al que se desciende por una majestuosa escalera de 47 escalones. En este sepulcro estuvo la Virgen María tres días, antes de su asunción al cielo en cuerpo; ya sabéis lo de los Apóstoles y de Tomás, que no tuvo la gracia de ver muerta a María. El sepulcro es aproximadamente como el de J. C. , y está en poder de los griegos ortodoxos, que celebran cada día largos oficios. En este mismo templo subterráneo están todavía los sepulcros de S. José, Sta. Ana y S. Joaquín, en los que hay indulgencia parcial para quien los besa, mientras que el de la Virgen otorga indulgencia plenaria.


[71]
Pasado este lugar, y adentrándose en Getsemaní, se encuentra la gruta de la agonía, llamada así porque allí se retiró el Señor a rezar al Padre Eterno la noche anterior a su muerte, y se sintió oprimido por tan mortal tristeza que entró en agonía y sudó sangre. A un tiro de piedra de esta gruta se halla el huerto de Getsemaní propiamente dicho. Tanto la gruta de la Agonía como el Sepulcro de la Virgen, y otro lugar que os diré, pertenecen a Getsemaní; pero los frailes han cerrado con muro parte de Getsemaní, que ellos llaman el huerto de Getsemaní, para proteger ocho olivos antiquísimos, cuyos troncos es tradición que existían en tiempos de J. C. Yo no sé si será verdad; lo cierto es que tienen un tronco más […] veces mayor que el de nuestros olivos.


[72]
El lugar donde el Señor se separó de sus Apóstoles está señalado fuera del perímetro de Getsemaní propiamente dicho; igualmente, a siete pasos de distancia, está el sitio donde Judas traicionó a J. C. con un beso. Volviendo luego al valle, casi al fondo, y caminando por la orilla del seco torrente Cedrón, se ve la huella de una rodilla impresa sobre una dura peña en medio del lecho del torrente. Se dice que esta huella la dejó J. C. la noche de su arresto cuando, apresado en el huerto de Getsemaní y conducido a golpes por los soldados, cayó en dicho lugar. Para quien besa esta huella de la rodilla de Jesús hay indulgencia plenaria, como también es plenaria en el huerto de Getsemaní y en la Gruta de la Agonía, donde yo celebré Misa en el mismo sitio en que J. C. sudó Sangre; allí hay un bellísimo altar, y lo tienen los católicos.


[73]
A pocos pasos de distancia de la huella de la Rodilla de Jesucristo hay una cueva muy grande, a la que se retiró Santiago Apóstol tras la muerte del divino Maestro, con el firme propósito de no comer ni beber hasta que no le hubiese visto resucitado. Antes de llegar a esta cueva está el sepulcro del Rey Josafat, que es de una sola pieza, y que es como la iglesia de S.Roque de Limone; también el sepulcro del rebelde Absalón, que él se hizo construir en vida con la esperanza de ocuparlo muerto; pero se equivocó. Es una maravilla; yo estuve en medio de él. Luego está la urna de Zacarías, y mil lápidas sepulcrales que guardan las cenizas de aquellos infelices judíos que de todas partes del mundo vinieron a terminar sus días a Jerosolima, a fin de que sus huesos descansaran a la sombra de ese templo que no existe, ni existirá nunca más que en su imaginación.


[74]
Todas estas cosas se hallan en el valle de Josafat, que está al pie del monte de los Olivos. ¡Oh querido monte que tienes tan poco de olivar, qué espléndida vista se goza desde tu elevada cumbre! ¡Qué consoladores son los misterios donde todo está señalado! Este monte fue oratorio del Señor, cátedra de sus divinas enseñanzas, testigo de sus oráculos sobre Jerusalén, y le sirvió de escalera para subir al cielo. Ahora yo os voy a llevar casi de la mano a contemplarlo con vuestra imaginación, pues es digno de la contemplación de un ferviente cristiano.


[75]
El monte de los Olivos se eleva al este de Jerusalén en frente del Moria, con el que domina el valle de Josafat. Salvado, pues, el torrente Cedrón junto al Sepulcro de la Virgen, y después de pasar rozando al norte el huerto de Getsemaní, se encuentra al principio de la subida una peña durísima, la cual recuerda el lugar donde se sentaba triste y meditabundo el inconsolable Tomás, cuando la divina Madre, ya asunta en el cielo, le echó su cíngulo, como narran, entre otros, Nicéforo, y Juvenal, obispo de Jerusalén.

Alcanzada la media ladera del monte y avanzando a mano derecha un tiro de fusil, se llega al lugar donde J. C. lloró por Jerusalén, el cual está marcado por una torre derruida que fue en tiempos la del campanario de un gran templo aquí levantado en memoria del llanto que derramó J. C. por la prevaricadora Jerusalén. Desde este lugar se ve toda Jerusalén. Yo la contemplé. ¡Oh, qué desolada, triste y agonizante me pareció esta ciudad que era la más famosa del mundo! ¡Oh, cómo ha perdido su belleza esta hija de Sión! Ha caído en tanta desolación que mueve al llanto a los corazones más duros, al pensar en lo que era en tiempos de la Redención.


[76]
Subiendo un poco más, vi una cueva horadada en la roca dentro de las entrañas del monte de los Olivos, que sirve de vestíbulo a una fila de sepulcros subterráneos llamados de los Profetas. Más arriba de estos sepulcros vi el lugar donde estaba sentado J. C. cuando predijo a sus discípulos las muchas tribulaciones, las guerras sangrientas, las persecuciones de todo tipo y la aboninación y desolación que precederían al último día, el del Juicio Universal. Me detuve aquí por un instante, y contemplando el aspecto del subyacente valle de Josafat, me imaginé el imponente espectáculo que ofrecerá todo el género humano reunido en ese valle para recibir la sentencia final. Cincuenta pasos antes de llegar a la cima está el lugar adonde se retiraron los Apóstoles a componer el Credo antes de dispersarse por el mundo; en este lugar hay una cisterna, dentro de la cual había excavadas doce hornacinas, en memoria de los doce Apóstoles reunidos.


[77]
A poca distancia se encuentra el sitio donde J. C. enseñó el Padrenuestro a los doce Apóstoles, y donde en tiempos hubo una iglesia. Finalmente he llegado a la cumbre del monte de los Olivos; pero ¿dónde está el sitio desde el que J. C. subió al cielo? Aquí hay muchas casitas pobres y en medio un templo bastante bien conservado. En medio de este templo está el lugar de la Ascensión.

Mediante generosa propina, un santón turco nos abrió la puerta de un patio, en mitad del cual está este templo sin puertas. En el suelo vi un pequeño cuadrado hecho de piedra, que rodea a un duro peñasco en el que está impresa la planta del pie izquierdo de un hombre, la cual mira a occidente: esta huella la dejó J. C. cuando subió al cielo. Yo besé y volví a besar reverentemente este último vestigio que imprimió en la tierra el divino Redentor, para obtener la indulgencia plenaria que lleva consigo. A setenta pasos de este lugar, caminando por la cima del monte de los Olivos, visité el lugar llamado Viri Galilei, que corresponde al sitio donde estaban los Apóstoles cuando volviendo de ese monte, y habiéndose quedado extáticos mirando al cielo, se les apareció un Angel.


[78]
Por el otro lado, a la derecha, está Betfagé, pueblo en ruinas situado en el lugar donde el Señor mandó a sus discípulos que desataran el pollino que estaba atado junto a un castillo cercano, para hacer su entrada triunfal en Jerosolima el día de Ramos. Desde aquí se contempla perfectamente el monte donde J. C. ayunó cuarenta días, la vastísima llanura de Galgala, el río Jordán, el mar Muerto, donde se hallaba la Pentápolis, el monte de los Francos, las alturas de Ramatzaim Sophim (Jericó), y muchos otros lugares famosos en la Escritura, que luego visitaré más de cerca.


[79]
Quería mandaros una botella de agua del Jordán con los rosarios; pero como no os llegan éstos hasta un mes después de Pascua, como os diré más adelante, y se pudriría, cambio de idea y se la llevo a uno de Alejandría que me pidió una botellita.

Tomando ahora el camino del sepulcro de Josafat hacia el sur de Jerusalén se llega a la Piscina de Siloé, famosa porque J. C. curó en ella al ciego de nacimiento; yo bebí de ella, y admiré el flujo y reflujo de sus aguas sin lograr entender en absoluto el porqué. No muy lejos de la Piscina de Siloé subí por las raíces de una antiquísima morera situada en medio del camino, que indica el sitio donde fue serrado por la mitad el profeta Isaías con una sierra de madera por orden del Rey Manasés.


[80]
Veinte pasos más abajo de este lugar vi el pozo de Nehemías, que tiene más de 300 pies de profundidad y un agua fresquísima. Se llama así porque Nehemías, después de la esclavitud de Babilonia, hizo sacar de este pozo agua densa, con la que asperjó la leña y las víctimas ya puestas sobre el altar para el Sacrificio, las cuales se encendieron prodigiosamente al aparecer el sol, como dice la Escritura.


