Jueves, 24 de septiembre de 2026
El domingo 27 de septiembre la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado. El mensaje del Papa para dicha Jornada, que lleva por título: «Incluso uno solo de estos pequeños», pone el acento en las múltiples dificultades que atraviesan miles de niños que –solos o junto a sus padres– se ven obligados a abandonar su tierra de origen por causas económicas, situaciones de guerra o necesidades de toda índole.
El mensaje nos invita, en nuestra vida personal, «a abrir los ojos y el corazón para escuchar en profundidad su historia, sus miedos y sus sueños, superando esa indiferencia que reduce al ser humano a un dato estadístico que no nos afecta directamente». Son persona con nombre y apellidos, rostros concreto, como dice el Papa, que apelan a nuestras conciencias.
El Papa Francisco decía que el mayor pecado de la sociedad actual es la indiferencia. Permanecer insensibles ante esta tragedia –y más aún si los afectados son niños– es despreciar al mismo Dios, porque «quien rechaza a uno de estos más pequeños a Mí me rechaza».
El mensaje invita también a la comunidad eclesial a «convertir la hospitalidad de un concepto abstracto en una práctica pastoral constante. No podemos limitarnos a delegar esta tarea a instituciones o asociaciones dotadas de un carisma específico: ante los rostros concretos que nos interpelan en el día a día, toda la comunidad cristiana está llamada a sentirlos como a sus propios hijos y a acercarse a la historia concreta de cada uno».
Como comunidad cristiana arraigada en el Evangelio, que invita a hospedar al extranjero, a vestir al desnudo o a dar de comer al hambriento porque en él encontramos al mismo Jesús, tenemos también la responsabilidad de motivar e incluso exigir a las instituciones políticas y sociales que no miren para otro lado, sino que asuman su responsabilidad para responder a las necesidades urgentes de los migrantes y refugiados, ya sea cuando llegan, ya sea en sus lugares de origen, haciendo todo lo posible para eliminar las causas que los obligaron a partir.
En nuestras revistas y medios de comunicación combonianos queremos llamar la atención sobre un fenómeno que, por desgracia, se extiende cada día más a lo largo y ancho de nuestro planeta.
Un caso concreto que merece ser contado es la experiencia vivida por una comunidad cristiana atendida por los Misioneros Combonianos al este de República Democrática del Congo; porque un testimonio directo, vivido en carne propia, habla más y mejor que todos los discursos que podamos hacer.
No solo es la experiencia de los que deben huir, también es la vivencia de los que, fieles a su fe cristiana, están dispuestos a recibir a «los más pequeños», como dice Jesús: «cada vez que reciben a uno de estos mis pequeños hermanos, a mí me reciben».
Aunque hoy ya no sea un tema de actualidad como lo fue hace unos meses, el problema migratorio en México, desde donde escribo, sigue siendo urgente.
Por otra parte, las guerras en Ucrania, Irán, Palestina, la región de los Grandes Lagos, Sudán, Sudán del Sur y tantas otras; las mareas migratorias que siguen produciéndose en el mar Mediterráneo –con el reciente caso del enclave español de Ceuta en Marruecos– o las constantes llegadas de migrantes africanos a las costas europeas, nos invitan a seguir manteniendo los ojos abiertos a una realidad que clama al cielo, porque son millones de personas las que siguen llamando a nuestra puerta y que merecen ser recibidos como los hermanos más pequeños de Jesús.
Padre Ismael Piñón, mccj