[81]
En este pozo escondieron los sacerdotes el fuego sagrado cuando la destrucción de la Ciudad Santa por Nabucodonosor. Aquí el valle de Siloé se une con el de Ben Hinnom, que es la Gehena del Evangelio. Este valle, oscuro, profundo, solitario, triste y melancólico, pavoroso, que Jesucristo hizo símbolo del Infierno, yo lo recorrí entero, y vi el sitio donde fue erigido aquel ídolo de bronce, Moloc, en lo alto del cual había un agujero donde se echaban los niños vivos para abrasarlos en honor a Moloc. En este valle hay bodegas cavadas en la roca viva, donde se escondieron los Apóstoles cuando vieron a su divino Maestro hecho prisionero en el huerto de Getsemaní.


[82]
Después fui a la Aceldama, que es aquel campo que fue comprado con el precio de la sangre de J. C. Comprende el espacio suficiente para dos olivos. Saliendo por la puerta de Efraín se encuentra la cueva de Jeremías, adonde se retiró el compungido Profeta después de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor, a llorar sobre las palpitantes cenizas de su querida ciudad, y llorando compuso esas patéticas lamentaciones y profecías que se leen en Semana Santa.


[83]
Debajo de ella se halla la cárcel del mismo Jeremías: una cisterna, donde es tradición que fue arrojado el Profeta por orden del Rey Sedecías en castigo por haber hablado libremente al pueblo de Israel de parte de Dios. Dirigiéndome a occidente subí el monte Gión, memorable porque sobre él fue ungido y consagrado el Rey Salomón. Descendiendo luego detrás de la muralla de Jerusalén se ve una alberca muy grande y magnífica, de 240 pasos de largo, 105 de ancho y 50 de profundidad, toda cavada en la roca viva. Se llama todavía Piscina de Betsabé, porque Salomón la construyó en honor de ella y para su servicio.


[84]
Muchas otras cosas os podría contar de Jerusalén y sus contornos; pero ya basta, porque estoy cansado de escribir. Os he citado sólo algunos monumentos religiosos autentificados y confirmados por la Iglesia, que ha hecho de todos los que os he descrito fuentes de las indulgencias más amplias. Jerusalén, ahora, no es mayor que dos veces Brescia; sus calles son estrechas, empinadas, sucias, lamentables; es sede de muchos Obispos ortodoxos de un Bajá turco, y del Patriarca, que nos acogió muy gentilmente; está fortificada, más que Verona, y permite hacerse una gran idea de lo que fue en tiempos.


[85]
Hay allí ochenta Misioneros católicos, y más de cien entre griegos y armenios ortodoxos. Ahora se han introducido los rusos protestantes y los judíos; los primeros tienen hasta un obispo. En medio de esta confusión de cultos no se puede hacer nada por la conversión; porque si se trata de los turcos, hay pena de muerte para quien intenta convertirlos; y los otros herejes, con la profusión de dinero, impiden que sus seguidores se hagan católicos. Por lo cual algunos desdichados católicos, cuando no pueden conseguir de los Misioneros el dinero o la manutención que quieren, tratan de hacerse protestantes, como sucedió este año.

Todos los católicos de Palestina son pobres; y la mayor parte son mantenidos por los conventos de los Franciscanos. Más adelante os hablaré de algunos otros lugares que he visitado en Palestina y que merecen vuestra atención y consideración.



(Daniel Comboni)






14
Eustaquio Comboni
0
Jerusalén
21.10.1857

N. 14 (12) - A EUSTAQUIO COMBONI

AFC

Jerusalén, 12 de octubre de 1857

Mi querido primo:


 

[86]
¡Oh, me parece que hace mil años que no hablo, que no converso contigo, de ti, de Eugenio y de mis queridísimos primos! ¡Cuántas veces entre el bramido de los vientos y el fluctuar de las olas siento un peso en el corazón de tan separado como estoy de vosotros! ¡Cuántas veces, ascendiendo por las abruptas y escarpadas montañas de Judea, me venía el recuerdo de cuando contigo, con el querido Eugenio y con Herminio, etc. subíamos por las pendientes de Dalco y por los amenas rocas de Prealzo! Ahora me encuentro en la Ciudad Santa y me digo a mí mismo: ¡Oh si tuviese aquí esos seres queridos, que me son allegados mediante los vínculos más sagrados de la sangre! Por cierto, a Eugenio, cuando le escribas, no te olvides de recomendarle lo que le dije antes de marchar. Si me queda tiempo, quiero escribirle.


[87]
Has de saber que en el monte Calvario he celebrado misa por ti, por Eugenio, por el Tío y por toda la familia que se denomina Hermanos Comboni, y la dije en el sitio donde estaba la Virgen María cuando su divino Hijo era tendido y clavado en la Cruz; igualmente tuve el gusto de hacer el Memento por todos vosotros, y especialmente por Eugenio, en todos los Santuarios de Jerusalén y de Belén, y en cada lugar de Tierra Santa, por lo cual ya no podré en el futuro olvidarme de vosotros cuando celebre. Y esto no es porque tengáis que dar mucha importancia a mis plegarias, pues sabéis que soy bien insignificante ante Dios; os lo digo para obligaros a rezar algún Avemaría por mí, y especialmente por el éxito de mi Misión. Os llegarán desde Jerusalén, después de Pascua, unos recuerdos que mando para ti, para Herminia y para todos los demás.


[88]
Ahora, ¿qué he de decirte? Es mi gran deseo, mi querido y amable Eustaquio, que tú y todos mis primos, etc. os apliquéis a salvar el alma. Dios te ha bendecido abundantemente haciendo prosperar tu casa; Dios te ha concedido también un buen número de hijos a los que educar y encaminar por la senda de la virtud; Dios igualmente te dio una madre, mi queridísima difunta tía Paula, que desde que naciste te enseñó buenos principios religiosos, por lo cual entre los comerciantes te distingues por tu honradez, justicia y rectitud.


[89]
Pero permíteme que te hable como verdadero hermano. Alabo el afán con que tratas de adquirir y asegurar un bienestar cada vez mayor, porque tienes una familia numerosa; pero me parece que ese afán es un poco exagerado: ante todo, aún tienes un alma que salvar, la cual pierde mucho con la excesiva agitación por las cosas del siglo; tienes una salud corporal que conservar, la cual es todavía demasiado preciosa para el bien de tus hijos. Así que moderación en tus actividades, y no te pido más. Eso sí, desearía que los tres os grabarais para siempre en la mente que si salváis el alma lo habéis salvado todo, y que si la perdéis lo habéis perdido todo; porque pronto nos veremos ante el tribunal de Dios, como muy tarde dentro del breve espacio de cincuenta años. Pero estoy seguro de que lo haréis.


[90]

Quiero encomendarte algo más, y es a mis pobres padres. Tú siempre has ayudado a mi pobre familia, por lo cual te estaré agradecido hasta la muerte, y no es cuestión de recordarte algo que siempre estás dispuesto a hacer sin necesidad de recomendaciones mías; pero es el cariño lo que pone en mi boca esta petición, y tú que eres hijo y padre me la sabrás disculpar: así que mira por mis padres, y gracias por todo. Dios hará que participes tú también del bien que El se dignará derivar de nuestra gran Misión. Te ruego nuevamente que me escribas, y a menudo, como haré yo también; y tenme informado acerca de mis padres, de Eugenio, de Herminia, del bueno de Enrique, de César, de Pedro, del Tío y de todos vosotros, y también de cómo te van los negocios, etc., etc.

Saluda de mi parte a todos los que me son queridos, y recibe un afectuoso beso de éste que se declara de todo corazón

Tu afmo. primo

Daniel C.




 


15
Don Pedro Grana
0
Jerusalén
12.10.1857

N. 15 (13) - A DON PEDRO GRANA

ACR, A, c. 15/37

Jerusalén, 12 de octubre de 1857

Mi queridísimo y amable D. Pedro:


 

[91]
No quiero irme de la santa ciudad sin hacerle saber que guardo dulce y grato recuerdo de quien con tanta diligencia apacienta la variada grey de Limone, y que tanto me ha ayudado. Debe saber, pues, que tres de nosotros hemos venido aquí a besar postrados en tierra la tumba del Salvador y a venerar los lugares de su nacimiento, de su vida y de su muerte, mientras D.Beltrame y D. Oliboni han ido a El Cairo a preparar las muchas cosas que no logramos en Alejandría.


[92]
De Alejandría salimos rumbo a Jaffa, ciudades entre las que hay un trayecto de 42 horas de vapor. De las ruinas de la antigua Joppe salimos con dirección a Jerusalén, empleando día y medio a caballo, y pasando por montañas que nada tienen que hacer al lado de las nuestras de Limone, mientras que en algunos lugares son más escarpadas y abruptas, y es preciso pasarlas a caballo. Una vez aquí en Jerusalén, a decir verdad, quien llega con la idea de ver la antigua Jerusalén, esperando admirar los monumentos profanos, de seguro queda defraudado; pero quien llega con espíritu de venerar los más preciosos monumentos y lugares en que ocurrieron los grandes acontecimientos de la Redención, le aseguro que encuentra satisfacción hasta un punto que nadie puede imaginar, porque cada paso encierra un misterio.


[93]
Entre otras cosas observé en esta santa y maldita ciudad, cómplice y autora del más grande de los delitos, una tristeza, una taciturnidad; es algo que encoge el ánimo cuando se entra. Mientras que en otras ciudades, y especialmente en Egipto, el turco, el griego, el armenio, el copto hacen mucho ruido, exclaman, vociferan, aquí cada uno está a lo suyo, trabajando, vendiendo, haciendo todo casi sin hablar. En suma, esta ciudad parece como si aún sintiese el gran remordimiento de haber condenado a muerte y ejecutado a un Dios.


[94]
No ocurre lo mismo en Belén, la cual inspira una indecible alegría a quien llega. Se puede decir que todavía se conservan casi todos los monumentos de nuestra religión, y en cuanto a las ya desaparecidos, se conocen muy bien los lugares. Y esto es así porque en todos ellos, desde la predicación de los Apóstoles, se levantaron iglesias, santuarios, monumentos; y destruidos éstos, fueron reedificados de nuevo. Y también porque aquí tiene mucha importancia la tradición de los mahometanos, de los judíos, de los griegos y de los indígenas, la cual se puede decir que es lo primero que aprenden, para luego poder mostrar esas cosas e informar a peregrinos y viajeros, que afluyen aquí a millares, algo increíble.


[95]
Hubiera querido hacerle una pequeña descripción de lo que vi y observé; pero le daré noticia de ello en Egipto, cuando me encuentre más libre. ¿Cómo está mientras mi querido Rector? Espero encontrar en El Cairo alguna de sus deseadas cartas. Se entiende que tanto usted como yo debemos ser puntuales en cumplir lo que mutuamente nos prometimos. Le deseo toda suerte de felicidades, y le recomiendo a mis pobres viejos, a quienes nada interesa salvo la Religión. Aquí en Jerusalén dejé un recuerdito para usted, su señora madre, su hermana, así como para el Sr. Pedro y su tío el Sr. Bo. Carboni, consistente en un rosario de Jerusalén bendecido en la tumba de N. S. y en el Calvario, que permite ganar indulgencia plenaria cada vez que se reza, y otra indulg. plen. cada vez que se besa el correspondiente crucifijo.


[96]
Entretanto reciba un cordial saludo. Presente mis respetos más sinceros al amable Sr. Pierino, al Sr. José y a Julia Carettoni, al viejo D. Ognibene, a la familia del Sr. L. Patuzzi, y especialmente al Sr. Arcipreste, para quien también hay uno de esos rosarios.

Acepte los saludos y los sentimientos más llenos de afecto



de su afmo. Daniel

Le saludan todos mis compañeros.






16
Dr. Benito Patuzzi
0
Jerusalén
12.10.1857

N. 16 (14) - AL DR. BENITO PATUZZI

ACR, A, c. 15/168

Jerusalén, 12 de octubre de 1857

Querido y amable Doctor:


 

[97]
¿Voy a marcharme de Jerusalén sin escribir una línea ni expresar mis sentimientos de afecto a su dilecta familia? Eso nunca. Pero hagamos antes una digresión.

Sobre el difunto J. B. Maximiliano Arvedi ya le escribí algo desde Alejandría; ahora voy a contarle más cosas que he sabido Su enfermedad duró más de un mes; y antes de ésta, que fue la última, había tenido otra que estuvo a punto de llevarle a la tumba. En ambas enfermedades fue cuidado con una atención y una solicitud yo diría casi heroicas; tanto que el P. Cipriano, que le asistió mucho tiempo hasta su muerte, me aseguró haber quedado maravillado, y me dijo: «Entonces supe que los auténticos italianos son verdaderos hermanos». Además, su resignación al recibir de Dios la muerte fue admirable; porque me dijo el mismo P. Cipriano que en tantos años como lleva de Misionero en Egipto nunca experimentó tanto consuelo como al asistir a éste, a quien antes creía un poco descarriado.


[98]
Las condiciones del acuerdo con el Conde Scopoli son desconocidas; sé que era simple agente de firma, no de comercio, porque el Conde Scopoli no se dedica a los negocios, sino que más bien hace de abogado sólo sobre la base de la confianza que toda Alejandría tiene en él.

Por otra parte, estoy firmemente convencido de que todos los gastos que el Conde Scopoli ha presentado en Verona al hermano del difunto son verdaderos; incluso, por lo que puedo deducir, son aún menos de lo que él ha pagado. Porque en más de dos meses de enfermedad, el Conde Scopoli ha prestado una asistencia mejor que la de un hermano, y nunca reparó en gastos. En Alejandría una medicina cuesta cuatro veces más que en Europa. Sólo el hielo, que es traído en barco desde Grecia e Inglaterra, cuesta tres francos cada oca, que es poco más de tres libras; y de hielo se necesitaban muchas ocas cada día. Además llamó a muchos médicos. En resumen, que nadie puede calcular lo que cuesta una enfermedad en Alejandría, donde la preocupación de todos es hacer fortuna, por lo que todo está pensado para obtener dinero.


[99]
Así pues, yo aconsejaría al hermano del difunto Arvedi que se quedase tranquilo, sin meterse en más averiguaciones, no sea que Scopoli se dé cuenta de su secreta desconfianza. Porque si por vía de oficio o por otro medio oficial tratase de hacerse rendir cuentas de cada cosa, se equivocaría de seguro; pues el gobierno no puede valerse para ello más que del Cónsul General, el cual tiene como primer Consejero al Conde Scopoli; y no se convoca reunión en la que no se halle este presente, como vi en los quince días que estuve en Alejandría. Hasta un amigo suyo, que visitaba a Arvedi a diario, y que es más bien contrario al Cde. Scopoli porque el Cónsul se sirve más del Conde que de él, me aseguró que, en tantos años como lo conoce, tiene los más sólidos argumentos para probar su honestidad y justicia; incluso muchas cosas, como la frecuente visita a aquel enfermo, las hacía por sentimiento religioso, y por complacer al Conde Scopoli, el cual hizo verdaderamente de padre. Más de esto no le puedo decir, porque cuando me aseguraron aquello que le expliqué, ya no me preocupé tanto de indagar sobre las otras cosas expuestas en la carta que me entregó Arvedi, cosas difíciles de entender sin hablar en términos técnicos.


[100]
Y ahora volvamos a lo nuestro. Hubiera querido hacerle una breve descripción de mi viaje a Palestina; pero no tengo tiempo. Aquí en Jerusalén he dejado algún pequeño recuerdo para su familia y para sus tíos Sacerdotes, y para Luis, la Sra. Faccioli, Salvotti, etc.; pero se lo indicaré en otra mía desde las orillas del Nilo. Ya hasta después de Pascua no llegarán estos pequeños recuerdos, consistentes en unos rosarios y crucifijos bendecidos en el Santo Sepulcro. Salude de mi parte a mi muy dilecta Sra. Anita, a Victoria, Cayetano, D. Battistino, D. Bartolo y al Sr. Luis y familia, mientras me suscribo suyo afmo.



D. Daniel






17
Sus padres
0
barco Marsey
16.10.1857

N. 17 (15) - A SUS PADRES

ACR, A, c. 14/115 n. 2

A bordo del Marsey, vapor francés

que me lleva de Jaffa a Alejandría

16 de octubre de 1857

Queridísimos padres:


 

[101]
En Jerusalén permanecí cerca de siete días; los otros los empleé en viajar por diversas partes de Judea, siempre a caballo, por lo general bajo un sol ardiente, por lo que resultó un viaje de lo más fatigoso. Visité muchos lugares, pero los más importantes y de edificación son éstos. Si bien de Emaús existe el lugar, pero no el castillo, en el que entró J. C. después de la resurrección, y se dio a conocer a los dos discípulos mediante la fracción del Pan.


[102]
Hice una excursión a Betania, para ir a la cual salimos por la puerta de S. Esteban; y atravesado el valle de Josafat al sur, fuimos al monte del Escándalo, donde se ahorcó el desgraciado Judas después de haber vendido a su divino Maestro. Llámase monte del Escándalo por el gravísimo escándalo que en él dio Salomón a su propio pueblo, levantando altares a todos los ídolos de sus esposas extranjeras. Este monte, que recuerda la apostasía del más sabio de los hombres, se alza enfrente del templo de Jerusalén; y Salomón escogió a propósito este monte delante del templo casi por parangonar su adoración a los ídolos con la que rendía al Dios venerado en el templo.


[103]
Poco después, en un pequeño campo, se halla el sitio donde estaba la higuera que J. C. maldijo porque no daba fruto, sólo hojas. En estos contornos, como en los de Belén, no hay más que higos, la mitad de grandes que los nuestros. Pero henos ya en Betania. De la casa de Marta, de María Magdalena y de Simón el Leproso no existen ni las ruinas; sólo lo que queda de un magnífico monasterio de Benedictinas, que vivieron aquí mucho tiempo, en honor de Sta. María Magdalena.


[104]
El sepulcro de Lázaro resucitado consiste en una profunda cueva, a la que se baja por medio de veintiocho escalones. Está dividida en dos pequeñas estancias, en la primera de las cuales se detuvo Jesús cuando dijo: Lazare veni foras; la otra es el sepulcro propiamente dicho. Nosotros entramos todos a la luz de la vela; leímos el Evangelio de S. Juan, que habla de la resurrección de Lázaro, y lo encontramos tan idéntico que si no hubiésemos estado seguros por la tradición de tantos siglos y por los autores, y por la Iglesia que otorga indulgencia plenaria a quien lo visita, hubiéramos percibido la verdad del hecho por haberlo visto. De este sepulcro recibiréis una pequeña piedra, como también otra del lugar, situado a unos doscientos pasos del sepulcro de Lázaro, donde se detuvo J. C. antes de entrar en Betania, y donde fueron a buscarlo Marta y Sta. María Magdalena cuando iba a resucitar a Lázaro. Betania no tiene ahora más que 200 habitantes.


[105]
Desde Betania bajamos a ver el Jordán y el mar Muerto; pero a este último no hemos podido llegar porque está lleno de árabes beduinos, que roban y matan casi siempre; y entre otras cosas, hace poco que han asaltado una caravana de franceses e ingleses, y han matado entre otros a dos misioneros franceses; y a un inglés, después de haberle robado, habiéndose dado cuenta un beduino de que tenía dientes postizos de oro, lo derribó al suelo, y luego de abrirle la boca se los sacó, estropeándole encima el resto de la dentadura por ver si encontraba otros más. En Jerusalén he hablado con el jefe de los beduinos, y a razón de 100 piastras (30 esváncicas) por cabeza, se ofreció a conducirnos sin peligro al mar Muerto; pero tenía un par de ojos que me gustaban poco, y le contestamos que volviese quince días después, que quizá haríamos algo. Pero al cabo de esos quince días yo estaré en El Cairo.


[106]
Hice otra excursión a Belén, en la cual empleé dos días. Saliendo de Jerusalén por la puerta de Belén llegamos al valle del Abismo, famoso porque allí el Angel mató 185.000 soldados de Senaquerib. Arriba, antes de bajar a este valle, está el monte del Mal Consejo, así llamado porque en él se reunieron los príncipes de los sacerdotes con los ancianos del pueblo, y decretaron la muerte de Jesús. Desde las faldas de este montículo comienza una espaciosa llanura llamada en las sagradas páginas el valle de Rafaim, o de los Gigantes. Fue en este valle donde acamparon dos veces los filisteos provocando a batalla a David, el cual, luego de consultar con el Señor, los derrotó. A una milla de distancia hay un árbol de terebinto que marca el lugar donde descansó la Sagrada Familia yendo a Jerusalén; pero no comporta indulgencia.


[107]
Después de otros cien pasos se encuentra la cisterna de los Tres Magos, denominada así en memoria de aquellos tres Reyes que fueron los primeros entre los gentiles que acudieron a adorar al Niño Jesús. Los cuales, llegados a este lugar, vieron aparecer sobre ellos la brillante estrella que les había servido de guía en su viaje hasta Jerusalén, y que había desaparecido. En esta cisterna, como en todos los lugares de que os voy a hablar, hay indulgencia, casi siempre plenaria. Cuatro millas más adelante se halla el monasterio dedicado al Profeta S. Elías: está en manos de los griegos.


[108]
Cerca de media milla a la derecha de ésta se encuentran las ruinas de una antigua iglesia, que fue construida en el sitio donde se encontraba el Profeta Abacuc cuando un Angel lo agarró del cabello y lo transportó a Babilonia sobre el foso de los leones, en el que estaba encerrado Daniel, y luego lo trajo de vuelta a este mismo lugar. Yendo adelante media hora, se ven los restos de una antigua torre, llamada de Jacob, donde se detuvo este Patriarca a su regreso de Mesopotamia.


[109]
Allí también estuvieron Abraham e Isaac. Por cierto, olvidaba deciros que en el Moria se muestra el lugar donde Abraham recibió orden de Dios de sacrificar a su hijo Isaac. Una hora antes de llegar a Belén vi el sepulcro de Raquel, en el que los campesinos guardan ahora sus bueyes. Ya cerca de Belén visité la cisterna de David, de cuyas aguas tuvo sed ese Rey, cuando confinado en la cueva de Odolán deseaba un vaso de agua de la cisterna que estaba junto a las puertas de Belén; y después de recibirla, viendo sedientos a sus soldados, quiso arrojarla para compartir su necesidad. Aquí vi también los cimientos de la casa de Jesé, padre de David, y los lugares donde David pasó su juventud haciendo de pastor.


[110]
Antes de entrar en Belén fuimos también a la ciudad de Betgialla para visitar al Patriarca de Jerusalén, que está aquí, en su seminario, pasando un poco el otoño. Nos recibió amablemente, y quería retenernos con él algunos días; pero, como éramos ocho, declinamos la invitación. Entre otras cosas, me dijo que conocía mucho al Obispo de Brescia, junto con el cual fue ordenado Obispo en Roma en 1850.


[111]
Finalmente, llegamos por la tarde a Belén. ¡Dios mío! Pero ¿dónde quiso nacer J. C.? Todavía esa misma tarde quise bajar a la afortunada Gruta que vio nacer al Creador del mundo. Entré, y aunque el nacimiento es más alegre que la muerte, quedé más conmovido que en el Calvario al pensar en la condescendencia de un Dios que se humilló hasta el punto de nacer en ese establo. La Gruta de Belén donde nació J. C. mide de largo unos diez pasos, y una mitad de ella es de ancha como vuestro pasillo, y la otra mitad como vuestra cocina. Hay tres altares: uno donde la Virgen María dio a luz al divino Niño, y que está al cuidado de los armenios y griegos ortodoxos; otro, dos pasos más abajo, que es el lugar del Santo Pesebre, donde la Virgen María acostó al Niño, y cuyo gobierno corresponde a los católicos; y el otro, a un paso de distancia, que es el sitio donde se arrodillaron en adoración los tres Reyes Magos, y que está en manos de los frailes.


[112]
Yo celebré allí misa la noche siguiente; y me resultó muy grato quedarme hasta la mañana en esa bendita gruta, que es la delicia del cielo. Cómo gocé en esa cueva, en medio del silencio de la noche, repitiendo muchas veces la oración que compuso S. Jerónimo, y que rezaba a menudo: «Oh alma mía, en esta pequeña abertura de la tierra nació aquel que creó el cielo; aquí fue envuelto en pobres pañales; aquí fue colocado sobre un poco de paja en un comedero de animales; aquí lloró el Niñito en el rigor de la estación invernal; aquí fue calentado por el buey y el asno; aquí fue hallado por los vigilantes pastores; aquí fue señalado por la estrella; aquí fue adorado por los Magos; aquí cantaron por primera vez los Angeles: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis.


[113]
»Mil veces dichoso tú, que, aunque miserable pecador, te has hecho digno de ver lo que desearon ardientemente y no vieron los Patriarcas y Profetas, y contemplas con tus ojos este inefable lugar, cuya visión no es concedida a tantas almas justas que se encuentran ahora en el mundo», etc. Así S. Jerónimo. Entre el sitio de los Magos y el del Pesebre (que se halla en Roma) está el lugar donde se sentó la Virgen María después de acostar al Niño en el pesebre. Yo me senté también, y después besé mil veces aquel sitio. Besé casi toda la gruta; y no sabía salir de ella, porque en verdad me hacía revivir aquel feliz momento en que tuvieron lugar en esta cueva los misterios de la Natividad de N. S. J. C.


[114]
Mediante una pequeña abertura, la Gruta de Belén continúa en otra larguísima cueva, la cual termina en la cueva de S. Jerónimo, que se conoce como Oratorio de S. Jerónimo, y que es donde éste explicaba la Escritura y hacía penitencia golpeándose el pecho con una piedra. En ella dije misa y recité el oficio nocturno. Entre la cueva de S. Jerónimo y la de J. C., a lo largo de una especie de corredor, se hallan el altar de S. José, donde estaba el santo mientras la V. M. daba a luz a J. C.; el sepulcro de los Inocentes, donde se encuentran los huesos de los niños a los que dieron muerte en Belén por orden de Herodes; el sepulcro de S. Eusebio, el de Sta. Paula y S. Eustoquio, y el sepulcro de S. Jerónimo.


[115]
Hay otras dos iglesias muy grandes cerca de la gruta, pero están en manos de los ortodoxos. Además, a veinte pasos largos de la gruta hállase la escuela de S. Jerónimo, en la cual están los caballos de los turcos. La ciudad de Belén no tiene más que cuatro mil habitantes, de los que dos mil son católicos y forman la comunidad cristiana más numerosa de Palestina. En Jerusalén, con cerca de cincuenta mil almas, sólo hay unos mil católicos. Belén está siempre llena de beduinos, que tratan de obtener, con amenazas de muerte, las provisiones que exigen: siempre hay asesinatos. No respetan más que a los suyos, uno de los cuales es su juez. Y ojo con hablarles de obediencia al Sultán o al Bajá; prefieren morir antes que respetar siquiera al portero. La noche que nosotros llegamos a Belén un beduino mató a un griego.


[116]
Al día siguiente visitamos los lugares notables de extramuros, a saber: 1.o, la gruta de la Leche, convertida en iglesia, en la que la V. M. amamantó al Niño al huir a Egipto (aquí dicen también que mientras la V. M. daba el pecho al Niño Jesús en esta cueva, cayó en tierra una gota de leche, y la gente de de estos lugares utiliza esa tierra para hacer que les venga la leche a las mujeres que no tienen); 2.o, la casa de S. José, de la que no se ven más que los cimientos; 3.o, a media hora de camino, el pueblo de los pastores que adoraron al Redentor recién nacido; 4.o, el vasto campo de Boaz, donde la moabita Ruth andaba espigando detrás de los segadores de aquel rico propietario; en este campo estaba antiguamente la Torre del Rebaño, donde Jacob hijo de Isaac, atraído por la abundancia de los pastos, plantó sus reales después de la muerte de la bella Raquel.


[117]
En medio de este campo se halla la gruta donde los vigilantes pastores estaban cuidando por la noche sus rebaños cuando se les apareció el Angel del Señor, y cegándolos de celestial resplandor, les anunció la jubilosa noticia de que había nacido el anhelado Mesías. Yo besé el sitio donde se apareció el Angel, y aquel en el que estaban los pastores, el cual lleva aneja indulgencia plenaria. En estos lugares hay dos altares, y éstos, como la llave de la gruta, están en poder de los griegos ortodoxos. Más abajo de la Gruta de los Pastores está la cueva de Engadí, que recuerda el hecho allí acaecido entre David y Saúl.


[118]
A la derecha, a una hora a caballo, está el monte de los Francos, sobre el que se elevaba el castillo Herodión construido por Herodes el Grande, y que luego sirvió como su lugar de enterramiento. Allí en el año 1200 había cuatrocientos cruzados, y mantuvieron el lugar inexpugnable durante cuarenta años pese a todos los esfuerzos de los sarracenos por expulsarlos.


[119]
Por la noche volvimos cansados a Belén, donde proyectamos el viaje del día siguiente. Después de volver a besar y venerar la santa Gruta, salimos al amanecer del día 10 camino de Ain-el Qarem, que es S. Juan de la Montaña, para visitar los santuarios del Precursor, viaje en el que con el regreso a Jerusalén empleamos dos días.


[120]
El primer lugar destacado que encontramos y recorrimos fue el Huerto Cerrado del que se habla en el Cantar de los Cantares, y donde se criaban los jóvenes arbolitos para luego ser transplantados a otros lugares: huerto verdaderamente cerrado por la naturaleza entre dos montes, y símbolo y figura de la gran Virgen Madre, según la Iglesia. Su vegetación es una maravilla, y tiene dos millas de longitud; lo ha comprado un protestante. Vienen después los famosos Estanques de Salomón, que están al comienzo del Huerto Cerrado, y tienen 570 pasos de longitud y una enorme profundidad. Más arriba está la Fuente Sellada, el fons signatus del Cantar, símbolo y figura de la Virgen, como quiere la Iglesia, que vierte sus aguas en los mencionados Estanques construidos por Salomón; y estas aguas se canalizan en un acueducto, que antiguamente las conducía hasta el templo de Salomón, en Jerusalén, es decir, a una distancia de 50 millas. Llámase Fuente Sellada porque se sellaba con el sello del Rey.


[121]
Poco después de pasar tres montañas, a las dos de la tarde llegamos a la fuente de S. Felipe, donde el diácono S. Felipe bautizó al eunuco de la Reina Candace. Junto a esta fuente, nos detuvimos a tomar un refrigerio consistente en pan y fruta, con agua. Sentados en esta famosa fuente evangélica, nos pusimos a hablar de Dios y de J. C. a una muchedumbre de musulmanes que nos rodeaba. Escuchaban con avidez; pero uno al que se le había ofrecido beber un poco de vino que teníamos en una botella, respondió que no quería hacerlo porque temía a Mahoma; los otros, en cambio, se habrían bebido un barril, por más que se lo prohibiese su religión.


[122]
Por la tarde llegamos a la patria de S. Juan Bautista, llamada por los turcos Ain-Qarem. A la mañana siguiente celebré misa en la habitación subterránea donde nació, la cual es una maravilla por los tesoros que contiene, ofrecidos a lo largo de los siglos por los monarcas y ricos que han visitado Palestina. Diez minutos distante del lugar del nacimiento está la Casa de Isabel y Zacarías, padres del Precursor, donde recibieron a la Virgen María cuando fue a visitarles, y estuvo con ellos tres meses. Fue precisamente aquí donde se compuso el Magnificat y el Benedictus; y aquí, en el mismo lugar donde fue compuesto, lo rezamos.


[123]
Después de misa fuimos al desierto de S. Juan; dista de la ciudad tres horas a caballo. Al cabo de una hora de marcha se encuentra una peña junto al camino, sobre la que el Bautista subía a predicar el reino de los cielos y el bautismo de penitencia a las muchedumbres que se agolpaban a su alrededor. Besé esa roca, la cual nadie ha podido jamás romper. Habiendo conseguido un turco, por desprecio, desprender un trozo, arrojólo a un horno para calcinarlo; pero permaneció siempre intacto, y se conserva junto al templo del Nacimiento, que igualmente besé.


[124]
Luego, bajando por los montes, llegamos al fondo de un valle entrecruzado de plantas aromáticas y zarzales. En el fondo de ese desierto todo respira silencio, recogimiento, penitencia. Un habitáculo irregularmente excavado en una durísima roca, al que se tiene acceso por medio de una pequeña escalera practicada en la misma peña, y un límpido manantial que brota de las grietas de un roquedal y vierte en un pequeño estanque hecho de tierra a los pies de ese lugar solitario y recóndito, nos anunciaba que habíamos alcanzado el umbral de lo que fue morada del Precursor de Cristo. Entramos allí trepando, ¿y qué encontramos?


[125]
Un desnudo banco de piedra que servía de cama al penitente morador de los desiertos, y un pequeño boquete desde el que se divisa el subyacente valle de Terebinto: esto es todo lo que encontramos en aquella cueva. Pero aquellas espinas, aquellas aguas, aquellas peñas, aquel horror... ¡Oh, cuántas sublimes ideas me acudían a la mente! Parecíame hasta ver a S. Juan Bautista vestido de pelo de camello, con una correa de cuero a la cintura, alimentándose de miel y saltamontes; y se me antojaba oír su voz, que predicando en el desierto, exclamaba: «Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos». Más arriba vi los sepulcros de Sta. Isabel y S. Zacarías; asimismo vi los restos del castillo de Modín, que fue la patria de los valerosos Macabeos.

Luego regresamos por el valle de Terebinto, famoso porque en él mató el pastor David al orgulloso gigante Goliat. Vi los lugares donde acamparon Saúl y los filisteos, el valle donde David cogió las siete piedras; y nos imaginamos, sobre poco más o menos, el sitio donde cayó Goliat.


[126]
En la tarde volvimos a Jerusalén por Sta. Cruz, que es una iglesia construida en el lugar donde fue cortado el árbol de la Cruz para hacer morir en él a J. C. Hay allí un magnífico monasterio y noviciado de los griegos ortodoxos, que visitamos en su totalidad; es como tres veces el palacio Bettoni, y tiene todas las comodidades posibles para facilitar el camino a la casa del diablo a esos desdichados impíos. Y ya estamos por última vez en Jerusalén. De allí, arreglados todos nuestros asuntos y dado el saludo de despedida a los sagrados lugares, a los amigos, a los Superiores y a todos los que de algún modo nos han ayudado, salimos a las 13 horas bajo los escocedores latigazos del sol, y así a medianoche pudimos llegar a Rama más muertos que vivos. Por la mañana, muy teprano, después de decir misa en la capilla de S. Nicodemo, emprendimos viaje por la llanura de Sarón y alcanzamos Jaffa antes del mediodía. En este viaje me entrené bastante a cabalgar: habiéndome tocado accidentalmente un caballo alocado, aprendí a montarlo bien a mi costa; de modo que junto con D. Dalbosco, estupendo jinete, llegué a Jaffa una hora antes que los otros.


[127]
Allí, visitada la iglesia donde S. Pedro tuvo la visión de la sábana, subimos a bordo del Marsey, que nos lleva ahora a Alejandría, la cual está ya frente a nosotros. Hemos tenido un mar, si no borrascoso, sí de lo más desapacible, especialmente en frente de la desembocadura del Nilo.


[128]
Pero antes de dejar el tema de mi visita a Palestina, quiero deciros que ésta era la Tierra Prometida, como sabéis por la Escritura, y desde luego antiguamente era la parte más fértil de Asia. Ahora, exceptuados el Huerto Cerrado, el valle de Terebinto y la vasta llanura de Sarón, Palestina se ha convertido en una tierra desolada, todo piedras, cenizas y zarzas, y no digo un despropósito si afirmo que ahora es la parte más estéril de Asia, después de Siberia.


[129]
Quiero deciros también que he entablado una gran amistad con Monseñor Ratisbonne. Esta alma verdaderamente angelical fue convertida a la fe desde la religión judaica por el Sto. Padre. Y como es un hombre con medios, porque es millonario y más, acaba de fundar en Jerusalén un instituto de monjas, al que ha llamado Hermanas del Monte Sión, por encontrarse en éste el instituto.

Su finalidad es la conversión de judíos, griegos protestantes, armenios ortodoxos y todos los acatólicos de Oriente. El las acoge de jovencitas, las mantiene e instruye gratuitamente, y desde muy pronto procura inculcarles sentimientos religiosos. Ahora ya tiene sesenta de ellas bien preparadas; y está tan enamorado de nuestra Misión de Africa Central que quiere establecer con nosotros perpetua relación de reciprocidad. En el momento de nuestra marcha de Jerusalén nos aseguró que desde el monte Sión se elevarían a Dios fervientes plegarias, por nosotros y por nuestra Misión, de labios de sus Monjas, a las cuales se lo habría puesto como regla. Y a tres de nosotros nos dio de recuerdo un singular crucifijo, de exquisita factura, que, bendecido sobre el Santo Sepulcro, he convertido en mi crucifijo de Misionero. Rezad por su obra, que es para gran gloria de Dios. Tiene como protectora de su obra a la princesa Dalla Torre, con la que cenamos juntos en Jaffa.


[130]
Ahora, ya estoy en El Cairo. Salí ayer por la mañana de Alejandría, y a mediodía llegamos al Nilo en tren, que va velocísimo; cruzamos el Nilo en barco y volvimos a tomar el tren, de modo que ayer por la tarde, bien cocidos, llegamos a El Cairo. Allí abrazamos felizmente a nuestros queridos compañeros D. Oliboni y D. Beltrame, que por no perder tiempo sacrificaron el viaje a Jerusalén, yendo en cambio nosotros tres, es decir, D. Dalbosco, D. Angel y yo.


[131]
Mientras, adiós, queridos padres. Esto es, más o menos, lo esencial de mi viaje a Tierra Santa. Está confuso y con muy mala letra; pero imaginad la prisa con que fue escrito, siempre de noche, cuando tenía necesidad de descanso; y en el mar, entre el ruido de las olas. Sin embargo, espero que con las gafas os las apañéis. Es demasiado largo; pero precisamente cuando se tiene prisa siempre se acaba perorando. Salvo de los santuarios del Santo Sepulcro, del Calvario, de Belén y de S. Juan de la Montaña, de los que os he hecho alguna mención, no he dicho casi nada del resto; por lo cual, después de todo lo que habéis leído sobre este viaje, decid que he visto diez veces más de lo que os he escrito, y más aún.

Aceptad el más cariñoso beso de



Vuestro afmo. hijo

Daniel Sac. Comboni



N.B. Ya no me queda tiempo para revisar y corregir esta carta: estará llena de despropósitos. Pero, disculpadme, tengo demasiada prisa.

Daniel






18
Su padre
0
El Cairo
19.10.1857

N. 18 (16) - A SU PADRE

AFC

El Cairo, 18 de octubre de 1857

Queridísimo Padre:


 

[132]
En Alejandría he encontrado una carta tuya acompañada de una de mamá, las cuales me han consolado hasta cierto punto. Digo hasta cierto punto porque veo que los dos estáis muy apenados por mi separación. Pero ¿no sabéis que no doy un paso sin llevaros en el corazón? Ya escriba, camine, pasee o coma, me parece siempre estar a vuestro lado; y necesito pensarlo para creer que estoy materialmente separado de vosotros. ¡Animo, pues! Lo peor ya ha pasado; ahora sólo tenéis que decir al Señor: «He hecho el gran sacrificio, y Vos debéis mantenerme siempre con los mismos sentimientos que tenía en el momento en que os entregué mi hijo». Así que sed fuertes: en el Calvario he celebrado por vosotros, como en tantos otros lugares. Lamento la muerte de Marietta: […]

[aquí hay algunas palabras borradas]


[133]
Luego, en El Cairo, he encontrado las fechadas el 23 de septiembre, las cuales me resultan más consoladoras. Espero noticias de la cosecha de este año.

Pasado mañana salimos de El Cairo para ir a Korosko. Este viaje nos llevará un mes [de navegación] por el Nilo. En Korosko empieza el gran desierto de Nubia, que cruzaremos en dieciséis días; luego, en trece días, llegaremos a Jartum. En este viaje aprovecharé toda ocasión de escribiros, pero sabed que generalmente es difícil: así que no os preocupéis por nosotros. Si no recibís carta durante ese tiempo, no temáis, que será por falta de ocasiones.


[134]
Nosotros estamos todos en perfecta salud; las incomodidades padecidas por el camino en mi viaje a Tierra Santa, que no fueron pocas, me han fortalecido en gran manera. Esperemos siempre en el Señor: si El quiere que yo muera, fiat voluntas Dei. En cualquier caso digamos siempre: bendito sea el Señor. ¿Qué otra cosa es el mundo para el hombre justo?


[135]
Estando en Jerusalén, entregué a un Fraile los siguientes objetos para que os los mandase. No os llegarán hasta un mes después de Pascua, porque van por medio del portador Franciscano de Venecia, que lleva cada año las limosnas a Jerusalén, y este Padre los entregará a D. Mazza, quien luego os los enviará a vosotros. Los objetos son:

1.o Dos rosarios grandes, ensartados, para vosotros dos.

2.o Dos Crucifijos de madera de Getsemaní, los cuales por detrás tienen las 14 estaciones del Vía Crucis de la misma materia que los lugares de las estaciones: p.e. la estación en que J. C. fue ayudado por el Cirineo está marcada por un poco de tierra del lugar donde el Cirineo ayudó a J. C. a llevar la Cruz. De los otros dos, uno lo entregaréis a Mons. Tiboni, y el otro al tío José.

3.o Dos Crucifijos de metal para vosotros dos, bendecidos in artículo mortis, con los cuales podéis hacer el Vía Crucis y conseguir cada vez indulgencia plenaria; también hay indulgencia plenaria cada vez que se besan.

N.B. Todos los rosarios que os mando también para los otros llevan aneja indulgencia plenaria cada vez que se rezan; igualmente los Crucifijos de nácar y los de coral tienen indulgencia plenaria: díselo a todos a los que envío alguno.




[136]
A excepción de vuestros dos rosarios, los otros están todos sin ensartar, y algunos sin medalla. Me gustaría que antes de entregarlos los mandaseis ensartar –lo cual cuesta muy poco– porque así el recuerdo es más presentable.

4.o Un rosario para Eugenio; uno para el tío José (en cuyos envoltorios están apuntados los nombres, como en otros muchos); ocho para cada uno de nuestros parientes Comboni; uno grande para el Sr. Rector; uno para el Arcipreste de Tremosine; dos para los Sres. Santiago y Teresa Ferrari, nuestros antiguos patronos; cuatro para Teresa el ama de llaves del Sr. Santg. Ferrari, Meneghina sirvienta de los nuestros, Minico y María de Riva; dos para los Sres. Pedro Ragusini y Bartolo Carboni (recordad que hay que mandarlos ensartar; y como hay pocos crucifijos, procurad que primero sean puestos en los rosarios de nuestros parientes Comboni, y luego en los de quien más convenga, como Rag., etc.); tres para D. Giordani, D. Fogolari y Luis Prati el inglés (estos tres se los mando a D. Giordani); siete para Biset y su esposa Nina, su Padre y su Madre, Martín Fedrici y su esposa, y Bautista de Odol; uno para el Cabo; uno para la Sra. Minica; uno para Virginia, el otro para su hermana Moneghina la bresciana; uno para D. Rovetta; dos para el tío Luis y Pedro. Hay algunos más, que podéis distribuir a vuestro gusto; por ejemplo, a los parientes de Bogliaco y alguien de quien yo me haya acordado...


[137]
Junto con los vuestros, he enviado bastantes al Dr. Benito, que los mandará luego, después de haberlos ensartado, a los Padres Patuzzi, al Sr. Luis G. Carettoni, etc. Todos estos rosarios llevan consigo indulgencia plenaria cada vez que se rezan: fueron todos bendecidos, como los Crucifijos, en el S. Sepulcro, y metidos en el hoyo donde fue enarbolada la Cruz sobre el Calvario, etc., etc. Los rosarios que os mando a vosotros, el del Tío José, los Crucifijos, y ese pañuelo blanco que envuelve todo lo que os envío a vosotros, el cual va bien cosido (y esto me lo confirmaréis), han tocado además del S. Sepulcro, el Calvario y el hoyo, todos los otros Santuarios y lugares de veneración que visité en Tierra Santa; y lo mismo el rosario del Sr. Rector y el de Eugenio.


[138]
Las velas que van en tres pedazos, y que proceden de Belén, las conseguí de la procesión que se hace cada día al Pesebre, etc. Han tocado todos los lugares de Belén, y han sido bendecidas en el sitio donde J. C. vino al mundo. Estas se las mando a nuestros primos, para que las enciendan cuando sus mujeres, mis primas, den a luz. Las otras tres, que además del S. Sepulcro han tocado el Calvario, el monte de los Olivos, Getsemaní, etc., son una para ti, otra para mamá y la otra para el tío José, a fin de que cuando estéis agonizando en el lecho de muerte, y cuando muera el tío José (lo que sucederá antes de cien años), las podáis encender. Si yo muero, entonces nada, pero si vuelvo a Europa después de unos años, y si Dios os mantiene a los tres con vida, yo mismo os llevaré otras desde Jerusalén.


[139]
Hay además un rosario grande, que daréis a uno de nuestros patronos. Acaso no sea de su agrado... así que haced con él lo que queráis, arregláoslas como os parezca. También hay unas piedrecitas del valle de Josafat, del sepulcro de Lázaro, de la gruta de los Apóstoles, etc. Con las medallas de nácar haced lo que queráis.

Aquí hay un verdadero barullo: te escribiré más claro desde Jartum, porque ya antes de que yo llegue a Jartum no recibiréis los rosarios. Perdona, no tengo tiempo.

Escríbeme, pero por extenso; aunque no creo que necesites más de un volumen para expresar vuestros sentimientos hacia mí. Querido padre, os comprendo; no temáis por mí. Os quiero lo indecible; haced lo mismo por vuestro afmo. hijo.



Daniel






19
Eugenio Comboni
0
El Cairo
22.10.1857

N. 19 (17) - A EUGENIO COMBONI

AFC

El Cairo, 22 de octubre de 1857

Queridísimo Eugenio:


 

[140]
Tú estarás ahora en Innsbruk, y habrás empezado ya el año escolar. ¡Qué empresa tan importante has comenzado! La empresa de hacerte hombre. Quizá no comprendas esta gran cosa en todo su alcance; pero tu madurez te habrá permitido conocer gran parte. Si te portas bien y correspondes a las esperanzas que todos tienen en ti, los resultados serán excelentes; pero si imitas el comportamiento de la juventud moderna, ¿qué será de ti? La vida de estudiante es una gran aventura para quien sabe aprovecharla bien; mas para quien en ella piensa sólo en el placer y en la diversión, descuidando o atendiendo muy poco sus deberes, los estudios son una ruina.


[141]
Yo pienso muchas veces en ti, y me alegro de tener un primo que promete mucho; pero por otro lado me da miedo verte casi dejado a tu libre albedrío, sin la protección constante de una cristiana vigilancia, y temo no que tú mismo corras al encuentro del desenfreno y corrupción de la juventud moderna, sino que ésta, poco a poco, logre atraparte desgraciadamente en sus redes.


[142]
Entonces, querido Eugenio, ¿qué puedes hacer para defenderte y permanecer indemne de tanto mal? Tienes que recordar los consejos que te di antes de marcharme de Limone. Debes escoger al Profesor S. Pider como Director espiritual, el cual estoy seguro que hará contigo de padre, de consejero, de todo: basta que desconfíes de ti, y no te permita emprender nada sin su consejo o su aprobación. Salúdale de mi parte, y dile que también yo te recomiendo; no le conozco, pero basta que sea amigo del venerable Mitterrutzner para tenerle en absoluta estima. Acuérdate de frecuentar los sacramentos, que son el mejor medio para preservarte de la corrupción moderna; huye de las malas compañías, que son la peste de los buenos; y acuérdate de rezar por mí alguna Avemaría, que yo he hecho otro tanto por ti, especialmente en mi viaje a Palestina, Jerusalén, etc.

Reiterándote mis recomendaciones, me declaro

Tu afmo primo



Daniel Comboni

Misionero Apostólico de Africa Central






20
Sus padres
0
Siut
30.10.1857

N. 20 (18) - A SUS PADRES

AFC

Siut, 30 de octubre de 1857

Queridísimos Padres:


 

[143]
Como ya os escribí, salimos de El Cairo la tarde del 22; y después de muy feliz navegación hemos llegado esta noche a la capital del Alto Egipto, donde pensamos detenernos media jornada para luego partir de nuevo con rumbo a Asuán. Pero antes de dejar esta agradable ciudad, quiero contaros una escena que ocurrió en la gigantesca capital de todo Egipto, El Cairo.


[144]
Todos los años, los grandes ministros de la religión musulmana, en nombre del gobierno de Egipto, suelen enviar a La Meca un gran velo del más fino damasco recamado en oro y piedras preciosas, para que toque la santa tumba de Mahoma. Ese velo permanece un año en La Meca, hasta que al año siguiente se manda allí desde El Cairo otro velo para retirar el tocado por la sagrada tumba, la cual, como sabéis, dicen los musulmanes que está suspendida en el aire en el gran templo de La Meca, donde hay pena de muerte para el que entra sin ser musulmán.

Generalmente, quien lleva el velo santificado es un distinguido personaje. Este año le tocó a la hermana del Rey de Egipto, la cual volvía con gran aparato precisamente el día después de mi llegada a El Cairo. Pues bien, ahora veréis lo que ocurrió en los tres días posteriores a mi llegada, y de lo que fui testigo.


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Este velo lo trae un camello, que por lo mismo se vuelve santo, y santo de modo que contagia su santidad a los que lo tocan. El primer día de su llegada el velo es expuesto en el templo, el más grande y reputado de El Cairo. En él entré con D. Angel y D.Alejandro, pero sólo después de hacernos poner en los pies sandalias de tela blanquísima, previo generoso bachsis al vigilante de la entrada. Ese velo es besado y tocado primero por los grandes, y luego por el pueblo. Al tercer día, el camello santificado por haber traído el velo desde La Meca, es conducido con jaeces de oro a la gran plaza de El Cairo, llamada Esbichieh, y los que quieren volverse santos, ¿sabéis lo que hacen? Se tienden desnudos en medio de la plaza, boca arriba o boca abajo, y el camello se pasea durante tres horas seguidas por encima de esos cuerpos desnudos, y a uno le rompe un brazo, a otro un ojo, a otro le aplasta, a otro le parte una pierna, etc. Y es una maravilla ver los palos y tortazos que se dan, y las risas que se producen, porque todos querrían para sí el gran honor de recibir los pisotones del camello santificado.


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Después de esta escena de tres horas, los pobres heridos, que se vuelven santos, son llevados en procesión al Qalaa, que es la mezquita del Rey, y son como oráculos para el pueblo... (¡¡Hasta qué punto llega el fanatismo!!)

El camello es luego alimentado y cuidado con toda solicitud; y hay pena de muerte para quien lo utilice para cualquier uso, por noble que sea. Siete días duró la fiesta del regreso de la hermana del Gran Bajá desde La Meca. Sólo en pólvora, y trabajos, fuegos artificiales, etc. se calcula que se gastó un millón de francos, sin contar el esplendor de los convites, que implican desembolsos considerables, porque en esto los orientales no conocen límite. En los cinco días que estuve en El Cairo visité el palacio del Gran Bajá, y el templo de Qalaa, construido por Mehmet Alí, y cuya riqueza y magnificencia no puedo expresar: es todo de alabastro; las perlas son innumerables, como también los oros y las piedras preciosas. Es una maravilla de mezquita, grande como dos veces la catedral de Brescia; pero su preciosidad, su forma, que es una sola cúpula y una sola rotonda, me ha impresionado más que los templos de Florencia, Venecia y Jerusalén.


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El Cairo, según el padrón del año pasado, tiene millón y medio de habitantes. Posee cuatrocientas cincuenta soberbias mezquitas (templos mahometanos) con otros tantos elegantísimos minaretes (especie de torres), muchos de los cuales superan en altura a la torre de Verona. Y junto a ellas sólo hay allí (me duele decirlo) unos cuatro mil católicos, y tres iglesias cristianas, en las que ofician los maronitas, los coptos, los griegos, los armenios, de suerte que sobre todo en dos de éstas se crea una auténtica Babel.


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Visitamos varias veces al Obispo de El Cairo, que vive en el Convento de los Franciscanos, donde nos alojamos, y tuvo la gentileza de darnos un estupendo muchacho, nacido de una concubina mora y de un adúltero blanco toscano. Este joven lo llevamos con nosotros a regiones incógnitas, y parece prometer mucho a pesar del mal ambiente en que nació y fue educado. No os hablo de los escándalos que se producen en las plazas, en las calles, en los mismos bazares (mercados), porque no quiero ensuciar la pluma describiendo tantas públicas ofensas a Dios. Pero deseo dejar esta desdichada ciudad, que según un autor, es la verdadera Babilonia moderna: tiene 27 millas de circunferencia. Así que heme aquí en nuestras dahhabias (pequeños barcos del Nilo).


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Los cinco artesanos van en el primero, que es el más grande y más abundante en piojos; los cinco Misioneros, el muchacho y nuestro sirviente nubio vamos en el más pequeño, que es más elegante que el anterior y menos abundante en piojos, pero que está plagado de ratones y chinches y moscas que pican como diablos, y que nos hacen alegre y a veces triste compañía. Nuestro viaje por el Nilo es delicioso; en sus orillas crecen en gran número las palmas de azúcar y datileras, los plátanos, etc. y sus campos vecinos abundan en sorgo y cereales. Cada tanto se ven pueblos y aldeas todos ellos con casas cuya altura no llega a la de un hombre, hechas de adobes, que se derriban de un puñetazo. Los niños y jóvenes, y la mayor parte de los hombres están desnudos, y trabajan desnudos bajo el sol. Todos los días bajamos a tierra durante algún cuarto de hora para proveernos de caza: tórtolas y pittas [= pavos], que hay allí a millares.


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Ya conocéis mis dotes de cazador; pues incluso yo me siento frustrado cuando sólo consigo matar un pichón o tórtola de un escopetazo. Cuántas veces, desde el barco, derribamos gallipavos, pittas y ánades que pesan 16 y hasta 20 libras cada pieza, y que son tan exquisitos como los de Europa. Se cazan por decenas, por cientos, en la desnuda arena de algunos islotes; y al ruido de un disparo, muchos de los que no caen se quedan allí quietos, de manera que da tiempo a cargar de nuevo y matar otros tantos. Me vienen a la memoria las veces en que iba con Eustaquio en Dalco y nos poníamos tan contentos cuando podíamos comer cuatro o cinco tordos cazados con la escopeta (¡por él, no por mí!).


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Pero basta. ¿Cuál es la vida que llevamos en el barco? Ante todo debéis saber que ahora navegamos Nilo arriba, y el Nilo viene del centro de Africa y desemboca cerca de Alejandría, en el Mediterráneo. Sin embargo vamos con las velas hinchadas, a la velocidad con que se deslizan nuestros barcos sobre el [lago] Garda cuando van con la vela que apenas puede mantenerse íntegra. El Nilo es de ancho como dos veces el Po, y a veces como de Reamolo a Navene; es profundísimo en ciertos lugares, y en otros va bajo como para embarrancar. De hecho, hemos embarrancado tres veces, y una ayer por la tarde, cuando a duras penas pudimos liberar la embarcación.

[hay algunas palabras borradas]


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[…]pues ésta es nuestra vida: Por la mañana nos levantamos al alba; no de la cama, porque acostarse consiste para nosotros en ponerse bajo la cabeza un bulto de ropa para lavar o una prenda y acurrucarse sobre las tablas del barco. Cuántas veces me acuerdo del afán de mamá en prepararme una cama blanda; yo aceptaba por no disgustarla y por apreciar su ilimitada solicitud, pero deseaba cama dura para acostumbrarme. Ahora estoy acostumbrado, pero como todas las mañanas nos levantamos con las costillas como si nos hubieran apaleado, D. Juan pensó en proporcionarnos un cojín donde descansar la cabeza, a fin de que pusiéramos bajo el cuerpo lo que antes poníamos bajo la cabeza. Y en efecto, llegados el 28 a Minieh, ciudad mercantil, compramos tela; y ya en el barco, cortamos cada uno nuestra parte de tela y nos pusimos a hacer nuestro cojín. Yo me pasé medio día dándole a la aguja, y lo que nos reímos. Decíamos a D. Checco, que era Profesor en el Liceo de Verona: «¡Mire que si le viesen sus alumnos haciendo de sastre...!»


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Yo me acordaba de mi buena madre, que en una hora hubiera hecho tranquilamente lo que a mí con esfuerzo me llevó media jornada. Al día siguiente, después de cumplir nuestros deberes religiosos en común, o sea, la meditación, el oficio, el rezo oral, la lección espiritual, el examen de conciencia y el rosario, nos pusimos a hablar de las cosas de Europa, a escribir anotaciones en el propio diario, a contemplar la siempre creciente belleza de las orillas del Nilo, a tirar contra algún pichón, etc. Sucede a veces que, nadando, llegan a bordo hombres desnudos, que llevan rapada la cabeza, salvo una gran cola en medio de ella, los cuales, con un lloriqueo que produce lástima y repulsión, nos piden pan, y dinero, que luego se meten en la boca, y tanto insisten aun después de recibida la limosna que a menudo es preciso echarlos a palos. ¿Y sabéis quiénes son? Son monjes y sacerdotes cristianos-coptos cismáticos de las montañas próximas, que viven de limosnas. Y cuando pasamos cerca de alguna cueva, ellos se suben a lo alto de ella, a veces tan alta como la iglesia de Limone, y se lanzan al barco completamente desnudos; luego, saltando al río, desaparecen nadando.


[154]
La noche, hasta eso de las once, la pasamos contando historias y hablando especialmente de nuestra Misión y del modo de introducirnos por primera vez en las regiones incógnitas de Africa Central. A decir verdad se sufre, pero también se goza, pensando que vamos a propagar el Reino de Xto. Yo me encuentro más fuerte y sano que cuando estaba en Europa. Estamos alegres y tranquilos, y a veces nos reímos a vuestra costa recordando anécdotas que me ocurrieron con vosotros. Animo pues, queridos padres; oración, y resignación a la voluntad de Dios.


[155]
Perdonad si no os puedo decir todo lo que me acontece, lo que veo, etc. Escribir aquí es toda una hazaña, con el bamboleo del barco; y si encontráis mala la letra, pensad que aquí no tenemos los escritorios de S. Carlos y de Limone; escribimos sobre la maleta, o sobre la rodilla, o tumbados en el suelo, y además para contarlo todo se necesitaría un libro cada vez. Ahora especialmente, que estamos a punto de entrar en el puerto de Siut, las olas son fortísimas.

En proporción, el Nilo está más atestado de embarcaciones que el mar; cada día se encuentran más de 120 embarcaciones sin vela, y muchas veces las que van río arriba como la nuestra, se juntan y se desgarran la vela, como ocurrió hace pocos días a la nuestra grande, que se detuvo medio día para reparar la vela menor.


[156]
Adiós, queridos padres. Os agradezco vivamente el haber mostrado vuestra generosa conformidad en que yo siguiera el camino de la Misión; disfrutad y estad tranquilos, que los pesares de la vida son siempre breves y pequeños cuando se trata de evitar las penas del infierno y ganar el Paraíso.


[157]
Adiós, querido padre, querida mamá; estáis y vivís siempre en mi corazón. Os quiero y además os admiro mucho, porque sabéis realizar una obra heroica que los grandes del siglo y los héroes del mundo no saben hacer. Que el mundo sería cuanto quiera, que os tenga en poco, que os diga que sois necios: vosotros habéis obtenido una victoria que os ha asegurado la felicidad eterna.


[158]
Después de lo que llovió estando con vosotros en Verona, no he visto caer ni una gota. El cielo de Egipto está siempre brillante. Saludad de mi parte a todos los parientes de Limone y de Riva; siento mucho lo de Marietta. Presentad mis respetos al señor patrón y a la señora patrona, a los Sres Santiago y Teresa Ferrari, al Sr. Rector, a los Párrocos de Tremosine, a los jardineros de Supino y Tesolo, al Sr. José, y a Julia Carettoni, al Sr. Luis Prudenza, a D. Ben, a Ragusini, a Vicente Carettoni, a Minica, a Virginia, etc. etc., al Cabo, a Rambottini, etc., mientras me declaro de corazón



Vuestro afmo. hijo

Daniel Comboni

Misionero Apostólico




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N.B. Me dejaba en el tintero la circunstancia más crítica de nuestro viaje. El Nilo, en el monte Abu-Feda, se encuentra flanqueado de dos altas montañas que lo tienen encajonado a lo largo de tres millas; este espacio es muy peligroso, y frecuentemente ocurren naufragios por la fuerza e irregularidad de los vientos. Apenas entrados con nuestras dos embarcaciones en ese laberinto, un fortísimo viento desgarró la vela mayor, hizo partirse en muchos pedazos los costados del barco, y los seis marineros de nuestra pequeña embarcación no sabían ya qué hacer, porque a uno le cayó en la cabeza un madero, mientras los dos barcos chocaban. En este punto D. Juan y yo nos quitamos los zapatos y la ropa, a excepción de la camisa y los pantalones, dispuestos a tirarnos al río, lleno en esta parte de remolinos. D. Francisco se agarró a una viga. D. Alejandro a un tablón, y D. Angel, sin atender a otra cosa, abrazó el crucifijo. Mientras decíamos el Avemaría y nos disponíamos a darnos recíprocamente la absolución, el viento nos arrojó a un banco de arena y quedamos a salvo. Bajamos a tierra y cantamos dos alegres canciones religiosas; y ahora nos encontramos tan contentos en Siut, donde mañana esperamos celebrar misa. Bendito sea el Señor y bendita María que está siempre con nosotros. Por este lugar han pasado otros, ¡nosotros también!






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